miércoles, 28 de enero de 2009

La gente común

Antonio no tiene características que le hagan resaltar de otras personas. Su nombre es uno que se halla fácilmente en la guía telefónica y, la manera tan cortés de dirigirse a las personas, es algo común en el círculo donde se desenvuelve. Es por razones como éstas que nunca se ha tomado la molestia de aparentar comportamientos ajenos o, vaya, de pensar siquiera en que podría ser un poco diferente. Digamos, pues, que la vida de Antonio es como la de la gran mayoría de las personas: aquellos que se aceptan por quienes y cómo son.

Hace algunas noches que un sueño ha tenido a bien arrebatarle la modorra. Pero el estoicismo -típico en personas como él- le hace mirar de largo e ignorar el aparente problema. Siempre es aparente cuando, al no prestarle atención, desaparece de nuestras vidas y nos deja ser tan comunes como nos plazca. Y ésta no fue la excepción. El sueño, como muchos otros, mermó en intensidad para reducirse a un súbito espasmo en la pierna o el brazo de vez en cuando. Hace dos noches quedó bajo su completo dominio al despabilarle de un cabezazo apenas cinco minutos antes de que su reloj despertador le asistiera.

Alegre por la victoria personal pensó que no habría nada que no pudiera sobrellevar de la misma manera en futuras ocasiones. Evocó sus días de preparatoria mientras se ponía la bata y preparaba café para el desayuno; pensó en cuando Mariana le hizo notar que era sólo un chico del montón y no tendría problemas para ingresar a cualquier Universidad. Ésos lugares están llenos de gente común y corriente para hacer quedar bien a los listos y aventurados, escuchó Mariana de su padre alguna vez y ella repitió el mensaje hacia Antonio -y prácticamente a cualquier persona que se le cruzara-. Antonio dejó escapar una mueca de satisfacción pensando en la Mariana actual, la que limpia mesas en un bar para pagar los pañales de un niño que tuvo meses después del sonado escándalo sexual de un profesor de Historia. La gente que habla de más siempre es la primera en caer -pensó para sí- mientras regulaba la temperatura de la regadera.

La gente común tiene sus idiosincrasias bien definidas: Antonio no usa el tubo para toallas, en cambio, coloca la toalla en el cortinero para no mojar el piso del baño. De vez en cuando, la toalla cae pero lo advierte y la alcanza antes de que toque el suelo. La mañana que despertó cinco minutos antes de lo acostumbrado, declarándose vencedor de su propio sueño, se puso la bata, preparó café y se burló de una antigua compañera de clases, vio caer su toalla tres veces y tres veces la jaló. Sin embargo, la última vez pareció que la bata era jalada desde el otro lado. Se habrá atorado -pensó- pero antes de correr la cortina para ver qué la detenía, atisbó una extraña silueta dibujada en la cortina de baño. Brincó hacia atrás del susto soltando la toalla que fue a dar del otro lado y encima de la figura que se embarraba en la cortina. Miró perplejo cómo aquello se quitaba lentamente la toalla de encima. Intentaba adivinar su naturaleza; si tuviera que hacer uso de los recuerdos infantiles de cuanto espécimen fantástico habitaba los cuentos para antes de dormir, adivinaría que se trataba de un enano, o mejor dicho, de un bebé crecido, un bebe obeso que tenia lonjas incluso en los brazos, emitía un sonido gutural, como el que hacen los sordomudos al esforzarse por hablar. La diferencia notable era que aquello se estaba esforzando por gritar, lo cual lo hacía más aterrador. El ente tiró de la cortina y ésta se fue descolgando aro por aro. Ya pálido, tirado y temblando en la esquina, Antonio sólo pudo mirar con horror que eso, fuera lo que fuera, se descubriría ante él y sabrá Dios qué es lo que le haría.

Entonces Antonio despertó de súbito. Eran las dos treinta de la mañana.

Se recostó por tercera vez esa noche y pensó que era tiempo de ver a un psiquiatra.