miércoles, 10 de diciembre de 2008

Es más bello así

Corrí tres calles sin pensar en qué pudo ser aquello que me despertó de súbito a media noche. Ha sido el peor sentimiento de miedo que jamás quise encontrar. El miedo te encuentra, me decían de niño. Ahora, el otrora escéptico de lo inverosímil, les da razón a sus abuelos.

Nunca me había detenido a mirar la belleza que oculta la calle de mi barrio. Ese tímido primor -supongo habrá en tantos otros barrios- calla esperando alguien que ofrezca un poco de tiempo para elucidar el esplendor que, en otros días, enmudecía el mal humor.

Mírate ahora, lindura; devorada por el hambre de carteles y arrebatada en tu derecho por puestuchos de comida cuyo daño a la salud de la gente ejemplifica perfecto el daño que impacta tu lindeza ajena. Si, lindeza; mi abuelo me enseñó un sinfín de palabras así tanto para lo bueno como para lo malo. Lo que había en mi habitación era, sin pensarlo dos veces, malo como el mismo Lucifer.

Los muros centenarios se iluminan a cada paso de vuelta a casa; que delicadeza en el trazo del artista, que dedicación para lograr edificios de tal gallardía. Yo vivo en aquél que está en la esquina. La escalinata semicircular da bienvenida sin discriminar el lado por el que se encuentre. Claro ejemplo de la bondad del arquitecto. Realmente me sorprende la gracia del barrio por la noche que, por razones que desconozco, ahora parece de día. Todo es tan claro que confunde el no ver personas agitadas por este paso discriminando la magnificencia de la entrada principal.



Mi habitación es la segunda del tercer piso. La escalinata se muestra coordinada con el hermoso tapiz; todas las puertas están cerradas salvo la mía. Al salir corriendo no advertí muchas cosas, pero sí estoy seguro de haber dormido solo. Ahora hay dos personas en mi cuarto.

En silencio me acerqué a quien yace junto a otro recostado en mi cama. ¡Mi cama! Como ráfaga salió un tercero, alcancé a notar que llevaba una maleta al hombro, ¿quién era ese?, ¿quién es éste sentado junto al que duerme?

No, no duerme, yace para siempre. Quien sea que esté sentado junto a él le ha quitado un enorme cuchillo del pecho. Vamos, dijo tranquilo sin mirarme, es hora de partir. ¿Partir?, ¡yo no voy a ningún lado!

En dos movimientos, el tipo me tenía sujeto de ambas manos. ¿Ya notaste como todo es más bello cuando mueres?

Quedó claro, el tipo tendido en mi cama era yo. O lo fui en vida.

Acompañé al hombre misterioso a donde todo estaba ya completamente iluminado y si, eternamente más bello.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Cuatro minutos

Eso habrá ocurrido por los días en que el tiempo se volvió la medida absoluta de todas las cosas. Antes no podría considerarse la envergadura total; no se decía, por ejemplo, el choque de trenes fue veintisiete minutos desastroso, o, te amaré hasta que muera o pasen quince años, ocho meses, trece días, dos horas y seis minutos. Lo que ocurra primero. Claro, en estos días es igual de improbable acontecer un choque de trenes que amar a otro ser humano.



La sociedad de avanzada quedó al fin delegada cuando los diecisiete ancianos publicaron las nuevas leyes mundiales. Las de mayor notoriedad, aquellas que prohíben comunicarse en más de cinco idiomas o dialectos; o, el nuevo límite en acopio de comportamientos dentro de un tiempo establecido. La élite de oradores calificados otorgó nitidez a cada uno de los setecientos veintidós puntos que conforma el nuevo orden de organizaciones estatales.



Los beneficios saltan a la vista: la espera para recibir atención orgánica se ha simplificado, la intervención de organizaciones estatales en las decisiones agilizan cada proceso mental; el uso de vestidos biológicos fue revocado con la instauración de regulaciones climáticas personales. Solo la gente que no acepte los términos recibirá descargas de baja temperatura. La disposición de cadáveres ahora solo es cuatro minutos triste.



Solo antes de morir nos es otorgado el privilegio de escribir nuestras impresiones en vida; siendo éste, el discurso oficial que la élite de oradores calificados aprueba.

Me consuela sobremanera el hecho que la tristeza provocada por mi deceso será cuatro minutos relevante al mundo.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

El niño de plata

La pintura de laca que reviste de pies a cabeza le hace aparecer notable a la distancia. Malabarista que atiende a los suyos antes que su salud es de respeto. A diez pasos el niño juega con la caja que otros patearon por ser un estorbo en la vía rutinaria que domina a los hombres de traje impecable y corbata fina. Aquél que se entretiene con lo desechable está seguro que el traje de su padre brilla más que cualquiera y, aunque sumergido en el trance de su propia rutina, goza de más libertad que quienes solo saben voltear el rostro en esa repulsión cantada que les provoca ver a un ser que pierde el respeto por su bienestar.

La base del comportamiento humano descansa en el primer contraste que luego se multiplicará y mezclará con otros para complicar la idea primigenia y dar pie a materias de enseñanza llamadas la base del comportamiento humano para comprender su simpleza.

Si alguna deuda tenemos con la rutina es la maestría en las actividades realizadas; el malabarista esquiva los autos como si de personas en la acera se trataran; pero, cual insurgente contra la multitud, un auto no respetó el sentido del resto y de un golpe dio fin a aquél que guardo en vida el mismo respeto por la calle que por su propia salud.

La reacción inmediata del niño, al no haber aprendido el oficio del padre y, por ende, carecer de la visión de vida que éste querría para su vástago, fue acercar el bote de pintura a donde yace el malabarista.

Los hombres confinados al dictamen de una fina corbata jamás entenderán por que el niño vació la pintura en su boca, pero alguna pista tendrán al verlos uno sobre otro en medio de la calle, estorbando la vía rutinaria que domina a los hombres de traje impecable.

lunes, 10 de noviembre de 2008

¿Será por eso?

Tengo un secreto guardado en la pared. Nunca supe de donde venían esas notas o como es que aparecían, pero se hacen más frecuentes; un día está como separador en mi libro de cuentos o en mi zapato y hasta en la sopa me han hallado. Son un fastidio y eso que apenas ha pasado una semana. La primera nota la tenía mi tío en sus manos; mi mamá me regaño por tocar al muerto y más se molestó cuando le dije que él me había hablado por que tenía algo para mi. El resto del día lo pasé muy aburrido en el cuarto de galletas y café; mi mamá no paraba de llorar y me hizo entender que la funeraria está dispuesta a conductas como la de ella y no como la mía. Ahí me dejó contando a las personas que entraban por café y galletas diciéndome que fuera más como mis primos, pero me pegaban cuando preguntaba si levantar faldas era mejor que tomar algo que me habían regalado. Niño loco, refunfuñaban al salir. Tiré el café y las galletas por la ventana, así no tendrían pretexto para regresar y yo podría buscar que lo que la pared guardaba para mi. El llanto de mi madre se confundía entre la perdida de su hermano y mi inusual comportamiento. Cuando les decía que él me hablaba y me mandaba recados solo me ganaba tundas que, más de una vez, fingí me dejaban inconsciente para no soportar tal maltrato. En las paredes de mi cuerto no había nada; en ninguna de la casa; el tapiz hace más difícil ver que hay detrás. El colmo llegó cuando, tratando de defenderme, golpee a aquel doctor con un martillo que no recordaba haber usado. Solo añicos quedaron de todos sus cuadros y diplomas. Ni ese ni los de éste lugar son doctores normales; no tienen batas ni esas cosas que les cuelgan del cuello. Nadie me hace caso aquí, les digo que necesito una navaja por que no puedo abrir los colchones en la pared.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Olor a jazmín

La sonrisa de Sandra caía más como mueca que como gesto alegre. Noche tras noche viene y se sienta en el mismo sitio. Ni cambiándola de lugar cesa su presencia. Enorme susto me llevé cuando saque la vieja silla del cuarto y, apenas hube recostado la cabeza en la almohada, se manifestó sentada como la noche anterior, como en los últimos días. Siempre cuadrada, espalda recta piernas juntas y manos, una sobre la otra, posadas sobre el regazo; la cara lavada y cabellera bien peinada; juraría que aún conserva el olor a jazmín que destilaba el día que murió. Será que pierdo la razón.

El vago que la vio habrá pensado que estaba despierta con esos enormes ojos grises resplandeciendo en claro reto a la noche y la sonrisa perfecta disimulando el dolor que le habrá producido la violación de que fue objeto. Aquél basurero quizás no fue la primera opción su asesino, pero, según reportes policiales, no tuvo opción.

Sandra me contempla soberbia desde su silla ya no en tono de ruego como las primeras noches; sino con la exigencia que le merecía su búsqueda por justicia aún más allá de la conciencia. La primera noche dejó claro que solo la muerte de su asesino la dejaría tranquila. Las noches subsecuentes discutimos su postura. Pero las suposiciones solo me dejan claro cuan lejano estoy de sufrir suerte similar. Un leve movimiento de su ceja me dejaba mudo. Tiene que morir, resultó la bandera en que se enfundaba cuando la plática ya no le agradaba. Tiene que morir me acompañaba todo el día y era rematado durante toda la noche ahuyentando mi sueño. Al fin me puse en pie para, en medio de penumbras, ver una vez más la mueca émulo de sonrisa que usaba en aquellos días de escuela, cuando yo era el centro de toda su atención y ella el recipiente de mis relatos de historia. Como entonces, yo de pie y ella sentada; voy al baño, saco la navaja de afeitar y complazco la súplica que desde hacía días tiró mi razón a lo más lejano de la conciencia.

martes, 4 de noviembre de 2008

El brote

La fuente de niño tiene horas mirando hacia mi ventana. Poco a poco fuimos conociendo la naturaleza de su comportamiento. Ahora se puede decir, sin temor a errar que, cuando un vecino entra en algún tipo de crisis, el brote hará aparición frente a su casa.

Muchos le decimos simplemente brote a aquello que un buen día vio su oportunidad para asomarse del pavimento. Tantas teorías teníamos al principio que ya he olvidado la mayoría; pero aún tengo fresco en la memoria el día que nuestra preocupación acrecentó. Dos gemelas perdieron a su hermana Lucía. La mañana siguiente la niña esculpida en piedra decoraba una fuente al centro del parque. El brote que otrora amenazara amorfo frente a la primera glorieta del barrio ya no estaba y las conclusiones se fueron dibujando en los rostros de quienes admirábamos la trágica belleza de la fuente.

El padre de Lucía desapareció el día siguiente y una serie de agujeros se ubicaron frente a su casa. Sucede que el tipo propinaba toda clase de vejaciones a sus tres hijas. Fue noticia de primera plana. La indignación generalizada turbó el ambiente. Cada mañana la fuente acusadora se apostaba frente a una fachada distinta, esto hacía que los vecinos sospecharan de si mismos. Tuvimos que aprender a convivir medidos con la vara del brote pero es simplemente imposible no tener secretos. Desgraciadamente nadie se ha querido ir; nos hemos dado cuenta de que uno siempre posee una verdad de importancia para alguien más. Con quién estuvo la esposa de tal; cuantos niños han entrado en la casa de no se quién. Pero nadie más que la estatua parece tener la iniciativa. Terminamos odiándonos y observando a la fuente cada mañana para escarbar más profundo en nuestras ya miserables vidas.

Hoy, el niño de la fuente es el director de una orquesta de miradas que apuntan directamente hacia mí. No hay ruido alguno, no hay murmullos. Ya hemos visto como los acusados se quiebran y confiesan todos sus pecados en el instante que la multitud marca el parpadeo sincronizado. Algunos todavía están en bata, estoy seguro que ninguno se ha bañado o siquiera rasurado pues ya dejamos de vivir así. Desde el umbral de mi puerta contemplo el paso uniforme con que la muchedumbre se aglomera. La gente a este nivel de coordinación es como una sola persona pensante e independiente; mientras uno de ellos quiera conceder a la estatua el poder de juzgar para limpiar sus manos, solo le hace falta un compañero para ser más fuerte que uno que esté en contra. Eso lo supe ya muy tarde, cuando me dieron la paliza que me mató. Fue un error acercarme a la estatua mazo en mano. Un solo golpe bastó para derribarme. Inmediatamente pude contemplar la escena desde lo alto de la masa iracunda; sentí cada golpe, cada hueso roto, la sangre aglomerándose en extremidades y cabeza y explotando por cada poro. Lo más extraño y horrible imaginable pues mis manos y piernas eran ya de piedra. Miraba a todos lados pero mi cabeza no se movía No quito la vista de el charco de sangre bajo la masa que minutos antes caminara y respirara.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Elegía

Te ves linda desde abajo. Con certeza aplicaría éste comentario desatendiendo sin consideración el ángulo en que te perciba. El hombre a tu derecha se ha dado cuenta y pide para sus adentros haber escogido cualquier otro momento para cruzar tu figura en su mirada. La fortuna tiene ese torcido sentido de la casualidad que desvivimos por descifrar.

Recuerdo la molestia ante mi primera mirada; exigiste que no te agotara con la vista como un extraño que insiste en deshilvanar cada pensamiento. Siempre tuviste esa forma de decir las cosas. De sentirlas. Tu enunciado hizo añicos la cerradura de la formalidad y desde entonces permanecimos lado a lado.

Incluso ahora me acompañas, desviando la mirada solo para mostrar la indispensable cortesía que un día como hoy demanda. Necesitarás quien lave tus lágrimas, quien te ame. Pero no tardará un descuido en suceder para que el tipo a tu derecha inicie su pretensión con inocente pregunta. El te ve bien, como yo, pues los ángulos siempre han de retroceder ante la belleza encarnada.

Te ves linda desde abajo, pero solo te imagino desde que cerraron la tapa. A través de los mil veces malditos golpes de tierra que me separan para siempre de tu compañía te escucho responder la pregunta inocente.

viernes, 17 de octubre de 2008

La pluma de oro

Para mi padre



Mis intenciones estaban lejanas a lo que terminé haciendo. Así comencé la súplica. El juez del ayer, el ahora y el mañana atendía con sosiego mi discurso; apenas hube terminado, blandió su enorme pluma dorada para constar sentencia. Mi crimen fue retar al tiempo; lo intenté por primera vez cuando recibí esa llamada de mi madre. Tuve que viajar con la angustia como compañera para encontrarla junto a mi abuelo en su lecho mortal. Hallé refugio en la memoria de infancia; cuando mi abuelo me enseñaba a batear y cachar con ambas manos. Cuando me dio golpes con la pelota de hueso, como le decíamos, para que me hiciera hombre. A los diez años.

Volví a esa época para reprochar lo severo que había sido conmigo, como si decir que a la suerte le dio la gana castigarlo con puras mujeres fuera excusa permisible. La maldición de aparecer como único nieto varón en el árbol familiar.

Aquí estoy frente a esta ave monstruosa engalanada con ropas reales a punto de encaminar mi fortuna con pluma de oro. Antes de entrar a la sala fui advertido que el pajarraco ese es un déspota, que, depende el ala de la que obtenga su pluma para dictar sentencia, será la penitencia. El anónimo iba escoltado por dos águilas erguidas como humanos pero con el doble de nuestro tamaño; recién le condenaron a ayudar eternamente a las personas sin recibir sonrisa o muestra de agradecimiento alguno por lo que resta de sus días. Era eso o permitir que el buitre en turno le desgarrara la espalda hasta morir tantas veces como la eternidad lo permita. Por que aquí el tiempo ya no tiene origen ni final, solo sucede. Pensé que, fuera cual fuera su crimen, hizo buen trato.

El ave me miró de lado preguntándome por qué pensé que era buena idea interferir con el tiempo. Creí pertinente evitar que mi abuelo muriera con tantos pendientes por los cuales disculparse. Me condenaron a nacer en su persona, conciente de ello y de que, si en un tiempo determinado, no evitaba que mi nieto interfiriera con el tiempo, repetiría la empresa. Eso fue hace ya doce vidas. Apenas recuerdo si quien evitó el fluir temporal fui yo o mi abuelo siendo yo.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Simetría

Para mi madre

Aquél día, al igual que muchos otros, con campo abierto y de mano de la casualidad, fui testigo del -ahora famoso- choque de aviones en pleno vuelo.
Resulta harto complicado describir un sentimiento de sorpresa la primera vez que se experimenta; aún así, la oportunidad de expresar mi sobresalto se presentó inmediatamente pues, justo cuando el ruido de metales achicharrados precipitándose cesó en el horizonte auditivo, un estruendo a pocos metros atrapó mi atención: dos patrullas a toda velocidad impactaron de frente justo en la esquina a la que me dirigía. Pensé, es posible que los distrajera el accidente aéreo, o quizás, iban tras aquellos sujetos que, algunos metros más allá, discutían pistola en mano apuntándose mutuamente. El impacto de las patrullas los habrá asustado haciéndolos disparar al unísolo esparciendo sus restos en la banqueta. Dos perros que no fueron ahuyentados por las detonaciones se peleaban la autoridad sobre el banquete improvisado. Minutos después la calle era un caos: los paramédicos de dos ambulancias de la misma zona debatían en quién se llevaba a quién tomando en cuenta los policías heridos y la gente con crisis nerviosa. Una tercera ambulancia impactó de lleno con una de las ya estacionadas tratándole de ganar el lugar a una cuarta ambulancia que fue a dar irremediablemente contra aquella que estaba al lado de la primera. Dos grúas que venían por las patrullas viraron al mismo tiempo por esquinas contrarias.
Yo estaba al borde de lo tolerable, a punto de perder la razón e intenté calmarme entre ruidos de gente desesperada y sirenas de todo tipo. En una banca, cruzando la calle, un sujeto me miraba mientras llevaba, como yo, su manos al rostro, interpretando con mímica, la sorpresa que antes no pude expresar con palabras. Idéntico a mi.

lunes, 13 de octubre de 2008

Ni entonces

No soy obsesivo, es solo que me resulta difícil dejar de verla. Cada día por mi casa, como si fuera el anterior, aún fresco en la memoria, o como si fuera el último, tan odiado, justo debajo de mi ventana la veo ir y venir en su rutinaria parodia de cómo deben ser las cosas bellas. Quién en su sano juicio apartaría los ojos de tan suelto paso y, sin embargo, adusto carácter. Ahí va ella calle arriba como buscando inmortalidad en el vuelo de su falda; cuarto de hora después, ahí viene cruzando con seguridad la calle frente al kiosco, sobradas están las miradas de advertencia; si alguien tuviera problema con su trayecto, preferiría cien veces bajar la velocidad y esperar a que su esbelta figura ilumine su panorama por un instante para dejarse arrastrar al momentáneo trance de la parodia de lo bello.

Ayer despertó muy temprano con rumbo al gimnasio. Repito, no soy obsesivo, yo también me levanto temprano los domingos, aunque no voy al gimnasio. Fue calle arriba dejando marca en cada paso como acostumbra. Pero la costumbre llega a ser la muerte para muchas personas. Como a eso del mediodía, la suerte cobró lo que nadie cree deberle. El kiosco quedó salpicado por los restos de la que minutos antes cruzó corriendo la calle sin atender el autobús que tampoco atendía al pasaje del fin de semana.

Ni entonces pude dejar de verla.

miércoles, 8 de octubre de 2008

El Circo

Para Elena



La burbuja fue presentada con parsimoniosa reverencia. Hay quien dice que es más el culto rendido a gigantesco objeto que su interior lo que en verdad aterra y ofende a los débiles de estómago. Pero las historias en derredor al misterioso circo pertenecieron siempre a quienes, por cobardía, salían huyendo bajo la carpa tumbando todo a su paso.



Quienes presenciaron el acto de principio a fin sufrían pérdida de memoria, ataques epilépticos o simplemente desviaban la conversación por miedo a invocar una vez más a aquello que habían encerrado en tan delicadas paredes.



Solo el último acto fue narrado por el hermano de quien cambiaría el espectáculo por completo. Historia que fue aceptado por la multitud al corroborarse por otros cuatro valientes testigos.



De aspecto brumoso apareció solemne acabando el espacio interno de la carpa. El presentador y demás asistentes se retiraron dejando a los seis invitados apreciar el Miedo Secreto, que era como presentaban el acto de pueblo en pueblo. Cuando la niebla disipó, la silueta cortejada por la luz de velas que proveía toda la iluminación presente se dibujó como un insecto colosal. Valiéndose de lastimeros y repentinos movimientos daba giros nerviosos sobre su eje, lo más alejado de cualquier extremo. Ni los seis hombres, si así se lo propusieran, apaciguarían la bizarra criatura si ésta tratara de hacer algo fuera de quedarse donde estaba. El miedo ahogó cualquier exclamación de disgusto o asombro; pero el mismo miedo decantó la curiosidad para algunos. Uno de ellos se acercó lo suficiente para ser atrapado por un sopor inesperado; la cabeza del insecto paragonó el de una mujer sin rostro. Difícil de explicar sin que la voz tiemble esquivando las palabras que ordena la memoria. Se dice que el trance en que cayó el primero fue tan fuerte que no sintió los golpes de su hermano para evitar que entrara a la burbuja. Expresa que aún con las piernas rotas se arrastró al interior de ésta que al instante se nubló nuevamente. Los cuatro restantes intentaban ayudar al hermano que se quedó golpeando la burbuja, ni la fuerza de cuatro impulsada por el pánico podía despertarlo de la desesperación. Del otro lado, quien se aventuró involuntariamente fue acogido por una mano cálida entre las tinieblas. Ten calma, aquí estás a salvo. La mujer más hermosa que en la vida había visto le pidió que esperara con ella a que los monstruos se fueran para poder escapar. Solo es cuestión de paciencia, éstos se irán rápido. Volteó buscado el exterior del enorme círculo donde se encontraba; cuatro enormes insectos parecían estar devorando a uno de los suyos.

viernes, 3 de octubre de 2008

Dos viajeros

Para Aurea



La semana pasada la cantina vio rota su calma por la llegada trompicada de un viajero al borde del infarto. Mereció poca atención al principio ya que esto pasa casi cada mes. Juraba habérsele escapado al cuaco. El custodio escuchó algo que le hizo levantar una ceja. Con la respiración entrecortada, el viajero intentaba regresar bajo sus pasos para convencerlo, pero éste, que ya le detenía la quijada con el cañón de su revólver, no se miraba complacido. Repite lo que dijiste, cabrón.



Murmuró algo como que tenía cara de caballo, todos habíamos guardado silencio por la tensión del momento y apenas pudimos escucharlo. El custodio guardó el arma y mirándolo sin parpadear le dijo, rézale a la virgencita. Tomó su tequila, se puso el sombrero y salió del lugar. Segundos después, otro viajero entró corriendo con el terror colgado de la cara, llevaba sus manos a la garganta como ahogándose y se arrodilló en el rincón más próximo. Miré al resto de la gente que estaba presente, todo estaba quieto, nadie pronunciaba palabra alguna o, mejor dicho, nadie podía.



Lo siguiente pasó muy rápido. El sonido regresó como el que vuelve después de salir del río. Todos gritaban no te escucho a quien tuvieran enfrente. La vergüenza se generalizó cuando se dieron cuenta que ya no solo no escuchaban, sino que también se expresaban a gritos.



Pasado el susto y con la calma abrazando la cantina una vez más, fui a la barra a pagar para irme a dormir. El cantinero aún no se liberaba del trance reciente y permanecía inmóvil; grité su nombre y volteó hacía mi sin mirarme, tenía los ojos clavados en el primer viajero. Estaba tirado sobre la barra, parecía que el infarto al fin le había cobrado lo que debía. Quería comprobar si ya había pasado a la otra vida pero, apenas le puse la mano encima, el cantinero gritó tirando las botellas en el muro detrás de él. Si el horror escurre de la boca de las personas, el cantinero era la imagen que se necesitaba para entender dicha expresión, ya no podía cerrar los ojos del asombro y apenas pudo susurrar que tenía cara de caballo. El viajero estaba muerto, el rostro pálido y torcido. El segundo viajero no dejaba de repetirle plegarias a la virgen María en aquél rincón. Rézale tú más fuerte, dije dándole palmaditas en el hombro, le pagué y salí de ahí.



jueves, 2 de octubre de 2008

Cohabitan

Con amor, para Tanya



Desperté desnudo en un cuarto sin ventanas aparentemente iluminado desde los muros, mi cuerpo no generaba sombra y no sentía molestia alguna. Abrí la única puerta y frente a mí se trazó un pasillo que retaba a la perspectiva con puertas idénticas a la primera dispuestas de un solo lado; si a la izquierda o la derecha no lo sé pues, cuando voltee, el cuarto ya no estaba y solo la continuación del pasillo cansaba la mirada. En un intento por conciliar mi cordura después de largo tiempo abriendo y cerrando puertas al azar dando únicamente con más pasillos y puertas, dejé una puerta abierta para tener referencia de un comienzo, paulatinamente -mi lógica actuaba- ha de haber un fin. Si dejaba una puerta abierta, las demás se abrían al mismo tiempo como jaladas desde el otro lado por una mano que no alcancé a atrapar por más que intentaba. Lo único que me ayuda en situaciones de mucha tensión era el cigarrillo. Al abrir la siguiente puerta encontré una caja dorada con cigarros de mi marca preferida dentro. Al sacar uno, éste empezó a humear y yo a inhalar su veneno. La caja se fue, el cigarro no se consumía y podía fumar a placer, el sueño de un vicioso. Empezaba a entender las reglas del juego, así que pensé en una botella de vino. Ahí estaba. El mismo efecto que el cigarro. No podría decir que aparecía de la nada, era más como si se ubicara en un punto ciego de la mirada y, cuando volteaba, ahí estaba. Imaginé a mi familia, pero nada pasaba. Lo mismo sucedió con mis amigos, conocidos, gente que recordaba de alguna manera en alguna parte pero nadie nunca se mostró. Paulatinamente me fui haciendo de objetos que siempre quise; relojes de oro, alhajas, trajes finos. Todo lo que pudiera llevar encima. Jamás aparecía una casa o un auto. Lo mismo que con la gente, supuse que solo aquello con lo que pudiera cargar me era concedido. Dejé de tratar de contar el tiempo, aquí nunca es de noche. Todo está eternamente iluminado. No hay ruidos ajenos a mi voz, así que también dejé de hablar. Después traté de recordar como había llegado ahí. Pero era como si esa información me hubiese sido borrada. Abrí la siguiente puerta, si aplica la expresión, y di un salto de terror. Era la puerta de mi recámara y yo estaba dentro de ella. Fue tanto el espanto que cerré de inmediato, pero me hice de valor suficiente para abrir de nuevo. Ahí seguía, plácidamente atrapado por Morfeo. Claramente era de noche, me acerqué lo suficiente como para corroborar que ahí estaba, era yo, estaba dormido y además me veía muy tranquilo. No supe que hacer, no lo quise, es decir, no me quise despertar y decidí permanecer junto a el, o sea, a mí, hasta que se levantara. Pasaría el tiempo intentando calmarme y explicando lo sucedido a mi otro yo. Pero antes cerraría la puerta para evitar que toda esa luz lo despertara, digo, podría levantarme de malas. Con cautela empujé la puerta y al cerrar desperté en mi recámara. Todo era normal, los sonidos de la calle a la que da mi ventana, el ruido que hace mi hermana al levantarse cada mañana. Me tomé el pulso y, aunque agitado, todo parecía dentro de lo normal. Lo inquietante es que, si se trató de un sueño, podía recordar todo a detalle; la marca del cigarro, del vino, del reloj, de todo. Se me hace tarde para ir al colegio. Aún no daba crédito a lo sucedido y pensé que lo mejor sería sacármelo de la cabeza. Encontré a Felipe en la esquina y abordamos el autobús, justo antes de contarle mi sueño escuché un ruido estridente y un fuerte golpe nubló todo.

Desperté desnudo en un cuarto sin ventanas aparentemente iluminado desde los muros.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Desde niña

Para Melina



Quisieran decir, quienes la conocen, que su comportamiento era diferente al de sus amigas, pero la mentira no permite cuadratura en rostro inocente. Desde niña le gustan las serpientes. Ese es su pecado. Se podría hacer una lista interminable de sus virtudes; pero la gente gusta del escándalo tanto como de las injusticias que de éste derivan. La familia entera cargó la pena del repudio social sin importar el altruismo hacía sus semejantes. Es que a la niña esa le gustan las serpientes, decían los jueces de la virtud como finalizando una discusión sin cabida a réplica.

De ellas aprendió la nobleza y el respeto; a temprana edad cayó en cuenta que una serpiente jamás ataca a su semejante por alimento o territorio; tienen mejores modales que aquellas a quienes insistimos en nombrar con sus variantes; la vecina es una víbora; la tía de Miguel es una culebra; ah, como es cobra el primo de don Jaime. Si tan solo supieran que las verdaderas ofendidas son estas linduras, pensaba mientras acariciaba a su coralillo preferida dentro de la jungla improvisada en que había convertido su recámara.

Pero una serpiente es y será siempre motivada por el instinto; es este quien le dice no atacar a sus semejantes, el mismo que le exige no reclamar territorio. Y sin duda fue el instinto quién le sugirió morder a su protectora cuando sintió una caricia amenazante.

A esa niña siempre le gustaron las serpientes.

martes, 30 de septiembre de 2008

Nave

Para Lucas



No me gusta, es muy pequeño. Tiene la forma de una casa y no quiero pasar el tiempo ahí. Ya he vivido en casa durante años y no le encuentro gracia.

Tomó martillo y clavos y dispuso el ancho de la estructura de modo que le pareciera correcto a las necesidades del viaje.

Los sueños son un territorio no explorado. Si preguntáramos a una persona al azar, creerá saber algo al respecto. Pero las suposiciones distan mucho de una verdad. Alguien debe manifestar la experiencia para despertar el interés de otros.

Aún no hay documentos que den fe de la empresa en busca de los placeres oníricos.

Ahora parece pelota a medio inflar. No quiero pasar el tiempo en una pelota. Se hizo de tablones largos y cuerda para sujetar las puntas, de modo que lo ancho ahora tocaba sus extremos.

Parece una gota acostada. Me gustaría pasar el tiempo en una gota. Cada mañana tengo lágrimas secas. Tal vez los sueños hacen llorar, no todos los llantos son demostraciones de tristeza o dolor. Los sueños pueden ser el lugar más feliz y por eso queda el recuerdo en el rostro al despertar. Con esta nave en forma de lágrima podré entrar sin problemas.

El niño entró en la gota y se durmió. Para nunca despertar.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Trois

La carta arribó junto a la personificación de la emoción pura. Nunca había llegado una carta de ese tipo o, quizás por lo jóvenes que son, desconocían otro método de entrega que no fuera un servicio postal dirigido como ocurre con los avisos de luz o teléfono. Pero así, hecha a mano y con estampas en la esquina, era muy extraño. Se la dio a su hermano sin descolgarle los ojos y éste ultimó los detalles de inspección. Pues si, es para mi, pero yo no conozco a ésta tal Fabiola.



A la mañana siguiente, Julio trataba de recordar los consejos de su padre a la hora de afeitarse. Era difícil pues, cuando los recibió de primera experiencia, solo contaba con 10 años. Tendría que pasar la misma cantidad de tiempo para ponerlos en práctica. La bruma de los recuerdos se notó en el resultado final que no tardó en manifestarse en burlas que su hermana profería. Su madre también estaba un poco preocupada por el repentino cambio; ésa corbata no te queda, m'hijo, le decía. Se la pedí a un amigo, es que yo no tengo de éste color.



La carta pasó revista por lo menos veinte veces. Julio presumía buena memoria, pero se emocionó sobremanera al colocar todas las piezas en su lugar, el escrito detallaba pasajes de la infancia de la protagonista y, con cada línea, la sonrisa del lector crecía tanto que amenazaba con desproporcionar el rostro, mismo que ya demostraba la vital fuerza juvenil. Obviamente no fue escrita por una mano desconocida, sino de la misma que años atrás Julio tomaría con cariño advirtiendo aquello que se avergonzó por no descubrir antes. Se podría decir que la tal Fabiola fue su primera novia oficial. Cuando ambos arañaban los 9 años de edad.



El traje gris le hacía parecer poco menos cómico de lo que la corbata anaranjada pretendía evidenciar. Pensó que sería un buen atuendo siempre y cuando no tuviera que calar también el sombrero. Frente al espejo agotaba todo sobrenombre que le viniera en mente para no tener que improvisar una defensa a cualquier burla en la calle. Los tirantes fueron un detalle que aparecería hasta arriba en la lista de reclamos que ya guardaba en el bolsillo derecho. En el izquierdo puso la ya arrugada carta.



Al final de la tercera hoja había peticiones detalladas para un encuentro con la autora. Los párrafos anteriores eran no solo un resumen de ocasiones importantes de años recientes, sino también una revelación de que al fin habían regresado temporalmente a la ciudad de donde es originaria. La misma ciudad que Julio. Aparentemente sus padres decidieron volver por razones de trabajo. El mismo que los había separado hace tanto. La carta y su excelente redacción así lo dejaban ver.



Fundado en traje gris, como lo pidió ella, corbata y tirantes de color naranja y, el detalle último, sombrero de gángster, cómo especificaba divertida la misiva, salió de casa con la venia de su madre y el recordatorio de su hermana, me la saludas mucho. Sabía donde sería el encuentro, sabía como vestiría ella, de hecho, sabía letra por letra la carta entera, pero aún así la sacó una última una vez abordo del autobús y repasó anticipándose a las palabras escritas "...usaré boina y mascada blancas, me encuentras bajo el puente donde vimos aquel perrito que atropellaron y entre los dos cargamos hasta la veterinaria de don José…"



Ahí esperaría hasta la una de la tarde, rogaba puntualidad; "...será la única vez que esté ahí, me voy con mis papas la misma noche pero me gustaría intercambiar datos para frecuentarnos después. A menos que tú no lo desees. Así que, si no te veo, no sabré hasta cuando pueda hacerlo, recuerdo tu dirección de memoria, pero no tu teléfono, y sería inútil dejarte un remitente con lo seguido que nos mudamos. También por la prisa es difícil ir a visitarte…”



La referencia al puente aparecía como una pequeña mancha en la perfección casi absoluta del escrito, sucede que había más de uno, cosa que no le preocupó demasiado pues el autobús pasa por todos y cada uno de ellos. Si tuviera tan buena memoria como presumía, evitaría tener que hacer la parada al chofer deduciendo cuantas chicas con boina y mascada blancas hay en cada parada, lo cual solo le añadía un tono de aventura. La molestia venía de no recordar el puente donde hallaron aquel perro lisiado. Solo el parque. Era suficiente, pero un nuevo problema. El autobús ya llevaba un rato parado. Algo no estaba bien.



Aún tenía tiempo suficiente para encontrarse con quien gusta de vestirlo como gángster de la mafia de la risa, así que optó por continuar a pie el trayecto. La sonrisa emocionada que provocaba posar la mano sobre el bolsillo izquierdo se mezclaba con la sonrisa maquiavélica que arrancaba el posar la mano sobre el bolsillo derecho. Pero ambas sonrisas se borraron en el instante mismo que llegó al primer puente. El autobús tardaba más de lo habitual por el tráfico que provocó un accidente. Mientras avanzaba entre la multitud curiosa, transformaba la alegría en preocupación, luego en terror.



Dos autos se dieron de frente a gran velocidad y el impacto lanzó a uno de ellos contra el parabús de uno de los puentes del parque, tres personas quedaron bajo los fierros retorcidos. Dos dentro del auto, aún agonizantes y una más bajo las ruedas del mismo. Los paramédicos llegaron al mismo tiempo que Julio. Su prioridad era sacar a quienquiera que estuviera bajo el auto, pero las maniobras tendrían que esperar la llegada de una grúa. Uno de ellos tomaba la mano de quien parecía una mujer joven y hacía señas a sus compañeros indicando que no había más que hacer. No esperarían la grúa. La prioridad ahora eran los ocupantes del auto.



La muerte pasó rozando el hombro de Julio, como advirtiéndole que no había mucho que ella le pudiera ofrecer, sino la señal inequívoca de que no tenía nada más por que permanecer en ese lugar y, si lo hacía era mejor que ayudara, pero aparecer como mórbido mirón en las placas del fotógrafo de la ambulancia no era una opción. Una de las tantas fotografías retrató lo que Julio podía ver ahogándose en un grito: detrás de una llanta se asomaba lo que parecía una bufanda blanca. La sangre no dejaba nada claro, pero el paramédico que anunció que no había más que hacer, llevaba una boina blanca en la mano. La devolvió al piso en el instante mismo que la levantó, pero a Julio le pareció tortuosa eternidad. El fotógrafo preguntó si la conocía para permitirle librar la primer barrera de curiosos, pero el respondió corriendo en dirección contraria.



Un par de cientos de metros más adelante, en el tercer puente contando desde el accidente, un pequeño grupo se tensaba impaciente ante el autobús que insistía en estirar los minutos. Ellos no alcanzaban a ver lo sucedido, cosa que hubiera relajado el ánimo general, o por lo menos, dejado un poco de conciencia. Un teléfono sonó y todos voltearon a ver a la dueña del mismo; ella, con envidiable tranquilidad, le decía a su mamá cuanto la quería y pedía disculpas por hacerla esperar, que la vería del otro lado del parque por que el autobús no pasaba. La llamada a ésta chica, que ahora se alejaba cortando paso por los árboles, sirvió como un alivio a las personas que de pronto ya no se interesaban tanto en el autobús, pensaban que qué bueno era que aún hubiera gente que diera buena cara a situaciones incómodas y que qué linda se veía con boina y mascada blancas.

jueves, 25 de septiembre de 2008

No importa

Un enorme grito resonó en las ventanas de aquel cuarto blanco.

¡Dios, pero que apretada estás! -reclamaba Santiago mientras soltaba la última gota de sudor que su pareja había exprimido sin contemplación-

Silencio.

Abotonaba la camisa un par de minutos despues de levantarse del cuerpo de aquella.

Silencio cruel.

Entonces... -decía mientras ataba su zapato izquierdo- supongo que ha sido tan placentero para ti como lo fue para mi. Como sabrás, yo...

El azote de una ventana interrumpio el monólogo victorioso.

Disculpa, siempre olvido cerrarla -dijo sonriente-, pero parece que a nadie le importa... ¿Qué, aún no dirás nada?

No hubo respuesta.

Ah, lo olvidaba, ya estás muerta.



El Doctor Santiago Palma salió de la morgue con tiempo para cenar con su familia.