viernes, 11 de septiembre de 2009

El Rey del día: Uno

Al atardecer, cuando el edificio adquiere tonos rosados por el efecto de la puesta de sol, Uno terminaba sus deberes. Le había sido dado el don de la Obediencia.

Los llamados dones, no son sino una selección de las mejores cualidades de la humanidad. El fin único de los Unos es servir como constante recordatorio de la perfección que se puede alcanzar mediante la sistemática eliminación de los males.



Uno es un engendro de la ciencia. La siempre bienintencionada dadora de múltiples beneficios y, en las últimas décadas, de vida espléndida.



Sujetos aprobados como Uno están bajo el ojo imperdonable de la sociedad. La misma que en otra época se apoyó en la ciencia para matar de una buena vez a Dios: aborrecer las creencias populares que, como fue demostrado en La Última Era de Creyentes, eran el principio de todo mal. La Doctrina de la Discordancia, el texto más preciado y que dio origen a La Primera Era de los Conscientes, dicta que la subyugación de un ser inteligente a uno inexistente contradice, en su base, la noción de la inteligencia misma y obedece a la inexistencia del ser consciente.



Los Unos nacieron creyendo en nadie. Nacieron perfectos.



Según el Postulado Séptimo de La Segunda Era de los Conscientes, les sería negado el don de la Nostalgia a los nuevos Unos. La explicación del Ministro refiere a una inherente recaudación de males anteriores que deberían ser erradicados mediante el castigo de Olvido.



Pero son los males parte de todo bien y, por ello, parte de los humanos, como antes se les conocía. Al ser olvidados los males, poco a poco se fueron olvidando los bienes; ya no había el amor sin el odio; ni verdad sin engaño; ya no había quien cantara un verso heroico sin estar seguro de un peso equivalente y contrario a cualquier argumento interpretado.



Los Unos terminaron por olvidar a los conscientes y éstos, olvidaron haber creado a los primeros.



Al atardecer, cuando la ciudad se pinta en tonos rosados, Uno ya es el único que hay.