martes, 15 de diciembre de 2015

Algún día volverán

Presten sus libros con un adiós.

Uno de los regalos de cumpleaños que más recuerdo es una edición de La Divina Comedia. Ya saben, la que tiene texto en la mitad de la página y, en el resto, las obligadas notas de referencia que hacen la lectura poquito menos compleja. Lo especial de este libro es que me fue obsequiado en sustitución de otro que presté y nunca volvió. Por su puesto se trataba del mismo título, aunque diferente edición.
Aquella que inocentemente procuré era singular: poseía un olor característico jamás percibido en ningún otro tipo de papel. El interior era aún más notable; se trataba de una versión en castellano directamente traducido del latín, no en prosa, sino en los tercetos como Dante originalmente plasmó sus cantos. Aquí el logro del traductor consistió en forzar los endecasílabos al español. Una joya.
Dicho libro fue adquirido en alguna tienda esotérica ubicada en algún callejón perdido de San Luis Potosí, a escasos metros de la otrora vivienda del poeta Manuel José Othón. A San Luis fui con mi hermana, mi padre y la hija que él tuvo con su segunda esposa. Fue travesía de reencuentro y reconocimiento. Un lindo fin de semana en el que Elena y yo quedamos maravillados de conocer a la infante media hermana que se la pasaba preguntándonos si "estábamos felices". Lindura de niña.
El recuerdo de un libro me llevó hasta allá. A otra ciudad, a otro tiempo en que parecía que todos podíamos frecuentarnos más y, gracias a mi media hermana, poner un filtro de inocencia a las muy complicadas relaciones familiares cuando ocurren eventos de separación y se establece tierra de por medio.
Bueno, aquel fue el libro que presté y me perdieron.
Tal vez la persona a la que le di mi Divina Comedia en algún momento recibió toda esta queja y ello le obligó a reponerme la pérdida. También es probable  mi hermana, que en ese entonces era muy amiga suya, se lo platicara en la cafetería de la escuela. Sospecho que se enterará leyendo ésto.

Años antes de que sintiera alguna pasión por las historias que acompañan a los libros, mi padrino de primera comunión me perdió uno de los mejores ejemplares que jamás hayan pasado por mis manos. Al menos eso pensaba entonces, con once años cumplidos. Se trataba de "El gran libro de lo Asombroso e Inaudito" (imagen) Inconseguible en la actualidad a menos que se disponga a gastar un mínimo de diez salarios mínimos con los revendedores en internet. Deleznable actividad que salpica a la cultura.
El libro también fue sustituido pero, a diferencia de la Divina Comedia, no renació en otra edición pues, como mencioné, se trataba de uno inconseguible y mercado libre no se inventaría hasta muchos años después. A manera de disculpa recibí "La muerte de Superman", el cómic que me alejó temporalmente del manga japonés y me acercó al universo de DC donde incluso el mismísimo Hombre de Acero podía ser abatido a punta de madrazos cortesía de Doomsday.
Muchos años después, con todo el conocimiento de la literatura basura que yo consideraba inútil, conocería a una persona que me confirmaría lo contrario. Y aquí entró en juego el azar en su máxima expresión: La primera vez que lo vi, llevaba bajo el brazo precisamente el libro al que hago mención. De manera jocosa (aunque tal vez él lo tomó a mal viniendo de un completo extraño) le señalé que ése era mi libro y le conté toda la historia que terminó con ambos admitiendo que Doomsday era mucha pieza para el hijo de Kriptón.
Esto pareció bastar para que me invitara a una fiesta la noche de ese mismo día. Accedí porque, uno, él era de trato afable y, dos, algo me decía que había más de lo que dejaba ver.
Fuimos, pues, rumbo a la dichosa fiesta convenientemente cercana a mi casa. Lo primero que noté fue que mucha gente que yo había visto antes, en otras fiestas, otros bares, otros contextos, le cerraban el paso para saludarlo y abrazarlo. En ningún momento se detuvo a presentarme a persona alguna. Ni alcanzar una cerveza para que yo pudiera emprender un primer reconocimiento por el sitio. En cambio se perdió entre la masa de ebrios sólo para emerger instantes después acompañado de una pareja. Le emocionaba presentármelos por que, aparentemente, teníamos mucho en común. La pareja resultó ser mi hermana y su novio. Desde entonces somos entrañables amigos de innumerables pedas y soundtracks infinitos. Aunque creo que nunca hemos redimensionado cómo empezó todo. De hecho, nunca volvimos a mencionar el mentado libro de lo Asombroso e Inaudito.

Un tercer momento se desarrolla en derredor de Julio Cortázar. Quien parece estar siempre de moda. Fue en alguna borrachera donde yo jugaba de local, que un amigo tomó de mi librero un ejemplar de "La isla a medio día" y, sin mediar palabra, se lo embolsó.
Les diré cuál es el pinche detalle con ese libro: resulta que fue mi primer premio literario de la vida.
El símbolo del momento en el que alguien pensó, "oye, tú, puberto de trece años de edad, el jurado decidió que tu cuento sobre el gato que nunca aprendió a maullar fue el mejor y por ello mereces este paquete de cinco libros de cuentos para que sigas escribiendo."
Tal vez debió el jurado anotarme en la tapa de cada ejemplar "¡Por tu madre, no los prestes!"

Si la vida fuera justa, debería escribir una segunda parte a este texto haciendo un repaso a cada uno de los libros que poseo y cuyos dueños legítimos están a la espera de que termine de leerlos, se acuerden a quién se lo prestaron o, a que yo me digne a reconocer que soy el producto de malas experiencias y mi precaria condición humana me ha convertido en guardián de lo ajeno.

O tal vez algún día yo también recupere los míos.