miércoles, 22 de octubre de 2008

Elegía

Te ves linda desde abajo. Con certeza aplicaría éste comentario desatendiendo sin consideración el ángulo en que te perciba. El hombre a tu derecha se ha dado cuenta y pide para sus adentros haber escogido cualquier otro momento para cruzar tu figura en su mirada. La fortuna tiene ese torcido sentido de la casualidad que desvivimos por descifrar.

Recuerdo la molestia ante mi primera mirada; exigiste que no te agotara con la vista como un extraño que insiste en deshilvanar cada pensamiento. Siempre tuviste esa forma de decir las cosas. De sentirlas. Tu enunciado hizo añicos la cerradura de la formalidad y desde entonces permanecimos lado a lado.

Incluso ahora me acompañas, desviando la mirada solo para mostrar la indispensable cortesía que un día como hoy demanda. Necesitarás quien lave tus lágrimas, quien te ame. Pero no tardará un descuido en suceder para que el tipo a tu derecha inicie su pretensión con inocente pregunta. El te ve bien, como yo, pues los ángulos siempre han de retroceder ante la belleza encarnada.

Te ves linda desde abajo, pero solo te imagino desde que cerraron la tapa. A través de los mil veces malditos golpes de tierra que me separan para siempre de tu compañía te escucho responder la pregunta inocente.

viernes, 17 de octubre de 2008

La pluma de oro

Para mi padre



Mis intenciones estaban lejanas a lo que terminé haciendo. Así comencé la súplica. El juez del ayer, el ahora y el mañana atendía con sosiego mi discurso; apenas hube terminado, blandió su enorme pluma dorada para constar sentencia. Mi crimen fue retar al tiempo; lo intenté por primera vez cuando recibí esa llamada de mi madre. Tuve que viajar con la angustia como compañera para encontrarla junto a mi abuelo en su lecho mortal. Hallé refugio en la memoria de infancia; cuando mi abuelo me enseñaba a batear y cachar con ambas manos. Cuando me dio golpes con la pelota de hueso, como le decíamos, para que me hiciera hombre. A los diez años.

Volví a esa época para reprochar lo severo que había sido conmigo, como si decir que a la suerte le dio la gana castigarlo con puras mujeres fuera excusa permisible. La maldición de aparecer como único nieto varón en el árbol familiar.

Aquí estoy frente a esta ave monstruosa engalanada con ropas reales a punto de encaminar mi fortuna con pluma de oro. Antes de entrar a la sala fui advertido que el pajarraco ese es un déspota, que, depende el ala de la que obtenga su pluma para dictar sentencia, será la penitencia. El anónimo iba escoltado por dos águilas erguidas como humanos pero con el doble de nuestro tamaño; recién le condenaron a ayudar eternamente a las personas sin recibir sonrisa o muestra de agradecimiento alguno por lo que resta de sus días. Era eso o permitir que el buitre en turno le desgarrara la espalda hasta morir tantas veces como la eternidad lo permita. Por que aquí el tiempo ya no tiene origen ni final, solo sucede. Pensé que, fuera cual fuera su crimen, hizo buen trato.

El ave me miró de lado preguntándome por qué pensé que era buena idea interferir con el tiempo. Creí pertinente evitar que mi abuelo muriera con tantos pendientes por los cuales disculparse. Me condenaron a nacer en su persona, conciente de ello y de que, si en un tiempo determinado, no evitaba que mi nieto interfiriera con el tiempo, repetiría la empresa. Eso fue hace ya doce vidas. Apenas recuerdo si quien evitó el fluir temporal fui yo o mi abuelo siendo yo.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Simetría

Para mi madre

Aquél día, al igual que muchos otros, con campo abierto y de mano de la casualidad, fui testigo del -ahora famoso- choque de aviones en pleno vuelo.
Resulta harto complicado describir un sentimiento de sorpresa la primera vez que se experimenta; aún así, la oportunidad de expresar mi sobresalto se presentó inmediatamente pues, justo cuando el ruido de metales achicharrados precipitándose cesó en el horizonte auditivo, un estruendo a pocos metros atrapó mi atención: dos patrullas a toda velocidad impactaron de frente justo en la esquina a la que me dirigía. Pensé, es posible que los distrajera el accidente aéreo, o quizás, iban tras aquellos sujetos que, algunos metros más allá, discutían pistola en mano apuntándose mutuamente. El impacto de las patrullas los habrá asustado haciéndolos disparar al unísolo esparciendo sus restos en la banqueta. Dos perros que no fueron ahuyentados por las detonaciones se peleaban la autoridad sobre el banquete improvisado. Minutos después la calle era un caos: los paramédicos de dos ambulancias de la misma zona debatían en quién se llevaba a quién tomando en cuenta los policías heridos y la gente con crisis nerviosa. Una tercera ambulancia impactó de lleno con una de las ya estacionadas tratándole de ganar el lugar a una cuarta ambulancia que fue a dar irremediablemente contra aquella que estaba al lado de la primera. Dos grúas que venían por las patrullas viraron al mismo tiempo por esquinas contrarias.
Yo estaba al borde de lo tolerable, a punto de perder la razón e intenté calmarme entre ruidos de gente desesperada y sirenas de todo tipo. En una banca, cruzando la calle, un sujeto me miraba mientras llevaba, como yo, su manos al rostro, interpretando con mímica, la sorpresa que antes no pude expresar con palabras. Idéntico a mi.

lunes, 13 de octubre de 2008

Ni entonces

No soy obsesivo, es solo que me resulta difícil dejar de verla. Cada día por mi casa, como si fuera el anterior, aún fresco en la memoria, o como si fuera el último, tan odiado, justo debajo de mi ventana la veo ir y venir en su rutinaria parodia de cómo deben ser las cosas bellas. Quién en su sano juicio apartaría los ojos de tan suelto paso y, sin embargo, adusto carácter. Ahí va ella calle arriba como buscando inmortalidad en el vuelo de su falda; cuarto de hora después, ahí viene cruzando con seguridad la calle frente al kiosco, sobradas están las miradas de advertencia; si alguien tuviera problema con su trayecto, preferiría cien veces bajar la velocidad y esperar a que su esbelta figura ilumine su panorama por un instante para dejarse arrastrar al momentáneo trance de la parodia de lo bello.

Ayer despertó muy temprano con rumbo al gimnasio. Repito, no soy obsesivo, yo también me levanto temprano los domingos, aunque no voy al gimnasio. Fue calle arriba dejando marca en cada paso como acostumbra. Pero la costumbre llega a ser la muerte para muchas personas. Como a eso del mediodía, la suerte cobró lo que nadie cree deberle. El kiosco quedó salpicado por los restos de la que minutos antes cruzó corriendo la calle sin atender el autobús que tampoco atendía al pasaje del fin de semana.

Ni entonces pude dejar de verla.

miércoles, 8 de octubre de 2008

El Circo

Para Elena



La burbuja fue presentada con parsimoniosa reverencia. Hay quien dice que es más el culto rendido a gigantesco objeto que su interior lo que en verdad aterra y ofende a los débiles de estómago. Pero las historias en derredor al misterioso circo pertenecieron siempre a quienes, por cobardía, salían huyendo bajo la carpa tumbando todo a su paso.



Quienes presenciaron el acto de principio a fin sufrían pérdida de memoria, ataques epilépticos o simplemente desviaban la conversación por miedo a invocar una vez más a aquello que habían encerrado en tan delicadas paredes.



Solo el último acto fue narrado por el hermano de quien cambiaría el espectáculo por completo. Historia que fue aceptado por la multitud al corroborarse por otros cuatro valientes testigos.



De aspecto brumoso apareció solemne acabando el espacio interno de la carpa. El presentador y demás asistentes se retiraron dejando a los seis invitados apreciar el Miedo Secreto, que era como presentaban el acto de pueblo en pueblo. Cuando la niebla disipó, la silueta cortejada por la luz de velas que proveía toda la iluminación presente se dibujó como un insecto colosal. Valiéndose de lastimeros y repentinos movimientos daba giros nerviosos sobre su eje, lo más alejado de cualquier extremo. Ni los seis hombres, si así se lo propusieran, apaciguarían la bizarra criatura si ésta tratara de hacer algo fuera de quedarse donde estaba. El miedo ahogó cualquier exclamación de disgusto o asombro; pero el mismo miedo decantó la curiosidad para algunos. Uno de ellos se acercó lo suficiente para ser atrapado por un sopor inesperado; la cabeza del insecto paragonó el de una mujer sin rostro. Difícil de explicar sin que la voz tiemble esquivando las palabras que ordena la memoria. Se dice que el trance en que cayó el primero fue tan fuerte que no sintió los golpes de su hermano para evitar que entrara a la burbuja. Expresa que aún con las piernas rotas se arrastró al interior de ésta que al instante se nubló nuevamente. Los cuatro restantes intentaban ayudar al hermano que se quedó golpeando la burbuja, ni la fuerza de cuatro impulsada por el pánico podía despertarlo de la desesperación. Del otro lado, quien se aventuró involuntariamente fue acogido por una mano cálida entre las tinieblas. Ten calma, aquí estás a salvo. La mujer más hermosa que en la vida había visto le pidió que esperara con ella a que los monstruos se fueran para poder escapar. Solo es cuestión de paciencia, éstos se irán rápido. Volteó buscado el exterior del enorme círculo donde se encontraba; cuatro enormes insectos parecían estar devorando a uno de los suyos.

viernes, 3 de octubre de 2008

Dos viajeros

Para Aurea



La semana pasada la cantina vio rota su calma por la llegada trompicada de un viajero al borde del infarto. Mereció poca atención al principio ya que esto pasa casi cada mes. Juraba habérsele escapado al cuaco. El custodio escuchó algo que le hizo levantar una ceja. Con la respiración entrecortada, el viajero intentaba regresar bajo sus pasos para convencerlo, pero éste, que ya le detenía la quijada con el cañón de su revólver, no se miraba complacido. Repite lo que dijiste, cabrón.



Murmuró algo como que tenía cara de caballo, todos habíamos guardado silencio por la tensión del momento y apenas pudimos escucharlo. El custodio guardó el arma y mirándolo sin parpadear le dijo, rézale a la virgencita. Tomó su tequila, se puso el sombrero y salió del lugar. Segundos después, otro viajero entró corriendo con el terror colgado de la cara, llevaba sus manos a la garganta como ahogándose y se arrodilló en el rincón más próximo. Miré al resto de la gente que estaba presente, todo estaba quieto, nadie pronunciaba palabra alguna o, mejor dicho, nadie podía.



Lo siguiente pasó muy rápido. El sonido regresó como el que vuelve después de salir del río. Todos gritaban no te escucho a quien tuvieran enfrente. La vergüenza se generalizó cuando se dieron cuenta que ya no solo no escuchaban, sino que también se expresaban a gritos.



Pasado el susto y con la calma abrazando la cantina una vez más, fui a la barra a pagar para irme a dormir. El cantinero aún no se liberaba del trance reciente y permanecía inmóvil; grité su nombre y volteó hacía mi sin mirarme, tenía los ojos clavados en el primer viajero. Estaba tirado sobre la barra, parecía que el infarto al fin le había cobrado lo que debía. Quería comprobar si ya había pasado a la otra vida pero, apenas le puse la mano encima, el cantinero gritó tirando las botellas en el muro detrás de él. Si el horror escurre de la boca de las personas, el cantinero era la imagen que se necesitaba para entender dicha expresión, ya no podía cerrar los ojos del asombro y apenas pudo susurrar que tenía cara de caballo. El viajero estaba muerto, el rostro pálido y torcido. El segundo viajero no dejaba de repetirle plegarias a la virgen María en aquél rincón. Rézale tú más fuerte, dije dándole palmaditas en el hombro, le pagué y salí de ahí.



jueves, 2 de octubre de 2008

Cohabitan

Con amor, para Tanya



Desperté desnudo en un cuarto sin ventanas aparentemente iluminado desde los muros, mi cuerpo no generaba sombra y no sentía molestia alguna. Abrí la única puerta y frente a mí se trazó un pasillo que retaba a la perspectiva con puertas idénticas a la primera dispuestas de un solo lado; si a la izquierda o la derecha no lo sé pues, cuando voltee, el cuarto ya no estaba y solo la continuación del pasillo cansaba la mirada. En un intento por conciliar mi cordura después de largo tiempo abriendo y cerrando puertas al azar dando únicamente con más pasillos y puertas, dejé una puerta abierta para tener referencia de un comienzo, paulatinamente -mi lógica actuaba- ha de haber un fin. Si dejaba una puerta abierta, las demás se abrían al mismo tiempo como jaladas desde el otro lado por una mano que no alcancé a atrapar por más que intentaba. Lo único que me ayuda en situaciones de mucha tensión era el cigarrillo. Al abrir la siguiente puerta encontré una caja dorada con cigarros de mi marca preferida dentro. Al sacar uno, éste empezó a humear y yo a inhalar su veneno. La caja se fue, el cigarro no se consumía y podía fumar a placer, el sueño de un vicioso. Empezaba a entender las reglas del juego, así que pensé en una botella de vino. Ahí estaba. El mismo efecto que el cigarro. No podría decir que aparecía de la nada, era más como si se ubicara en un punto ciego de la mirada y, cuando volteaba, ahí estaba. Imaginé a mi familia, pero nada pasaba. Lo mismo sucedió con mis amigos, conocidos, gente que recordaba de alguna manera en alguna parte pero nadie nunca se mostró. Paulatinamente me fui haciendo de objetos que siempre quise; relojes de oro, alhajas, trajes finos. Todo lo que pudiera llevar encima. Jamás aparecía una casa o un auto. Lo mismo que con la gente, supuse que solo aquello con lo que pudiera cargar me era concedido. Dejé de tratar de contar el tiempo, aquí nunca es de noche. Todo está eternamente iluminado. No hay ruidos ajenos a mi voz, así que también dejé de hablar. Después traté de recordar como había llegado ahí. Pero era como si esa información me hubiese sido borrada. Abrí la siguiente puerta, si aplica la expresión, y di un salto de terror. Era la puerta de mi recámara y yo estaba dentro de ella. Fue tanto el espanto que cerré de inmediato, pero me hice de valor suficiente para abrir de nuevo. Ahí seguía, plácidamente atrapado por Morfeo. Claramente era de noche, me acerqué lo suficiente como para corroborar que ahí estaba, era yo, estaba dormido y además me veía muy tranquilo. No supe que hacer, no lo quise, es decir, no me quise despertar y decidí permanecer junto a el, o sea, a mí, hasta que se levantara. Pasaría el tiempo intentando calmarme y explicando lo sucedido a mi otro yo. Pero antes cerraría la puerta para evitar que toda esa luz lo despertara, digo, podría levantarme de malas. Con cautela empujé la puerta y al cerrar desperté en mi recámara. Todo era normal, los sonidos de la calle a la que da mi ventana, el ruido que hace mi hermana al levantarse cada mañana. Me tomé el pulso y, aunque agitado, todo parecía dentro de lo normal. Lo inquietante es que, si se trató de un sueño, podía recordar todo a detalle; la marca del cigarro, del vino, del reloj, de todo. Se me hace tarde para ir al colegio. Aún no daba crédito a lo sucedido y pensé que lo mejor sería sacármelo de la cabeza. Encontré a Felipe en la esquina y abordamos el autobús, justo antes de contarle mi sueño escuché un ruido estridente y un fuerte golpe nubló todo.

Desperté desnudo en un cuarto sin ventanas aparentemente iluminado desde los muros.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Desde niña

Para Melina



Quisieran decir, quienes la conocen, que su comportamiento era diferente al de sus amigas, pero la mentira no permite cuadratura en rostro inocente. Desde niña le gustan las serpientes. Ese es su pecado. Se podría hacer una lista interminable de sus virtudes; pero la gente gusta del escándalo tanto como de las injusticias que de éste derivan. La familia entera cargó la pena del repudio social sin importar el altruismo hacía sus semejantes. Es que a la niña esa le gustan las serpientes, decían los jueces de la virtud como finalizando una discusión sin cabida a réplica.

De ellas aprendió la nobleza y el respeto; a temprana edad cayó en cuenta que una serpiente jamás ataca a su semejante por alimento o territorio; tienen mejores modales que aquellas a quienes insistimos en nombrar con sus variantes; la vecina es una víbora; la tía de Miguel es una culebra; ah, como es cobra el primo de don Jaime. Si tan solo supieran que las verdaderas ofendidas son estas linduras, pensaba mientras acariciaba a su coralillo preferida dentro de la jungla improvisada en que había convertido su recámara.

Pero una serpiente es y será siempre motivada por el instinto; es este quien le dice no atacar a sus semejantes, el mismo que le exige no reclamar territorio. Y sin duda fue el instinto quién le sugirió morder a su protectora cuando sintió una caricia amenazante.

A esa niña siempre le gustaron las serpientes.