miércoles, 18 de marzo de 2009

Camposanto

El mío no es el lenguaje de la muerte. En los veinte años respetando la rutina me he detenido un instante, uno solo, a meditar al respecto. Solo una vez en dos décadas parecerá una exageración pero, cuando se guarda un cementerio, el tiempo falla terriblemente en su tarea impositiva. Hace tanto que dejaron de importarme los días de la semana pues, quedándose el tiempo esperando en el umbral del camposanto, un día es idéntico al anterior y presagia con asombrosa exactitud cómo será el siguiente. Incluso olvidé los nombres de los meses.

La gente viene a demostrar su aparente afecto hacia los partidos. Me atrevo a llamarles apariencias pues se trata de una linda puesta en escena. El duelo y lamento a la pérdida mediada por la reunión de quienes en vida le conocieran se diluye con los días idénticos de los anteriores. Gran parte de mi trabajo es hacerle compañía a los olvidados. A aquellos cuyas lápidas yacen sobre el muerto y no a manera de cabecera, que es como deberían. Dolía ver que los familiares descansaran la pesada losa sobre un amado como rogándole no volver de la muerte para atormentar sus enclenques existencias. Que les deje vivir en vez de asistirnos o aconsejarnos ya adelantados en la carrera de vida.

Es evidente que la gente que puede diferenciar el día de hoy del de mañana basada en su agenda no tiene idea de la ceremonia que atestigua. Esa es la palabra, atestigua. Si tuvieran poco de interés podría llamarse participantes y, resulta para mí, la perfecta analogía de vida. La mayoría de las personas atestiguan su existencia sin importarles un diablo aún cuando el ejemplo mortal les es expuesto crudo y diáfano. Muy pocos son participantes; y, serán a caso menos quienes despierten del trance del testigo cuando un entierro no puede abrirle los ojos; cuando lloran sin autenticidad, sometidos por voluntad propia a una norma de vestido ridícula intentando demostrar su respeto. Lo único que demuestran es ignorancia al prestarse como testigos aparentando participar en la linda puesta en escena de la cual hoy me ha tocado el papel estelar.

Éste fue el único día, en veinte años velando el último jardín, en que medité a cerca de lo caro que es vivir y lo ridículo que es morir.

martes, 10 de marzo de 2009

Petates, catres y Generales

Las cicatrices con que la dureza del tiempo se hace presente en los rostros de, éstos, mis antiguos vecinos, ve su reflejo en el inanimado porte de la calle donde crecí.

Detrás de aquel muro encontrarás una vieja casona que a ultimas fechas sirvió solo como refugio de vagos y escondite de adictos. Yo mismo he pasado noches cobijado por la falsa cúpula celestial cuando mi hogar pierde el derecho se llamarse como tal.

Estos muros tapizados conservan la fuerza que contagia a quien roza el detalle que aquí vaciara algún talentoso entusiasta. Su historia se desvela en caída libre cuando se lee correctamente. Aquí, por ejemplo, podrían descansar los indios en sus petates, sus mujeres en catres, y sus hijas en las camas con los generales. Pancho Villa no tomaba, por eso nadie se explica su refinado gusto en licores. Es el olor de las mujeres, decía, lo que me embriaga; y los vinos comparten la acidez o dulzura al igual que una señora madura o una virgen descalza. Méritos para el cuatrero que hubiera descansado con seis sin huaraches en la alcoba de honor. Acá no se metían los hacendados por la pobre fachada de la casona que de lejos no se distingue de entre una iglesia o un establo.

La casona se iluminaba en vida al grito de ¡allá vienen los dorados! Refugio de ladrones, y cárcel y tumba para los cautivos de la revolución. Para la que fue construida y por la que ha de dar la vida. El esplendor que no se ve en las pompas citadinas se hace presente noche tras noche, de orgía en orgía en los patios traseros a donde los niños se les prohibía ir. Pero prohibido es una de esas palabras que la revolución tachara del vocabulario generacional; por eso el hijo de la Tomasa se fue a buscar a su mamá; con cinco años en la guerra, a sus siete no sabe donde está el límiles. La Tomasa, así le decíamos todos, no procuró apagar el candelabro y, por esa maldita manía de las indias de dejar que se las cojan con las enaguas puestas, se prendió más rápido que la vela que le metían por el culo cuando su hijo entró preguntando por ella.

La calle donde mis otrora vecinos se reúnen para decidir el destino de esas ruinas de ilustre y vergonzosa memoria, si se permite la expresión, tiene tantas cicatrices como yo caminando de la mano contándole la historia a mis nietas.

¿Y que fue de la señora Tomasa, abuelo?

Bueno, a tu abuela no le gustaría que insultara su memoria, mi niña.

lunes, 9 de marzo de 2009

Los zapatos de la de la falda

Ayer pasó como ha pasado cada viernes por los últimos dos meses. Me pidió que le ayudara con no se que cajas atrás de su tiendita. No se por que la gente como él siempre tiene nombres como Abundio; y no se para que me pide que le ayude si al final ni una caja cambia de lugar. Siempre va con lo mismo, que me levante la falda, cierre los ojos y cuente hasta cien. No importa cuantas veces le diga que no me molesta, siempre ha de tener el pendiente de que si estoy cómoda. Me deja agarrar lo que quiera de la tienda sin pagar, así que está bien.

Pero ayer pensé algo que no se me había ocurrido. Tal vez al principio siempre reaccionamos lento y por eso me tarde dos meses. Después de salir de la tienda fui a casa del papa de Pepe. El señor lleva como cinco días sin trabajar por que se rompió una mano en el trabajo, o eso dice. Siempre me sale con que me estoy poniendo bien guapota y que voy a traer locos a todos en unos años. Le pregunté si me dejaría usar su bicicleta si me levantaba la falda. Creí que no hacía diferencia pues el no puede usarla con la mano como la tiene. Yo cierro los ojos y cuento hasta cien, bueno, doscientos. Después de un rato se decidió. Me regaló la bici con la condición de que lo visite cada lunes. El miércoles fui en la bicicleta hasta casa del maestro Renato para pedirle que me ayude con las calificaciones. Voy mal en historia. El maestro Renato no quería ni que contara hasta cien o doscientos. Quería cinco minutos y me ayudaría con las otras dos materias que enseña. Así los dos enseñamos y aprendemos, me decía.

Ahora son cuatro meses desde el día que el señor Abundio me ofreció remendar la falda roja que me había regalado mi mamá. En la escuela tengo cuadro de honor; con lo que me llevo de la tienda y lo que me dieron por la bici me compré una motoneta.

Ahora ya no tendré que pedirle al mañoso de Pepe que me acompañe al panteón a visitar a mis papás. Siempre quiere que me levante la falda en el panteón sin darme nada a cambio.

Hay gente muy abusiva.

jueves, 5 de marzo de 2009

El buen presentador

Pesadas cortinas de terciopelo rojo con borlones dorados se usaron para evidenciar la pompa del advenimiento. Cortada la media noche, las piernas del telón se despejaron con destreza por los artistas anónimos que fueron contratados por separado guardando todo cuidado.

A través de la neblina de incertidumbre hacía presencia aquél magro ser del que se decía tener trato secreto con el primer muerto en la historia. Su desplazamiento en escena es rúbrica personal; nadie podría asegurar que mueve los pies pues nunca se les ha visto. Esa enorme máscara sin rostro cautiva sin remedio como la duda que guarda el abismo.

Lee la mente de las masas, dicen unos; te hace ver cosas que no existen, insisten otros curiosos reaccionando al efecto del ansia. Aquellos más atrevidos no le elevan más allá de un buen presentador. Con solo doce horas de aviso anticipado, los asistentes abarrotan el lugar doquiera que éste se anuncie; pues la ciudad es escogida al azar; ora en Atenas, ora en Brasilia.

En derredor proliferan rumores que hacen del morbo un postre entregado a pequeños bocados con cada movimiento, cada pase y cada grito de instrucciones. "El acto de La mujer destripada" será, obedeciendo la costumbre, ejecutado sólo una vez. Después vivirá en el recuerdo de los espectadores, provocando millares de columnas y primeras planas en todo el orbe; inspirando libros y guiones cinematográficos, alimentando, como ha sucedido desde hace veinte años, el mito que provee fuerza vital al buen presentador con máscara sin rostro y que flota en escena.

La iluminación en la sala se descolgó poco a poco del acondicionamiento temático dispuesto. Miles de miradas se ubicaron en el personaje cobijado por una luz solitaria que permanecía inmóvil esperando el momento preciso.

Una fracción de segundo en la oscuridad supo a eternidad; todas y cada una de las mujeres en el recinto, incluyendo asistentes en escena, boleteras y acomodadoras, yacían con los intestinos expuestos; niñas tiradas junto a sus madres en profundos charcos de sangre manteniendo a flote entrañas y vísceras arrebatados por sabrá Dios qué fuerza.

Los hombres no daban crédito y, entre alaridos, rogaban despertar de la pesadilla; eso para quienes no desmayaron en el instante o volvieron el estómago junto a otros que encontraron en el llanto el mejor refugio.

En escena, únicamente el presentador permanecía inmóvil; requisito indispensable para mantener equilibrada la dualidad realidad/ilusión. Bañadas en sangre, llanto y vómito, doblegadas por el dolor; ensordecidas por gritos propios y ajenos e innumerable cantidad de maldiciones, ellas atestiguaron su propia muerte junto a otras de igual suerte.

En claro arrebato iracundo, un asistente soltó los restos de su amada para descargar toda su fuerza en el presentador.

Fue hasta que se cansó de golpear la máscara molida y ensangrentada que cayó en cuenta de lo que sucedía: miles de personas en perfectas condiciones miraban absortas su crimen. Ver a su mujer en primera fila sin siquiera un rasguño lo arrojó a la locura: su desicha le hizo azotar la cabeza contra el suelo en insano frenesí que pronto acabó.

Al día siguiente se pusieron a la venta las entradas para la próxima actuación programada a un año con ciudad por confirmar.