martes, 30 de junio de 2009

Días en Brasil

Martes



Tres décadas después, los caprichos de la selva vieron su olvido en el retiro de un rancho en Paraína. Hiro Onoda, el otrora teniente de la brigada Sugi, halló refugio para sus demonios en un ambiente tan cálido como aquel que le mostró la boca misma del infierno. La venta de fruta hace de cualquier vida una vida tranquila, respetable y, se diría, placentera; especialmente para quien ve casi apagada la llama de su existencia escondiéndose de recuerdos tormentosos al acecho prometiendo la última agonía.



¿Vendrá mi muerte enmarcada por la filosa hoja de Shimada? -se preguntaba mientras pelaba un mango- Divagaba. Fantasmas del pasado escenificaban en su estancia el reconocimiento del grupo a mitad del día; cuando una bala atravesó la garganta de Siochi Shimada y todos corrieron por resguado en lugar de auxiliar al herido. Onoda atestiguó, escondido entre la maleza, a campesinos improvisados con escopetas arrastrando el cuerpo dejando la estela de sangre. Se maldecía por agradecer que fuera herido justamente ahí, en la garganta. No comprometería la posición del grupo. Rezaba por que estuviera muerto.

La situación con los dos soldados restantes empeoró desde entonces: Akatsu se secreteaba con Kozuka cada vez que el teniente les daba la espalda. Los ojos de Kinshichi Kozuka nunca fueron del agrado de Onoda; había manifestado inconformidad a sus superiores cuando le fue asignado refiriendo la mirada traicionera peculiar en cada chino. Pero el Mayor Taniguchi hizo caso omiso. Asignó su misión en Filipinas y sentenció:



"Tienen absolutamente prohibido morir por propia mano. Es posible que nos tome años volver por ustedes pero, mientras quede un soldado, no han de rendir su posición"



La historia la escriben los vencedores, decía al aire Onoda, hundiendo los pies descalzos en el pasto crecido de su rancho. Mientras algunos se vanaglorian de haber ganado la guerra, él hacía lo propio con su batalla personal: la que le acusaba de asesinar a su segundo al mando, Kozuka. El japonés distinguido por mirar como chino traidor, encontró su destino en un viaje al pozo de agua; Onoda le sorprendió aprovechando que Akatsu marcaba el perímetro a doscientos metros del lugar. Tomándole por sorpresa, lo sometió con facilidad y, a mano limpia, le vació las cuencas oculares abandonándolo a su suerte en un desfiladero. Cuando Akatsu se enteró de la captura de Kozuka por unos campesinos oportunistas -según la versión de Onoda- abandonó el puesto para rendir sus armas a los filipinos.



De noche, el rancho permanece quieto, la intervención de luciérnagas simulan depósitos de municiones en llamas -se decía en voz alta- el aullido de los monos, la súplica de niños y ancianos bajo el filo del teniente; el sudor, refrescado por la brisa nocturna, se pega como la sangre fresca de la garganta de Shimada; la luna llena enmarcando la noche, una tuerta juzgando todo debajo...



¿Tuerta como la mirada de Kozuka? -irrumpió una voz justo detrás de Hiro- Le heló la sangre y, antes de articular una respuesta de asombro, sintió que sus pies, sumergidos en el pasto crecido, se balaban de su propia sangre. Arrodillado por la impresión y, a pocos segundos de morir, levanto la cabeza para hallar a su verdugo: Yuihi Akatsu, soldado de rango menor, quien se rindiera ante los filipinos después de mantener la posición por treinta años y a quien Onoda daba por muerto, blandía el sable capturando la luz de la luna tuerta.

La justicia llega para todos, Hiro. Es la frase que concluye aquella de la historia escrita por vencedores. Lo sabías en Hankow, cuando nos asignaron a la brigada sugi. Lo supiste cuando asesinaron a Shimada y mataste a Kuzuka. Te irás consciente de ello.

Con el teniente a sus pies, Akatsu se sabía liberado de las órdenes de Taniguchi. Al fin libre para morir por su propia mano después de una vida de tormentos. El honor enmarcará mi muerte, se dijo mientras sesgaba su vientre.



En el rancho de Hiro Onoda, en aquel retiro de clima tropical yacían, con las entrañas al aire, Akatsu y su teniente, treinta años después de haber llegado a Filipinas para defender la posición Sugi sin saber que la guerra había terminado el mismo año que se embarcaron.

lunes, 29 de junio de 2009

Mosaico

Lunes



Bola Tinubu colocó una tarja junto al muro. Llenó la mitad con lo que pensó era sangre. Sangre con algún tipo de trato pues no olía ni se sentía como tal. Pero eso poco le importaba. Lo único en su mente era terminar el trabajo que alguien más dejó inconcluso.



Siendo esclavo yoruba en tierra extranjera, le valía la vida entender que si no hace lo que con mímica le mostraron, no comería lo que a mímica interpretó como un banquete.



Pasados los minutos, Tinubu comprende la mecánica y repite: toma una pequeña pieza del cajón a su izquierda y la baña con lo que parece sangre de la tarja a la derecha para adherirla la pared siguiendo el patrón que algún artista dejó trazado.



Las piezas, pequeños cubos mal cortados en obvia pretensión de hacerlos idénticos con herramientas rudimentarias, eran de un blanco amarillento que adquirían tono rosado al bañarse con el líquido rojo. Macizos como para trabajar la tierra y ligeras cual madera hueca. Nunca vio algo similar. El resultado muestra un mosaico sobresaliendo de la piedra de cantera en el muro.



Meses después, un esclavo más joven continuará la tarea de Bola Tinubu de igual forma que meses más tarde algún sucesor retomará su labor.



El boceto, que años atrás un olvidado artista nigeriano plasmara en el muro norte del Castillo de Chambord, adquiría el relieve dador de vida y movimiento. Las generaciones aprendieron a callar y luego olvidar el origen del relieve. Siendo la escalera principal obra de Da Vinci, nunca se revelaría que el muro fue obra de africanos. Sin embargo, quienes no olvidarán son el artista ignorado, Bola Tinubu y los otros doce esclavos que sirvieron para materializar, en sentido literal, con sus huesos y sangre, la escena bíblica que da la bienvenida al salón principal.

lunes, 22 de junio de 2009

Detestarás a Van Gogh

Serás grande si resultas homosexual. Tu padre se encargará de todo; te expondrá a la fina pluma de Wilde; la arrogancia de Capote; la sutileza de García Lorca y la sensibilidad de la décima musa; inundará tus oídos de Bach y da Palestrina; del vaivén de Vivaldi y las arrebatadoras sonoridades de Beethoven; enjugará las lágrimas que Mozart te provoque y atizará tu ira al son de Wagner; entenderás las perspectivas de Gaudi y Calatrava; de Da Vinci y Rafael; de Miguel Ángel y Bernini; comprenderás a Pollock y Picaso... y detestarás a Van Gogh.



Serás inalcanzable como mujer. Te mostraré las bellezas naturales de la huasteca potosina y la selva chiapaneca; del sabor del coco en miel y los olores del clavo, el orégano y el almizcle; del capricho de las orquídeas y la fortaleza de las amapolas; aprenderás de la nobleza del ciervo y la inteligencia del lobo; te desviarás por consejos alternativos que te sumergirán en Dalí y Buñuel; serás idealista como Castro e impredecible como Santa Anna; inteligente como Maximiliano; artera como Fouché; divertida a la Warhol y extrovertida aún más; revivirás a Chabela Vargas y discutirás como Jaime López con Chava Flores; arrogante como el César y déspota como Meyer... y detestarás a Van Gogh.



Si resultas varón y heterosexual te enseño a tocar la guitarra y date por bien servido, hijo mío.



La vida es como la vida: así, pues.