martes, 14 de julio de 2015

Schizophrénie

Las condiciones actuales de mi ir y venir por este océano de casualidades me pasan de largo. Actúo en un sopor de costumbres definidas. Todo lo resumo en una palabra: pesadillas.
No se tratan, empero, de malos sueños que remiten a temores primigenios. No tengo certeza de cómo hallamos refugio de los miedos y no pretendo emprender ese viaje por ahora.
Lo que me atañe, reitero, no es producto de la imaginación: sino de recuerdos.
Para mi, un día normal empieza muy temprano y termina muy tarde. Esto es de lunes a viernes; de seis de la mañana hasta media noche. Reparto mi tiempo entre responsabilidades que afectan a muy pocas personas y, definitivamente, no marcan diferencia alguna en la vida del resto. Mis días pasarán en un suspiro, ajenos a las preocupaciones de la mayoría y, por desgracia, ajenos también a las consideraciones de mi círculo familiar inmediato.
Es mi familia la primera que no me toma en serio. No los culpo. Siendo sinceros, me sorprende que mantengan comunicación conmigo después de tantas tragedias provocadas. Quizá la palabra tragedia es demasiado. Me limitaré a llamarle "ciclos de eventos desagradables".
No es para menos. Desde que era niño fui testigo de la bonanza progresiva de las familias de mis amistades; los compañeros de la cuadra; los camaradas. Todos, sin excepción, mostraron alguna mejoría si tomamos como referencia el estoicismo socioeconómico que perduró en mi hogar. Allí, en ese compacto departamento de cincuenta metros cuadrados la vida pareció detenerse.
Yo debí tener ambiciones distintas; crecer de manera académica y profesional. Realizarme, viajar a Europa, malcriar hijos y dar todas las satisfacciones que nunca pude llevarle a mis padres. En vez de eso, me dediqué a evitar nuestro progreso al convertirme en el blanco de todas sus atenciones y un pozo sin fondo para dinero desperdiciado en terapias.
En aquellos tiempos fui el único en contra de platicarle mis cosas a un completo extraño. Un alto señor que, cada vez que mi memoria lo recupera, le ubica frente a un muro lleno de fotocopias de diplomas enmarcadas con desgano. Un intenso olor a cigarro atrapado en todos los muebles de la sala de espera siempre repleta de personas que no encajaban en sus cuerpos: Sujetos con caras de niño y brazos de anciano; señoras identificadas con sus propias hijas, quienes se sentaban junto a ellas, vistiendo las mismas prendas. Cogiéndose al mismo hombre. No era ambiente para un niño de diez años. No importa cuánto me digan que lo necesitaba y el bien que me haría.
La primera vez que me vi forzado a platicar con el señor de los diplomas le dije todo. Desde el principio sin omitir detalles. El tipo no levantó ni una ceja.
Las palabras no surtían el mismo efecto en este auto proclamado doctor que provocaban en mi madre: en la parte de la historia que ella interrumpía a gritos y manotazos, el doctor suspiraba de hastío. El pasaje con el que mi hermana de siete años casi enloquece invocó un profundo bostezo en mi escucha. Incluso el relato de la noche de los tres gigantes que a mi me entregaba escalofríos no mereció mas que un carraspeo. Esto ocurrió cada miércoles durante los siguientes siete meses. La ruina económica de mis padres tuvo como resultado que me olvidara de contar historias. Distinciones de realidad ideada, decía aquél enjuto doctor.
Han pasado veinte años sin redención. Cada fin de semana visito a mi madre para sentarme en la mesa plena de comida y cuyo objetivo consiste en evitar que nos hablemos o miremos a los ojos. Durante dos décadas olvidé aportar lo único que podía: mi realidad ideada.
Hoy mi hermana decidió cortar el pan con la noticia de la muerte de aquél psiquiatra que me ignorara durante siete meses. Fue tan abrupto como lo describo. Ni siquiera mencionó su nombre y, en realidad, creo que nunca se pronunció en casa. Se limitó a decir algo como, "Oye, ¿te acuerdas del loquero con el que te llevaban cuando éramos niños? Pues ya se murió. Me dijo Rubén."
El tal Rubén, por su puesto, es irrelevante. Pero la noticia provocó algo en mi. Despertó algo olvidado. De alguna manera, a decir por lo que he visto desde el momento que me enteré de su fallecimiento, el hechizo del doctor se esfumó con él.
Imagino que la técnica utilizada en mi problema perdió efecto en el momento que me hice consciente de que el único que nunca se impresionó con mis historias había desaparecido de este plano. Resulta obvio que el tipo llevaba muerto un rato. El tal Rubén es poco confiable con información sensible. De ahí que sea tan irrelevante.
¡Vaya, le esperan en el infierno todos los pacientes que se mataron! -dije entre risas- Mi madre estuvo a punto de soltar su primera carcajada en años cuando rematé, "yo debería estar en el grupo de bienvenida". Endureció el rostro.
Lo primero que noté fue una veloz silueta girando en la pared de la sala. Mi madre y hermana, que para contextualizar el momento, eran las únicas que estaban a la mesa conmigo, distinguieron de inmediato una mueca de decepción y se miraron en complicidad. Pasamos el resto de la comida en silencio; mi madre, mi hermana, la silueta giratoria y yo.
Lo molesto de las siluetas que giran, como deben saber, es que deforman los rostros de la gente que les da sombra. Por su puesto que tenía curiosidad de si volvería a vomitar como cuando, de niño, atestigüé a la silueta de mi madre girando y torciendo su quijada. En aquella ocasión sólo se posaban a la sombra de mi madre. Cuando esto ocurría, la deformación del rostro no se detenía con el tope natural que los husos y músculos ofrecen. La cabeza, se divide en dos hemisferios siendo los labios el ecuador. la parte superior gira en el sentido contrario que lo hace la inferior y rompe piel, músculo, nervios y hueso desparramando tanta sangre como debe existir en la zona. Tal vez cruzan un par de arterias importantes. Mientras más tiempo la vea, más rápido gira. Este relato provocaba que mi mamá, eufórica, manoteara y gritara que me callara.
Esta ocasión, la silueta se posó a la sombra de mi hermana. Tal vez por que ya es mayor de edad o por que alguna parte muy dentro de mi quiere que su cabeza se tuerza. Así que puse de lado los cubiertos y dejé de parpadear para ver cómo muy lentamente los ojos y nariz de mi hermana se deslizaban a la derecha, mientras su mentón se dirigía a la izquierda; la piel se estiró y asomó los músculos que nos permiten hacer mas de cien gestos. Su piel se rompió antes de tres cuartos de giro de cada lado y escuché tronar los huesos como si se pisara un pescuezo de pollo dentro de una bolsa de agua. La sangre cayó a la mesa y llenó su plato de comida. Ensució su vestido morado y siguió girando. Cuando cada uno de los hemisferios en que se había dividido su cráneo dio una vuelta completa y devolvió a mi hermana un aspecto más cómodo a la vista; claro, descontando esa frontera de sangre, piel viva y pellejos colgando, la silueta dejó de girar. Salió de la sombra que mi hermana proyectaba en la pared y camino con cautela hacia la sombra de mi madre. Repitió la dosis. Vi los dientes de ambas poblar la mesa. Comer se tornaba en una tarea imposible. No podía distinguir las salsas de sus fluidos y sus dientes se hacían pasar por pedazos de elote en mi mole de olla. Me apuré a comer como pude y puse rumbo a casa. No podría tolerar un minuto más de cabezas giratorias pues, cuando la silueta se aburrió de girar sus cabezas, comenzó una rutina con sus torsos. Demasiado para una comida -me dije-.
Por su puesto que no les comenté nada a ellas durante los casi cuarenta minutos que duró el espectáculo. Todo esto está en mi cabeza. Nunca supe qué lo provocaba pero aparentemente se reactivaron en el momento en que al estúpido loquero se le ocurrió colgar los tenis.
Curioso me resulta que fuera mi hermana quien me diera la noticia. Ella fue, sin duda, la más afectada con mis historias de la infancia. Se creía todo. Claro que no le iba a contar cómo pude ver con lujo de detalle anatómico la separación de sus huesos maxilofaciales. La anécdota de los rostros barridos  bastó para que me dejara de hablar el tiempo que duró mi terapia. Con el loquero en mejor vida, los patrones se están repitiendo. Me vine a encerrar a casa para escribir todo esto. Mi plan es simple: una vez que termine de redactar, imprimiré algunas copias y le pagaré a alguien para que lo lea en voz alta y que al final queme la hoja. Que lo haga con desprecio. Tratando de emular la apatía que el doctor siempre me destinó. Quemar la carta no tiene mas que la intención dramática del momento. Me parece elegante.
Así pues, vine a casa tratando de evitar contacto visual con cualquier persona. Después de las siluetas giratorias me esperan tres cosas: los rostros barridos, los tres gigantes y mi esperada muerte. Si no ejecuto mi plan, me puedo ir preparando para alcanzar al doctor en el infierno.
Los rostros barridos, o borrados, o eliminados, no son desagradables del todo. Hay mucha gente poco agraciada deambulando por las calles. Simplemente carecen de rostro. Lo que podría desesperarme un poco es el hecho de que, sin nariz y boca, no pueden acceder al delicado y preciso oxígeno para sobrevivir. Esto se traduce en un mar de gente retorciéndose en la calle en una asfixia multitudinaria. Gritos ahogados y desesperación de ciegos buscando abrirse la piel para respirar. Eventualmente todos mueren y me quedo sentado esperando a los tres gigantes. Una vez que lleguen éstos y hagan lo suyo, sólo me queda esperar la media noche para dejarme atrapar por el sueño. Toda la rutina empezará desde cero al día siguiente. Si no evito que esto suceda, me mataré. Cuando era niño tenía muy clara la manera de suicidarme. Incluso los gigantes ofrecieron su ayuda. Pero intervino mi madre para meterme a la puta terapia.
Los tres gigantes no lo son en el estricto sentido de la palabra. Mejor dicho, serían gigantes. Lo único que me ofrece esta última etapa de alucinaciones son tres cabezas de casi tres metros de altura. Tres cabezas que giran y chocan entre sí. Tres cráneos que me siguen a todos lados y a la menor descuido muerden con la intención de amputarme un miembro. Mientras escribo esto, puedo ver la silueta de una de ellas por la ventana que da al patio. Allá atrás están esperando a que me duerma antes de que se vayan a media noche. Si para mañana no consigo que alguien me ayude a leer e ignorar todo esto, voy a matarme. No concibo un día más con esta rutina. Existen quienes soportan procesos diarios más tortuosos; trabajan en oficina, educan a sus hijos. Detesto a esa gente y, especialmente, detesto su constante queja por cosas sin importancia.

Fin.