miércoles, 1 de julio de 2009

Los Domínguez I

Miércoles



Panteón de Xoco, Ciudad de México.



Cinco sombras sorteaban las tumbas. Una de ellas, con notable dificultad para mantener el paso de por sí lento, era arrastrada por otras dos como si, una vez identificándolas figuras humanas, sus piernas no pertenecieran al hombre sino a un niño que había olvidado caminar. Ilusión refleja de rodillas fracturadas.

En el centro del camposanto esperaba una sexta figura con bata de carnicero. Podría apreciarse su molestia a la distancia; evidentemente prefería que al doctor Domínguez no lo hubieran mallugado.

¡Así cómo putas esperan que disfrute su agonía! -gritaba desaforado a los raptores. Tomó enormes bocanadas para calmar la exaltación. Se peinó los cabellos y masajeó las sienes.

Habrá notado -dirigiéndose al doctor- que gritar por auxilio no será de utilidad. En realidad, espero que grite; ¡que expulse la última flema de dolor antes de dejarlo pa' los gusanos!

El doctor Domínguez comenzaba a contemplar la muerte como un obsequio a lo que había hecho apenas veinte días antes: de pie, frente al Congreso, el doctor hacía gala de su facundia para mancillar al señor presidente y todos sus seguidores. Le dieron oportunidad de retractarse en una segunda lectura pero, como liberal hijo de liberales, lo único que podía hacer era ratificar sus ideas. El clavo al ataúd, pensaron todos los presentes.



Los días venideros se volcaron en cartas de ayuda y apoyo al doctor; le ofrecían refugio que rechazaba con cortesía; visa de emergencia para salir del país que rompía al instante; ayudantes entrenados en el ejército suizo para su protección que ahí mismo despedía. Sabían que se había echado la soga al cuello pero no comprendían el por qué. La esencia del mártir, le decía Ricardo, su hijo, si es comprendida, será olvidada. Su padre esbozó una sonrisa y dio consejos que quedaron solo para sus oídos.



Con la cara en el fango volvió a sonreír al escuchar el sonido de machetes tocando la piedra de lápida. El doctor Urrutia no tenía un machete: se hizo de una lanceta y pinzas; pidió a dos hombres le engarrotaran la cabeza y le abrieran la boca. Uno se pasó de fuerza imaginando que encontraría resistencia y le rompió la mandíbula; el aullido que emanó de su garganta fue aprovechado por Urrutia para cortarle la lengua de tajo. Ésta va para mi amigo el presidente, pa' que vea que la tuya no es de plata, como dicen.

El doctor Urrutia abandonó la escena dejando a los cuatro matones terminar por lo que tanto les habían pagado.

Entre las tumbas, cuatro sombras con brazos filosos, azotaron encolerizados sus extremidades contra el piso hasta el amanecer.