lunes, 26 de marzo de 2018

Inicio: Óscar y Ella.

Las siguientes lineas se componen de extractos de mi vaga memoria a corto plazo. Son las piezas que conforman un sueño reciente. Conocido es el sentimiento de vacuidad que tenemos al despertar: una mezcla de alegría y desesperanza por lo sucedido y la inevitable pérdida de todo recuerdo al respecto.
Siempre me ha intrigado sobremanera la poca capacidad que tenemos para aferrarnos a esas experiencias. Nuestra memoria no se toma molestia alguna en dejar pasar el instante fugaz y enviarlo al olvido. Nuestro ser halla en los sueños libertad a todas las represiones que el estar despierto conlleva.
Dicho lo anterior, tómenlo como disculpa por lo complicado que pueda ser la lectura. Mi recomendación es, si no les complace, no la terminen. Pero quiero dejar constancia del ejercicio mayúsculo que me representa amalgamar tantas ideas dispersas en un relato llevadero. Omitiré, en lo posible, los saltos temporales y geográficos que en sueños nos parecen tan normales al tiempo que modifico los nombres de los involucrados. Pero si usted se siente aludido, es por que inconscientemente he dejado pistas para que sepan quienes son y de qué manera me han ayudado.

I.

En muchas ocasiones, desde que estamos juntos, guardaba la idea de que algo no estaba en su sitio. Siempre refiriéndome a ella y hoy no es la excepción: llevamos apenas veinte minutos en la fiesta y mi acompañante ha pasado más tiempo mirando su teléfono que saludando a viejos amigos.
Para ser justos, se trata de viejos amigos míos. Aquellos que conocí y con quienes forjé lazos mucho antes de salir con ella y que todo se fuera al carajo.
Inevitablemente nuestra insistencia por vivir en pareja nos lleva al punto de compartir nuestro mundo. Inclusive si ello merece la incorporación de amistades de otros tiempos; cuando fuimos considerados como los que nunca se casarán o el que jamás tendría hijos. El choque es duro en ambos extremos de nuestras vidas; por un lado queremos mantener lo que fuimos y, por el otro (más inmediato), buscamos ser transparentes para lograr aceptación. Al final quedamos atrapados entre la persona que éramos y la que aspiramos ser. Justo en este punto me hallaba en medio de una fiesta convidada por un compañero de lejanas glorias.

Esa noche Óscar estaba en la puerta. Lleva un rato ahí parado esperando a no sé quién con esa pose de "esta es mi casa y si quieres entrar es por que vienes a echar desmadre, pero no seas ojete y tira el papel de baño en el bote". Lo conozco hace mucho tiempo y me molesta que no hayamos convivido más teniendo gustos tan afines. Tiene ese timbre de voz y forma de decir las cosas que semeja decirte pendejo todo el tiempo sin hacerlo.
Mi compañera, a quien privaré de nombre propio durante el relato, pasaba el tiempo casi acosada en un sillón riéndose con quienquiera que estuviera del otro lado de su teléfono. Una actitud que le acompaña siempre que está fastidiada. No podía evitar mirarla sin el desprecio acentuado por su pésima actitud. Sus pies, aunque cortos, estorbaban el paso a quienes buscaban una ruta a la cocina por más cerveza y en repetidas ocasiones mostraba disgusto por todo el que le importunaba. La fiesta le rechazaba como acto reflejo.

Desde el puesto de guardia, Óscar me hizo señas como para que viera quién estaba por llegar. Un estruendoso ¡Hola, Óscar! hizo respingar a quien llevara ya una hora acostada pegada al celular estorbando a medio mundo: ¡No mames que es Ella! -dijo mientras se le notaba aún más incómoda con la presencia de una ex-.
Ella (nombre propio, no pronombre) apareció en el umbral al tiempo que efusiva se lanzaba a los brazos de Óscar. Después de confiarle algo al oído, ambos voltearon a verme y me dirigieron sonrisas que se acercaron hasta quedar junto a mi. Dejaron un balde con cervezas y hielos en la mesa de centro advirtiendo que no me levantara hasta que se terminaran o nos pusiéramos al corriente. Lo que pasara primero.
Una cerveza fue extendida a mi compañera por la mano de Óscar, misma que fue recibida con una mueca. El gesto de mi amigo, afable saludo sin respuesta, incitó en Ella dos comentarios en dirección a quien estaba medio acostada y medio estorbando: apoyándose en mi hombro y empujándome al frete para tener a Óscar a la vista, le recomendó no insistir y, que si mi acompañante estaba incómoda, era su pedo.
La cerveza que le fue ofrecida regresó sin líquido al centro de mesa. Aquella con quien llegué se la bebió de un trago para luego irse al patio iluminando su cara con el resplandor de su inseparable teléfono.
Quedamos en el sillón Ella, Óscar y yo con el reto de verle fin al balde de cervezas menos una botella.
No quise llevar la plática al terreno de las explicaciones y disculpar el comportamiento la ofendida. Ninguno de ellos lo permitió, así que nos concentramos en nuestros pormenores. Teníamos la esperanza de que más personas se sumaran a la charla conforme la noche avanzaba. Basta saber que yo estaba más que complacido con su compañía.

Es en este punto cuando me doy cuenta que estoy dentro de un sueño. Adquirir consciencia de ello es inexplicable pues las pistas están siempre presentes y nunca son sutiles; a veces el cielo es de color verde o tenemos la capacidad de comunicarnos con los animales o volamos. Siempre incapaces de tomar acciones por estar sujetos a reglas no dichas. En este particular, Óscar y Ella no se conocen y su confiada camaradería, aunque probable, nunca ha sucedido.
Le dije a Ella que estaba soñando y no había otra explicación.
Me observó por largo tiempo y me dijo que mirara detrás de mi. Al hacerlo vi a mi compañera semi acostada en el sillón donde estaba hace unos segundos, justo en la pose que mantenía cuando Óscar custodiaba la puerta.
Si estuvieras en un sueño, dijo, ¿qué te gustaría hacer?
Entender qué está pasando. No me interesa ya componer las cosas. Sólo quiero dejar de preguntármelo todo el tiempo.
Mi interlocutora, posando la mano en mi pierna apoyada en la mesa de centro, dirigió unas palabras a quien yacía acostada: "Tienen que venir con nosotros a Veracruz".

II.

Me encontré al borde de una cama en una recámara donde nunca había estado. Las ventanas sin cortinas me permitían ver la totalidad de un patio interior donde la mujer con quien llegué la noche anterior y otras personas parecían estar pasando un buen rato. Era aproximadamente medio día. El sentimiento de recién haber despertado me sugería que había abusado del alcohol toda la noche y la insoportable humedad hizo que me preguntara por un momento si en realidad me encontraba ya en la ciudad porteña.
A la puerta apareció el último rostro que recordaba de la extinta fiesta. Le acompañaba ese hálito de mujer bella inalcanzable y, con un movimiento que más semejó descender de una nube, tomó asiento a mi lado. Dice ya no fumar pues ha reemplazado ese vicio por la comida, pero no vaciló en aceptar el fuego que ofrecí con el brazo extendido sin mirarle: Un movimiento que he visto en tantas películas clásicas y que siempre me pareció de mucha clase. Con las primeras bocanadas me dio la bienvenida al nuevo día advirtiéndome ser prudente con lo que estaba mirando.

Anoche no viste cuando llegaron los otros, me dijo. La bruma en mi cabeza no daba oportunidad para recapitular. Así que la dejé hablar. Encendí un cigarro y le miré arqueando las cejas.
-Trajo a sus amigos, ¿sabes?
Con razón no conseguía ponerle nombre a los rostros en el patio.
No deberías verla desde aquí, exclamó Ella -ahora acostada en la cama arrojando aros de humo-. No le des el gusto.
Es fácil fascinarse por los problemas de otras parejas. Todos creemos tener la solución y entregamos todos los consejos que nunca aplicamos. Sé que yo lo he hecho y por eso debo estar vacunado a las opiniones de los demás. No por que no me importe. Sino por que he visto a gente muy querida sucumbir a las peores humillaciones con tal de mantener el estatus a pesar de las advertencias.
Ahora es tiempo para que otros rían. Pero nadie lo hace.
Recuerdas que estamos en un sueño, ¿cierto? ¿Por qué no despiertas y ya? -dijo-.
No. Afuera la cosa es peor: allá aún no entiendo y sé que de alguna manera tendré que sanar desde aquí.
Ofreció contarme lo sucedido la noche anterior.
Encendí otro cigarro: Soy todo oídos.

domingo, 18 de marzo de 2018

Ayuda, pidió la puta.

De pronto había una puta parada a mitad de la sala.

El sábado empezó un poco más tarde que de costumbre. Aproveché la oportunidad para dormir más y compensar el sueño que me debo desde hace una semana: malas decisiones acompañadas de peor suerte me han arrojado al declive de moralidad y deterioro físico.

¿Pero qué chingados hacía una puta a mitad de la sala a las siete de la mañana del domingo?

Mi situación actual, si bien no es secreta, tampoco ha sido debidamente ventilada. Baste por ahora decir que tengo más tiempo en mis manos para disponer como mejor me venga en gana. Cosa errada de facto. Ni el tiempo nos pertenece, ni las excusas serán suficientes para castigarnos. Así sea en un nivel de inconsciencia sólo iluminado por el número de crudas que llevo curándome los últimos tres meses.

Sus ojos inyectados reflejaban el miedo que inundó la habitación como un suspiro. Por un momento nadie supo cómo actuar.

En cuanto el sol cayó, Pepe y yo fuimos a hacer las diligencias necesarias para que nada hiciera falta, por lo menos, durante el primer tercio de la reunión.
Uno nunca sabe cómo van a terminar las cosas; quién quedará enemistado con quién -si se derramará o no sangre-, o cuántas nuevas amistades emergerán del humo y el mal aliento.
Soy un firme creyente del estoicismo como forma de socializar. No me aseguro glorias y me limito a responder lo que se me cuestione.
Poco a poco se fueron sumando adeptos al largo tablón de madera dispuesto a mitad del patio. Viandas, alcohol y tabaco cual si de un festín para personas más ilustres se hubiere dispuesto.
Pasaron las horas con sus sinsabores y altibajos. Insultos como manera más honesta de aceptación; llanto provocado quién sabe por qué musa de la desgracia. Ustedes conocen mejor que nadie la pintura que va adquiriendo forma a manera que avanza la noche. La mañana.
No es raro que en esta casa yo me quede al final. No por terca resistencia. Sino por que hace mucho tiempo aprendí a mesurar mis malas decisiones y que éstas no sean mayores a las inmediatamente tomadas. Yo no conduzco ebrio. Si tengo la oportunidad, me apropio un rincón de la sala y cierro los ojos esperando que cuando los abra todos se hayan ido y me quede solo para cargar mi cruz.

Pero cuando los abrí había una puta parada frente a mi.

A las siete de la mañana, certeros golpes en la puerta principal me espantaron el sueño.Meta que no conseguí del todo en las casi dos horas que llevaba acostado.
Desde mi perspectiva, me bastó girar un poco la cabeza para entrever un vestido floreado y una cabellera rojiza a través de las cortinas de la ventana. El sonido de sandalias atravesando la sala me puso un poco en alerta: no es la primera vez que era despertado por algún familiar de mi anfitrión que iba a ver cómo amanecimos. Entre tinieblas distinguí una sombra que atravesó el umbral dando tumbos y se colocó a dos pasos de mi. Toda la bruma desapareció cuando tres gritos recorrieron mi espina: ¡Quién eres!, ¡Qué haces aquí!, ¡Qué quieres!

Una pinche puta con un vestido floreado entallado hasta los huesos y una cabellera más anaranjada que rojiza destrozada por la noche que de algún modo le arrojó este sitio: la sala que yo había hecho mi refugio.
Me puse de pie diciéndole que no la conozco. Sus ojos recorrían las paredes y se deslizaban al piso de madera donde, una vez contado tres pares de pies más que los suyos, los elevó a la altura de mi pecho. "Ayuda" -balbuceó- acartonada la piel y desprendiendo pánico por cada poro. Con más miedo y asco que determinación, le puse la mano en el hombro para mostrarle la salida. Pepe salió de su cuarto hecho un signo de interrogación y a empujones la sacó al patio. Aquella figura no sabía dónde estaba; tenía la marca de la muerte encima y por un segundo nos habrá confundido esta casa con el purgatorio. En tres segundos estuvo otra vez en la calle. Cruzando miradas, Pepe y yo nos reclamamos qué chingados. No hubo espacio para buscar al buen católico en nosotros. Los tiempos no están para tender la mano cuando a duras penas podemos mantenernos en pie.

Después de eso no intenté dormir otra vez. El patio parecía un sitio en abandono decadente y decidí que lo mejor a esa hora sería empezar a recoger los escombros de una noche que me escaparía a la memoria si no fuera por el miedo que aún sentía. Principalmente quería estar visible para que aquella invasora no se atreviera a cruzar la puerta otra vez.

En el largo tablón de madera donde pocas horas antes hubo una veintena de amigos animados a arreglar el mundo, aún quedaban cervezas sin destapar; cigarros a medio apagar y la estela de la derrota.

No me fui del lugar sino hasta que el sitio tuvo mejor pinta. Con dos tazas de café encima, huí del refugio improvisado para guardarme en rincones conocidos más seguros.

sábado, 26 de noviembre de 2016

¿Por qué Gabriel?

He cargado ¡Canta, herida! en la mochila desde que me lo obsequiaron en mi cumpleaños. De eso hace dos meses ya y, desde que lo terminé (unas tres horas después) lo saco a diario para leer exclusivamente la última frase del segundo cuento. Es tan maravillosa que no dudaría en tatuármela. Si los tatuajes fueran lo mío.
-¿Por qué a Gabriel?- Me pregunto de inmediato cuando me solicitan alguna recomendación de lectura: en automático lo suelto como si fuera yo un experto. No lo soy. Creo que lo que a sus lectores nos sucede es que lo sentimos inmediato. Como si fuera un viejo amigo más de la cuadra en la que crecimos.
Utilizando ese recurso, me es más sencillo explicarlo: Verán. Cuando añoramos a los compañeros de la infancia difícilmente atinamos sus apellidos. A menos, claro, que coincidentemente fueran compañeros de la escuela. Pero, hacia quienes descubrieron la calle con nosotros sólo destinamos o el apodo, o la habilidad que le distinguía; ya fuera el mejor con el balón en los pies o el que con mayor agilidad sorteaba los tubos de drenaje expuestos en el baldío en aquel juego secreto de la muerte que desaparecía apenas se enteraba alguno de los padres y mandaba clausurar el paso. Ahí está Gabriel. La suya no es una habilidad recién descubierta. Él es escritor de toda la vida y nosotros apenas lo hallamos. En mi caso, lo encontré hace unos diez años ya, cuando era un reconocido blogger. Desde entonces he confirmado con amigos que indirectamente han sido atraídos por él (específicamente en el taller que impartía hace un par de años) las cualidades de un personaje distinto.
Nota intermedia: Pijamas de madera es el mejor cuento del conjunto, para mí. Es fantasía y realidad encontradas en una horrenda actualidad urbana.
Así explico mi proclividad a recomendarlo aún habiéndome perdido sus escritos de Demonio perfecto (no lo hallo en ningún lado). He caído en otros de sus cuentos compartidos en el mundo virtual. En inserciones en revistas y periódicos. Un día, incluso, leyendo la parte trasera de un diario en manos de la persona que bebía café frente a mí, distinguí el estilo e, interrumpiendo la lectura del dueño del papel, le pregunté si era Gabriel el autor del cuento (que no distinguía por el doblez del papel) –Sí- respondió a secas y ambos nos sumergimos de nuevo en el silencio.
Incluso en esos desayunos incómodos aparece Gabriel. Una vez le dije que le bajara de huevos a su desmadre, que ya me salía hasta en la sopa. Fue justo ese día.
Último interludio: Lunarejo y Nuestros tatuajes están envejeciendo, me parecen los escritos más débiles. El primero, por lo complicado que fue ubicar el contexto aún cuando se dejaban párrafos en el camino y, el segundo, porque no sabes escribir como niña.
Y aquí concluyo. Si algo ha sabido hacer este escritor, es ser contemporáneo. Existen ganadores de premios a raudales que son inalcanzables. Pero él consigue intimidad con sus lectores; les responde los comentarios, los pendejea, le dice que no vean películas de tal director (¡madre mía, le gusta Woody Allen con todo y sus escándalos!), nos sigue en redes sociales. Conoce el impacto que entrega y, encima de todo, es humilde el muy chingón.
Sea o no tu cumpleaños (hayas o no quemado ese boleto de Radiohead) Felicidades, wei.

PD: Hace un mes, la encargada de la biblioteca en mi escuela me invitó a crear un círculo de lectura. Anexo a la invitación, solicitaban que entregara una lista de libros que me gustaría encargar. Probablemente la ESIA Zacatenco tenga en sus anaqueles tu libro de cuentos más reciente junto a unos Moby dicks.

Para los má curiosos: este es su blog.
Pueden comprar su más reciente libro haciendo clic aquí.

sábado, 17 de septiembre de 2016

Cómo mejorar "Ready player One".

Estoy listo para hacer una mejora considerable al casting que se ha elegido para la versión cinematográfica de "Ready Player One". Trataré de no revelar nada de la trama pero, por lo que se deja ver hasta ahora, parece que le quedarán muchísimo a deber a la historia.

Protagonistas:

James Donovan Halliday. Multimillonario en el otoño de su vida. Su mayor logro consiste en la invención de la última consola de videojuegos que jamás se necesitará: un sistema de inmersión de realidad virtual tan poderoso que consigue borrar la linea entre la realidad y los algoritmos programados frente a los ojos de los usuarios. Dentro de este sistema, una generación completa de la humanidad se ha desarrollado; conceptos intangibles como la educación o el comercio han cambiado para siempre.
El casting llamó a Mark Rylace (izquierda). Lo detesto. Creo que con "Puente de espías" consiguió el premio de la academia para el que menos esfuerzo se ha puesto en toda la historia y su llamado obedece más a la deuda que tiene con S. Spielberg por haberle dado papel secundario en la película mencionada.
Yo propondría un tipo que, con 61 años (para el momento en que la película saliera al mundo) imprimiría no sólo una mejor actuación, sino que no necesitaría vendernos la idea del "genio loco" que el papel necesita: Steve Buscemi (derecha).

Ogden "Og" Morrow. Es el co-creador del sistema virtual. El complemento de Halliday. El libro los muestra como una versión de Lennon/McCartney o Jobs/Wozniak para el mundo de los videojuegos.
El casting señala a Simon Pegg (izquierda). Nada contra él. En realidad, es gracias a su participación que las nuevas películas de Star Trek no son un fiasco total.
Pero me gustaría, considerando la personalidad de Buscemi, a un actor más entrañable. ¿Y quién es más opuesto a Buscemi que Bill Murray (derecha)? Sería la opción correcta.

Wade Watts/"Parzival". Wade, el protagonista. El héroe. Estereotipo del nerd que tiene una trágica historia familiar. Necesariamente debe ser un niño poco agraciado y obeso. Por el contrario, su avatar, "Parzival" en el mundo virtual sí debe ser un tipo apuesto. Es necesario que se haga un casting doble para él. La producción eligió a Tye sheridan (...) No tengo datos para hablar de él.

Propongo a Riley Griffiths (izquierda), el novel aspirante a director en la película Super 8, ¿lo recuerdan? Es rellenito, tiene la pinta del chico que siempre está comiendo doritos y lo mejor: cumple con la edad según el libro. Punto.
Su versión virtual podría ser el mismo Tye Sheridan, ¿pero qué les parecería Kit Harrington (derecha)? ¡El mismísimo Jon Snow pateando traseros virtuales asistido con la mayor cantidad de armamento desde Neo en la escena del asalto al edificio de gobierno en Matrix! Voto por ellos.
"Aech". El mejor amigo de Wade. Al igual que él, se trata de un casting doble: versión real y virtual. Voy a elegir sólo la versión virtual por que la real sería un horrendo spoiler para cualquiera que no haya leído la novela, se enganche y, para su desgracia, haya leído ésto. Así que, para "Aech", escojo a Josh Hartnett. En el libro se trata del usuario más letal en los torneos de batalla. Nadie lo quiere enfretar por que es una estrella, una celebridad. Ha hecho de las peleas un negocio muy redituable.
¡Necesitamos a Josh de regreso con un buen papel!
El casting ni siquiera menciona al personaje. Lo cual es muy preocupante debido al peso que tiene en la trama. O tal vez no quieren hacer un gran spoiler como incluso yo trato de evitar.

"Art3mis". Chica de 20 años. Súperpopular en la red y una de las jugadoras top. Tiene una relevancia importantísima en la trama. Llamaron a Olivia Cook (izquierda). No la conozco. Pero leo que es inglesa. Sería un error llamar a una chica inglesa para el papel de una canadiense.
Así que mi propuesta es Genevieve Buechner (derecha). Tiene un rostro poco común y creo que encaja mejor con el personaje. A diferencia de Cook, sí es de Canadá. Sería un acierto llamar a gente de la misma nacionalidad que en la obra escrita.

Nolan Sorrento/IOI-655321. El odiado antagonista. En el libro hace cosas detestables que obligan a guardar un rencor vivo contra él y su avatar en la realidad alterna.
Creo que sería un error llamar a Ben Mendelsohn (izquierda). Si no lo ubican, tal vez lo recuerden como Daggett de "Batman: The dark knight rises" siendo borrado de la faz de la tierra por Bane con la gran linea:
-Daggett: Don't leave, I'm in charge
-Bane: (colocando suavemente el dorso de su mano en el hombro de Ben) "Do you feel in charge?"
-Daggett: I've paid you a small fortune
-Bane: And this gives you power over me?
Jamás volvimos a escuchar de él.
Además, es australiano. Si bien en el libro no se define la nacionalidad de Sorrento, creo que sería una puntada colocar a un freak de los videojuegos que, además, necesita un papel antagónico grande: Wil Wheaton (derecha).

La historia lo ubica como un genio en programación apenas un poco mayor que Wade. Nolan Sorrento es la cabeza visible de una corporación fascista que busca el control de la realidad virtual. Wil haría un gran papel. Sería un lindo detalle pues incluso es mencionado en la misma novela como presidente de los derechos de los usuarios. ¡Y es reelecto!

Ahí está, pues, mi propuesta.
Ojalá me equivoque y el casting haga un digno papel. Todavía hay un problema del que no me animaría a escribir por temor a arruinar la trama. Pero, solo diré que, para los alcances de la imaginación, no hay superproducción que baste.
(pero, aquí entre nos, se trata de un relajo de Copyrights que simplemente no consumarían la historia como merece)

Quiero aclarar que no he leído el libro. No lo poseo. Lo que hice fue escuchar la versión en audio narrada por el mencionado Wil Wheaton. Se trata de quince horas que no se sienten pesadas.
Pueden descargar el audiolibro (215 mb)  clic derecho y "guardar vículo como..." aquí (actualizado 23/10/2017).

martes, 15 de diciembre de 2015

Algún día volverán

Presten sus libros con un adiós.

Uno de los regalos de cumpleaños que más recuerdo es una edición de La Divina Comedia. Ya saben, la que tiene texto en la mitad de la página y, en el resto, las obligadas notas de referencia que hacen la lectura poquito menos compleja. Lo especial de este libro es que me fue obsequiado en sustitución de otro que presté y nunca volvió. Por su puesto se trataba del mismo título, aunque diferente edición.
Aquella que inocentemente procuré era singular: poseía un olor característico jamás percibido en ningún otro tipo de papel. El interior era aún más notable; se trataba de una versión en castellano directamente traducido del latín, no en prosa, sino en los tercetos como Dante originalmente plasmó sus cantos. Aquí el logro del traductor consistió en forzar los endecasílabos al español. Una joya.
Dicho libro fue adquirido en alguna tienda esotérica ubicada en algún callejón perdido de San Luis Potosí, a escasos metros de la otrora vivienda del poeta Manuel José Othón. A San Luis fui con mi hermana, mi padre y la hija que él tuvo con su segunda esposa. Fue travesía de reencuentro y reconocimiento. Un lindo fin de semana en el que Elena y yo quedamos maravillados de conocer a la infante media hermana que se la pasaba preguntándonos si "estábamos felices". Lindura de niña.
El recuerdo de un libro me llevó hasta allá. A otra ciudad, a otro tiempo en que parecía que todos podíamos frecuentarnos más y, gracias a mi media hermana, poner un filtro de inocencia a las muy complicadas relaciones familiares cuando ocurren eventos de separación y se establece tierra de por medio.
Bueno, aquel fue el libro que presté y me perdieron.
Tal vez la persona a la que le di mi Divina Comedia en algún momento recibió toda esta queja y ello le obligó a reponerme la pérdida. También es probable  mi hermana, que en ese entonces era muy amiga suya, se lo platicara en la cafetería de la escuela. Sospecho que se enterará leyendo ésto.

Años antes de que sintiera alguna pasión por las historias que acompañan a los libros, mi padrino de primera comunión me perdió uno de los mejores ejemplares que jamás hayan pasado por mis manos. Al menos eso pensaba entonces, con once años cumplidos. Se trataba de "El gran libro de lo Asombroso e Inaudito" (imagen) Inconseguible en la actualidad a menos que se disponga a gastar un mínimo de diez salarios mínimos con los revendedores en internet. Deleznable actividad que salpica a la cultura.
El libro también fue sustituido pero, a diferencia de la Divina Comedia, no renació en otra edición pues, como mencioné, se trataba de uno inconseguible y mercado libre no se inventaría hasta muchos años después. A manera de disculpa recibí "La muerte de Superman", el cómic que me alejó temporalmente del manga japonés y me acercó al universo de DC donde incluso el mismísimo Hombre de Acero podía ser abatido a punta de madrazos cortesía de Doomsday.
Muchos años después, con todo el conocimiento de la literatura basura que yo consideraba inútil, conocería a una persona que me confirmaría lo contrario. Y aquí entró en juego el azar en su máxima expresión: La primera vez que lo vi, llevaba bajo el brazo precisamente el libro al que hago mención. De manera jocosa (aunque tal vez él lo tomó a mal viniendo de un completo extraño) le señalé que ése era mi libro y le conté toda la historia que terminó con ambos admitiendo que Doomsday era mucha pieza para el hijo de Kriptón.
Esto pareció bastar para que me invitara a una fiesta la noche de ese mismo día. Accedí porque, uno, él era de trato afable y, dos, algo me decía que había más de lo que dejaba ver.
Fuimos, pues, rumbo a la dichosa fiesta convenientemente cercana a mi casa. Lo primero que noté fue que mucha gente que yo había visto antes, en otras fiestas, otros bares, otros contextos, le cerraban el paso para saludarlo y abrazarlo. En ningún momento se detuvo a presentarme a persona alguna. Ni alcanzar una cerveza para que yo pudiera emprender un primer reconocimiento por el sitio. En cambio se perdió entre la masa de ebrios sólo para emerger instantes después acompañado de una pareja. Le emocionaba presentármelos por que, aparentemente, teníamos mucho en común. La pareja resultó ser mi hermana y su novio. Desde entonces somos entrañables amigos de innumerables pedas y soundtracks infinitos. Aunque creo que nunca hemos redimensionado cómo empezó todo. De hecho, nunca volvimos a mencionar el mentado libro de lo Asombroso e Inaudito.

Un tercer momento se desarrolla en derredor de Julio Cortázar. Quien parece estar siempre de moda. Fue en alguna borrachera donde yo jugaba de local, que un amigo tomó de mi librero un ejemplar de "La isla a medio día" y, sin mediar palabra, se lo embolsó.
Les diré cuál es el pinche detalle con ese libro: resulta que fue mi primer premio literario de la vida.
El símbolo del momento en el que alguien pensó, "oye, tú, puberto de trece años de edad, el jurado decidió que tu cuento sobre el gato que nunca aprendió a maullar fue el mejor y por ello mereces este paquete de cinco libros de cuentos para que sigas escribiendo."
Tal vez debió el jurado anotarme en la tapa de cada ejemplar "¡Por tu madre, no los prestes!"

Si la vida fuera justa, debería escribir una segunda parte a este texto haciendo un repaso a cada uno de los libros que poseo y cuyos dueños legítimos están a la espera de que termine de leerlos, se acuerden a quién se lo prestaron o, a que yo me digne a reconocer que soy el producto de malas experiencias y mi precaria condición humana me ha convertido en guardián de lo ajeno.

O tal vez algún día yo también recupere los míos.

domingo, 30 de agosto de 2015

Veinte años de La Barranca

Anoche asistí al Libélula Sound Station para presenciar a La Barranca en el cierre de su gira por veinte años de carrera musical. La siguiente no es una reseña, sino el conjunto de sentimientos que me atacaron al verlos en vivo después de casi tres lustros.
Que la mía sea considerada sólo una aportación. No intento polemizar. Mis ideas están fijas y poco o nada podría hacerme cambiar de opinión.

Adjunto el setlist de ayer:
Qué distante aquella alineación del Vive Latino 2001 con Otaola y sus rastas y los hermanos Arreola acompañando a José Manuel Aguilera en un viaje por las ruinas olmecas, la filosofía tolteca y la búsqueda de lo que nos hayan dejado de peyote en este mundo sin esperanzas.
La Barranca no es un grupo consolidado desde el punto de vista comercial más elemental. Se trata, en cambio, de una idea impregnada en el rock nacional que ha sido recultivada por nuevas generaciones bajo el mando del fuego primigenio:  José Manuel.
Aguilera tiene los años encima, el golpe de verlo pararse a escasos cinco metros de la mesa que compartí con mi esposa, me despertó de un sueño al que él mismo me había sumergido catorce años atrás: el cabello escaso, la sonrisa pesada, los párpados en clamor de piedad que nuestros aplausos y entusiasmo no les otorgan.
Son veinte años de entregar discos sin puntos débiles. No existe parangón -al menos no en la escena del rock mexicano contemporáneo- para esta banda de perfeccionistas.
Voy a permitirme hacer una comparación con dos grupos estimados internacionalmente.
Comparemos a La Barranca, primero, con Pink Floyd (guardando toda proporción para los de piel más delgada) en el tenor de echar luz sobre Roger Waters, bajista de la banda londinense. Considerémosle la pieza central conforme pasaron los años. Roger pasó de ser el músico menos apreciado en una alineación que incluía dos genios en potencia (Barret y Gilmour) al motor que hizo de esta banda de rock progresivo* en una máquina impresionante generadora de ingresos a escala global: Roger, el motor.
Ahora, llamo su atención hacia otro músico inglés, éste sí, un genio desbordado que se manifestó a través del grupo de rock -más- progresivo, King Crimson. El también inglés Robert Fripp, incansable estudioso de los instrumentos de cuerda y al que llamaremos el corazón del grupo: Rob, el corazón. Tanto King Crimson como Pink Floyd han sido escaparate para cantidad de músicos que tienen un paso -en su mayoría- efímero y sirven de alimento para esos monstruos. Pink Floyd, King Crimson y la Barranca son, en este sentido, ideas que han permanecido y sobreviven a todos exceptuando a los incondicionales: Roger, el motor; Rob, el corazón y, permítanme tomar la licencia que advertí al inicio de mi analogía, José Manuel, la combinación de ambos: motor y corazón. El fuego primigenio.
La Barranca nos sobrevivirá. Trascenderá la música y será piedra de toque para cualquier iniciado en la inclusión de folklor mexicano y latinoamericano en sus ritmos musicales.
No merece este grupo reconocimiento comercial. No necesitan los reflectores mundiales. Lo que han conseguido en veinte años es colocarse entre la pléyade de artistas de calidad que tocarán los acordes finales durante el juicio divino. Eso no lo ha conseguido nadie aún. No para mi.

*Rock Progresivo: básicamente todo el rock que es muy elaborado y no suena a AC/DC es rock progresivo. Es más difícil de digerir y no es por ello malo en sentido alguno. Bandas de referencia inmediata: King Crimson, Captain Beefheart, Frank Zappa, Emerson Lake & Palmer, Yes, Pink Floyd, KTU, Cabezas de cera, Los Jaivas.

Inicio: Óscar y Ella.

Las siguientes lineas se componen de extractos de mi vaga memoria a corto plazo. Son las piezas que conforman un sueño reciente. Conocido e...