martes, 15 de diciembre de 2015

Algún día volverán

Presten sus libros con un adiós.

Uno de los regalos de cumpleaños que más recuerdo es una edición de La Divina Comedia. Ya saben, la que tiene texto en la mitad de la página y, en el resto, las obligadas notas de referencia que hacen la lectura poquito menos compleja. Lo especial de este libro es que me fue obsequiado en sustitución de otro que presté y nunca volvió. Por su puesto se trataba del mismo título, aunque diferente edición.
Aquella que inocentemente procuré era singular: poseía un olor característico jamás percibido en ningún otro tipo de papel. El interior era aún más notable; se trataba de una versión en castellano directamente traducido del latín, no en prosa, sino en los tercetos como Dante originalmente plasmó sus cantos. Aquí el logro del traductor consistió en forzar los endecasílabos al español. Una joya.
Dicho libro fue adquirido en alguna tienda esotérica ubicada en algún callejón perdido de San Luis Potosí, a escasos metros de la otrora vivienda del poeta Manuel José Othón. A San Luis fui con mi hermana, mi padre y la hija que él tuvo con su segunda esposa. Fue travesía de reencuentro y reconocimiento. Un lindo fin de semana en el que Elena y yo quedamos maravillados de conocer a la infante media hermana que se la pasaba preguntándonos si "estábamos felices". Lindura de niña.
El recuerdo de un libro me llevó hasta allá. A otra ciudad, a otro tiempo en que parecía que todos podíamos frecuentarnos más y, gracias a mi media hermana, poner un filtro de inocencia a las muy complicadas relaciones familiares cuando ocurren eventos de separación y se establece tierra de por medio.
Bueno, aquel fue el libro que presté y me perdieron.
Tal vez la persona a la que le di mi Divina Comedia en algún momento recibió toda esta queja y ello le obligó a reponerme la pérdida. También es probable  mi hermana, que en ese entonces era muy amiga suya, se lo platicara en la cafetería de la escuela. Sospecho que se enterará leyendo ésto.

Años antes de que sintiera alguna pasión por las historias que acompañan a los libros, mi padrino de primera comunión me perdió uno de los mejores ejemplares que jamás hayan pasado por mis manos. Al menos eso pensaba entonces, con once años cumplidos. Se trataba de "El gran libro de lo Asombroso e Inaudito" (imagen) Inconseguible en la actualidad a menos que se disponga a gastar un mínimo de diez salarios mínimos con los revendedores en internet. Deleznable actividad que salpica a la cultura.
El libro también fue sustituido pero, a diferencia de la Divina Comedia, no renació en otra edición pues, como mencioné, se trataba de uno inconseguible y mercado libre no se inventaría hasta muchos años después. A manera de disculpa recibí "La muerte de Superman", el cómic que me alejó temporalmente del manga japonés y me acercó al universo de DC donde incluso el mismísimo Hombre de Acero podía ser abatido a punta de madrazos cortesía de Doomsday.
Muchos años después, con todo el conocimiento de la literatura basura que yo consideraba inútil, conocería a una persona que me confirmaría lo contrario. Y aquí entró en juego el azar en su máxima expresión: La primera vez que lo vi, llevaba bajo el brazo precisamente el libro al que hago mención. De manera jocosa (aunque tal vez él lo tomó a mal viniendo de un completo extraño) le señalé que ése era mi libro y le conté toda la historia que terminó con ambos admitiendo que Doomsday era mucha pieza para el hijo de Kriptón.
Esto pareció bastar para que me invitara a una fiesta la noche de ese mismo día. Accedí porque, uno, él era de trato afable y, dos, algo me decía que había más de lo que dejaba ver.
Fuimos, pues, rumbo a la dichosa fiesta convenientemente cercana a mi casa. Lo primero que noté fue que mucha gente que yo había visto antes, en otras fiestas, otros bares, otros contextos, le cerraban el paso para saludarlo y abrazarlo. En ningún momento se detuvo a presentarme a persona alguna. Ni alcanzar una cerveza para que yo pudiera emprender un primer reconocimiento por el sitio. En cambio se perdió entre la masa de ebrios sólo para emerger instantes después acompañado de una pareja. Le emocionaba presentármelos por que, aparentemente, teníamos mucho en común. La pareja resultó ser mi hermana y su novio. Desde entonces somos entrañables amigos de innumerables pedas y soundtracks infinitos. Aunque creo que nunca hemos redimensionado cómo empezó todo. De hecho, nunca volvimos a mencionar el mentado libro de lo Asombroso e Inaudito.

Un tercer momento se desarrolla en derredor de Julio Cortázar. Quien parece estar siempre de moda. Fue en alguna borrachera donde yo jugaba de local, que un amigo tomó de mi librero un ejemplar de "La isla a medio día" y, sin mediar palabra, se lo embolsó.
Les diré cuál es el pinche detalle con ese libro: resulta que fue mi primer premio literario de la vida.
El símbolo del momento en el que alguien pensó, "oye, tú, puberto de trece años de edad, el jurado decidió que tu cuento sobre el gato que nunca aprendió a maullar fue el mejor y por ello mereces este paquete de cinco libros de cuentos para que sigas escribiendo."
Tal vez debió el jurado anotarme en la tapa de cada ejemplar "¡Por tu madre, no los prestes!"

Si la vida fuera justa, debería escribir una segunda parte a este texto haciendo un repaso a cada uno de los libros que poseo y cuyos dueños legítimos están a la espera de que termine de leerlos, se acuerden a quién se lo prestaron o, a que yo me digne a reconocer que soy el producto de malas experiencias y mi precaria condición humana me ha convertido en guardián de lo ajeno.

O tal vez algún día yo también recupere los míos.

domingo, 30 de agosto de 2015

Veinte años de La Barranca

Anoche asistí al Libélula Sound Station para presenciar a La Barranca en el cierre de su gira por veinte años de carrera musical. La siguiente no es una reseña, sino el conjunto de sentimientos que me atacaron al verlos en vivo después de casi tres lustros.
Que la mía sea considerada sólo una aportación. No intento polemizar. Mis ideas están fijas y poco o nada podría hacerme cambiar de opinión.

Adjunto el setlist de ayer:
Qué distante aquella alineación del Vive Latino 2001 con Otaola y sus rastas y los hermanos Arreola acompañando a José Manuel Aguilera en un viaje por las ruinas olmecas, la filosofía tolteca y la búsqueda de lo que nos hayan dejado de peyote en este mundo sin esperanzas.
La Barranca no es un grupo consolidado desde el punto de vista comercial más elemental. Se trata, en cambio, de una idea impregnada en el rock nacional que ha sido recultivada por nuevas generaciones bajo el mando del fuego primigenio:  José Manuel.
Aguilera tiene los años encima, el golpe de verlo pararse a escasos cinco metros de la mesa que compartí con mi esposa, me despertó de un sueño al que él mismo me había sumergido catorce años atrás: el cabello escaso, la sonrisa pesada, los párpados en clamor de piedad que nuestros aplausos y entusiasmo no les otorgan.
Son veinte años de entregar discos sin puntos débiles. No existe parangón -al menos no en la escena del rock mexicano contemporáneo- para esta banda de perfeccionistas.
Voy a permitirme hacer una comparación con dos grupos estimados internacionalmente.
Comparemos a La Barranca, primero, con Pink Floyd (guardando toda proporción para los de piel más delgada) en el tenor de echar luz sobre Roger Waters, bajista de la banda londinense. Considerémosle la pieza central conforme pasaron los años. Roger pasó de ser el músico menos apreciado en una alineación que incluía dos genios en potencia (Barret y Gilmour) al motor que hizo de esta banda de rock progresivo* en una máquina impresionante generadora de ingresos a escala global: Roger, el motor.
Ahora, llamo su atención hacia otro músico inglés, éste sí, un genio desbordado que se manifestó a través del grupo de rock -más- progresivo, King Crimson. El también inglés Robert Fripp, incansable estudioso de los instrumentos de cuerda y al que llamaremos el corazón del grupo: Rob, el corazón. Tanto King Crimson como Pink Floyd han sido escaparate para cantidad de músicos que tienen un paso -en su mayoría- efímero y sirven de alimento para esos monstruos. Pink Floyd, King Crimson y la Barranca son, en este sentido, ideas que han permanecido y sobreviven a todos exceptuando a los incondicionales: Roger, el motor; Rob, el corazón y, permítanme tomar la licencia que advertí al inicio de mi analogía, José Manuel, la combinación de ambos: motor y corazón. El fuego primigenio.
La Barranca nos sobrevivirá. Trascenderá la música y será piedra de toque para cualquier iniciado en la inclusión de folklor mexicano y latinoamericano en sus ritmos musicales.
No merece este grupo reconocimiento comercial. No necesitan los reflectores mundiales. Lo que han conseguido en veinte años es colocarse entre la pléyade de artistas de calidad que tocarán los acordes finales durante el juicio divino. Eso no lo ha conseguido nadie aún. No para mi.

*Rock Progresivo: básicamente todo el rock que es muy elaborado y no suena a AC/DC es rock progresivo. Es más difícil de digerir y no es por ello malo en sentido alguno. Bandas de referencia inmediata: King Crimson, Captain Beefheart, Frank Zappa, Emerson Lake & Palmer, Yes, Pink Floyd, KTU, Cabezas de cera, Los Jaivas.

martes, 14 de julio de 2015

Schizophrénie

Las condiciones actuales de mi ir y venir por este océano de casualidades me pasan de largo. Actúo en un sopor de costumbres definidas. Todo lo resumo en una palabra: pesadillas.
No se tratan, empero, de malos sueños que remiten a temores primigenios. No tengo certeza de cómo hallamos refugio de los miedos y no pretendo emprender ese viaje por ahora.
Lo que me atañe, reitero, no es producto de la imaginación: sino de recuerdos.
Para mi, un día normal empieza muy temprano y termina muy tarde. Esto es de lunes a viernes; de seis de la mañana hasta media noche. Reparto mi tiempo entre responsabilidades que afectan a muy pocas personas y, definitivamente, no marcan diferencia alguna en la vida del resto. Mis días pasarán en un suspiro, ajenos a las preocupaciones de la mayoría y, por desgracia, ajenos también a las consideraciones de mi círculo familiar inmediato.
Es mi familia la primera que no me toma en serio. No los culpo. Siendo sinceros, me sorprende que mantengan comunicación conmigo después de tantas tragedias provocadas. Quizá la palabra tragedia es demasiado. Me limitaré a llamarle "ciclos de eventos desagradables".
No es para menos. Desde que era niño fui testigo de la bonanza progresiva de las familias de mis amistades; los compañeros de la cuadra; los camaradas. Todos, sin excepción, mostraron alguna mejoría si tomamos como referencia el estoicismo socioeconómico que perduró en mi hogar. Allí, en ese compacto departamento de cincuenta metros cuadrados la vida pareció detenerse.
Yo debí tener ambiciones distintas; crecer de manera académica y profesional. Realizarme, viajar a Europa, malcriar hijos y dar todas las satisfacciones que nunca pude llevarle a mis padres. En vez de eso, me dediqué a evitar nuestro progreso al convertirme en el blanco de todas sus atenciones y un pozo sin fondo para dinero desperdiciado en terapias.
En aquellos tiempos fui el único en contra de platicarle mis cosas a un completo extraño. Un alto señor que, cada vez que mi memoria lo recupera, le ubica frente a un muro lleno de fotocopias de diplomas enmarcadas con desgano. Un intenso olor a cigarro atrapado en todos los muebles de la sala de espera siempre repleta de personas que no encajaban en sus cuerpos: Sujetos con caras de niño y brazos de anciano; señoras identificadas con sus propias hijas, quienes se sentaban junto a ellas, vistiendo las mismas prendas. Cogiéndose al mismo hombre. No era ambiente para un niño de diez años. No importa cuánto me digan que lo necesitaba y el bien que me haría.
La primera vez que me vi forzado a platicar con el señor de los diplomas le dije todo. Desde el principio sin omitir detalles. El tipo no levantó ni una ceja.
Las palabras no surtían el mismo efecto en este auto proclamado doctor que provocaban en mi madre: en la parte de la historia que ella interrumpía a gritos y manotazos, el doctor suspiraba de hastío. El pasaje con el que mi hermana de siete años casi enloquece invocó un profundo bostezo en mi escucha. Incluso el relato de la noche de los tres gigantes que a mi me entregaba escalofríos no mereció mas que un carraspeo. Esto ocurrió cada miércoles durante los siguientes siete meses. La ruina económica de mis padres tuvo como resultado que me olvidara de contar historias. Distinciones de realidad ideada, decía aquél enjuto doctor.
Han pasado veinte años sin redención. Cada fin de semana visito a mi madre para sentarme en la mesa plena de comida y cuyo objetivo consiste en evitar que nos hablemos o miremos a los ojos. Durante dos décadas olvidé aportar lo único que podía: mi realidad ideada.
Hoy mi hermana decidió cortar el pan con la noticia de la muerte de aquél psiquiatra que me ignorara durante siete meses. Fue tan abrupto como lo describo. Ni siquiera mencionó su nombre y, en realidad, creo que nunca se pronunció en casa. Se limitó a decir algo como, "Oye, ¿te acuerdas del loquero con el que te llevaban cuando éramos niños? Pues ya se murió. Me dijo Rubén."
El tal Rubén, por su puesto, es irrelevante. Pero la noticia provocó algo en mi. Despertó algo olvidado. De alguna manera, a decir por lo que he visto desde el momento que me enteré de su fallecimiento, el hechizo del doctor se esfumó con él.
Imagino que la técnica utilizada en mi problema perdió efecto en el momento que me hice consciente de que el único que nunca se impresionó con mis historias había desaparecido de este plano. Resulta obvio que el tipo llevaba muerto un rato. El tal Rubén es poco confiable con información sensible. De ahí que sea tan irrelevante.
¡Vaya, le esperan en el infierno todos los pacientes que se mataron! -dije entre risas- Mi madre estuvo a punto de soltar su primera carcajada en años cuando rematé, "yo debería estar en el grupo de bienvenida". Endureció el rostro.
Lo primero que noté fue una veloz silueta girando en la pared de la sala. Mi madre y hermana, que para contextualizar el momento, eran las únicas que estaban a la mesa conmigo, distinguieron de inmediato una mueca de decepción y se miraron en complicidad. Pasamos el resto de la comida en silencio; mi madre, mi hermana, la silueta giratoria y yo.
Lo molesto de las siluetas que giran, como deben saber, es que deforman los rostros de la gente que les da sombra. Por su puesto que tenía curiosidad de si volvería a vomitar como cuando, de niño, atestigüé a la silueta de mi madre girando y torciendo su quijada. En aquella ocasión sólo se posaban a la sombra de mi madre. Cuando esto ocurría, la deformación del rostro no se detenía con el tope natural que los husos y músculos ofrecen. La cabeza, se divide en dos hemisferios siendo los labios el ecuador. la parte superior gira en el sentido contrario que lo hace la inferior y rompe piel, músculo, nervios y hueso desparramando tanta sangre como debe existir en la zona. Tal vez cruzan un par de arterias importantes. Mientras más tiempo la vea, más rápido gira. Este relato provocaba que mi mamá, eufórica, manoteara y gritara que me callara.
Esta ocasión, la silueta se posó a la sombra de mi hermana. Tal vez por que ya es mayor de edad o por que alguna parte muy dentro de mi quiere que su cabeza se tuerza. Así que puse de lado los cubiertos y dejé de parpadear para ver cómo muy lentamente los ojos y nariz de mi hermana se deslizaban a la derecha, mientras su mentón se dirigía a la izquierda; la piel se estiró y asomó los músculos que nos permiten hacer mas de cien gestos. Su piel se rompió antes de tres cuartos de giro de cada lado y escuché tronar los huesos como si se pisara un pescuezo de pollo dentro de una bolsa de agua. La sangre cayó a la mesa y llenó su plato de comida. Ensució su vestido morado y siguió girando. Cuando cada uno de los hemisferios en que se había dividido su cráneo dio una vuelta completa y devolvió a mi hermana un aspecto más cómodo a la vista; claro, descontando esa frontera de sangre, piel viva y pellejos colgando, la silueta dejó de girar. Salió de la sombra que mi hermana proyectaba en la pared y camino con cautela hacia la sombra de mi madre. Repitió la dosis. Vi los dientes de ambas poblar la mesa. Comer se tornaba en una tarea imposible. No podía distinguir las salsas de sus fluidos y sus dientes se hacían pasar por pedazos de elote en mi mole de olla. Me apuré a comer como pude y puse rumbo a casa. No podría tolerar un minuto más de cabezas giratorias pues, cuando la silueta se aburrió de girar sus cabezas, comenzó una rutina con sus torsos. Demasiado para una comida -me dije-.
Por su puesto que no les comenté nada a ellas durante los casi cuarenta minutos que duró el espectáculo. Todo esto está en mi cabeza. Nunca supe qué lo provocaba pero aparentemente se reactivaron en el momento en que al estúpido loquero se le ocurrió colgar los tenis.
Curioso me resulta que fuera mi hermana quien me diera la noticia. Ella fue, sin duda, la más afectada con mis historias de la infancia. Se creía todo. Claro que no le iba a contar cómo pude ver con lujo de detalle anatómico la separación de sus huesos maxilofaciales. La anécdota de los rostros barridos  bastó para que me dejara de hablar el tiempo que duró mi terapia. Con el loquero en mejor vida, los patrones se están repitiendo. Me vine a encerrar a casa para escribir todo esto. Mi plan es simple: una vez que termine de redactar, imprimiré algunas copias y le pagaré a alguien para que lo lea en voz alta y que al final queme la hoja. Que lo haga con desprecio. Tratando de emular la apatía que el doctor siempre me destinó. Quemar la carta no tiene mas que la intención dramática del momento. Me parece elegante.
Así pues, vine a casa tratando de evitar contacto visual con cualquier persona. Después de las siluetas giratorias me esperan tres cosas: los rostros barridos, los tres gigantes y mi esperada muerte. Si no ejecuto mi plan, me puedo ir preparando para alcanzar al doctor en el infierno.
Los rostros barridos, o borrados, o eliminados, no son desagradables del todo. Hay mucha gente poco agraciada deambulando por las calles. Simplemente carecen de rostro. Lo que podría desesperarme un poco es el hecho de que, sin nariz y boca, no pueden acceder al delicado y preciso oxígeno para sobrevivir. Esto se traduce en un mar de gente retorciéndose en la calle en una asfixia multitudinaria. Gritos ahogados y desesperación de ciegos buscando abrirse la piel para respirar. Eventualmente todos mueren y me quedo sentado esperando a los tres gigantes. Una vez que lleguen éstos y hagan lo suyo, sólo me queda esperar la media noche para dejarme atrapar por el sueño. Toda la rutina empezará desde cero al día siguiente. Si no evito que esto suceda, me mataré. Cuando era niño tenía muy clara la manera de suicidarme. Incluso los gigantes ofrecieron su ayuda. Pero intervino mi madre para meterme a la puta terapia.
Los tres gigantes no lo son en el estricto sentido de la palabra. Mejor dicho, serían gigantes. Lo único que me ofrece esta última etapa de alucinaciones son tres cabezas de casi tres metros de altura. Tres cabezas que giran y chocan entre sí. Tres cráneos que me siguen a todos lados y a la menor descuido muerden con la intención de amputarme un miembro. Mientras escribo esto, puedo ver la silueta de una de ellas por la ventana que da al patio. Allá atrás están esperando a que me duerma antes de que se vayan a media noche. Si para mañana no consigo que alguien me ayude a leer e ignorar todo esto, voy a matarme. No concibo un día más con esta rutina. Existen quienes soportan procesos diarios más tortuosos; trabajan en oficina, educan a sus hijos. Detesto a esa gente y, especialmente, detesto su constante queja por cosas sin importancia.

Fin.

viernes, 2 de enero de 2015

Libros del 2014

Seré más disciplinado en todo lo que hago. El año pasado recuperé una actividad que, desde mis días de recién graduado, estaba abandonada: leer mucho.
No sólo leer. Eso lo hacemos todo el tiempo. En algún momento traté de explicar a mis amigos que, si sumamos el total de palabras leídas durante el día (repartidas entre anuncios espectaculares, publicaciones en facebook, noticias en periódicos, revistas o páginas web) al final de la semana habríamos terminado un libro de 300 páginas -el promedio del grueso de novelas contemporáneas-
Nuestro estilo de vida nos aleja de los objetivos y estamos siempre distraidos.
Así, pues, leer mucho. Quizá lo forcé con el absurdo propósito (pues todo propósito de año nuevo ha de ser absurdo) de terminar un libro cada semana. ¿Cincuenta y dos libros en un año? Parecía una empresa fácil. Máxime cuando tenía presente la tesis con que sermoneaba a mis amistades cada que se quejaban de no tener tiempo de leer.
Irónicamente, ése fue mi pretexto al final.
Quise hacer mucho durante el año, ¿y quién no?
En retrospectiva, creo que sí lo hice. Corrí una carrera de 5 km por vez primera. Cosa que requirió entrenamiento y me impulsó a buscar otros eventos hasta que una absurda lesión en la rodilla me apaciguara el tremendo bicho de "querer correr".
Durante el primer trimestre del año llegó la asombrosa y feliz noticia de que sería padre por segunda vez. Situación que provocó que modificara cantidad de comportamientos a riesgo de perder algunas amistades por el desgaste que dejar de frecuentarlos provoca. Por suerte hay Internet y supe de todos ellos desde una prudente distancia. Los buenos amigos siguen ahí, no solo a la espera de volverme a ver, sino felices por que mi familia crece y entienden que esto me hace inmensamente feliz.
Estas condiciones absorbieron tiempo que tuve que tomar de aquél que había destinado a la lectura masiva.

Haré un rápido recuento de los libros que pude terminar:

Balas en los ojos y El siglo de las mujeres: Novelas 1 y 2 del autor Gabriel Rodríguez Liceaga. Un escritor contemporáneo que ha sabido ganarse lectores a través de la interacción por Internet. Digamos que ya era un escritor conocido antes de que sacara su primera colección de cuentos. Para mí, un modelo a seguir.
El primer libro es "el ejercicio inicial del escritor". Donde se ponen a pruebas los alcances y se pulen las habilidades de narrador. Imposible para mí no compararlo con "Un hilito de sangre" de Eusebio Ruvalcaba, su mentor. Además de "El guardián en el centeno" de Sallinger y "En busca de Alaska", de John Green. Buen libro como ejercicio de apertura, aunque al autor le fastidie (Cuando le pregunté, me dijo que esa novela la escribió en la peda y la revisó en la cruda). Carece del enamoramiento hacia la ópera prima. El segundo libro le representa un crecimiento notorio. La prosa es elaborada aunque me parece que, más que defender el género femenino de este despiadado mundo de las letras donde las mujeres casi no se ven, se escuda en él y no lo pone en el lugar que busca como sí hiciera Carl Sagan en "Contacto", por ejemplo. Pero estoy comparándolo injustamente con uno de mis autores favoritos.

Mientras escribo de Stephen King. De inmediato lo convertí en uno de mis libros básicos. Tal vez de los mejores que leí en el año. El autor hace un recuento de sus días dejando migas de pan para el escritor en ciernes. El crecimiento viene de la mano de la persistencia. Eso es King, un narrador persistente.

Vittorio de Anne Rice. Cuando empecé a leerlo, creí que no pararía con las novelas de Rice por un tiempo. Sin embargo, no me atrapó como esperaba. La acción es buena: en los tiempos de bonanza de la casa Medici, los duelos eran a espadazos y de frente. Ahí aparece Vittorio, único sobreviviente de un crudo ataque al castillo de su familia y su incansable búsqueda de venganza contra aquella súper erótica vampiresa que me ha devuelto la fe en las pelirrojas.

Los olvidados de Jesús Guerrero. Lo leí por dos razones, compararlo con la película de Buñuel (la familia Guerrero mantiene litigio hasta la fecha por el pago de regalías argumentando que el español se basó en la novela del ex profesor del IPN) y me debía una novela de Jorge Ibargüengoitia donde se relata un México pobre y sin esperanza de mejora. Ésta entró al quite.

El evangelio según Jesucristo y Caín de José Saramago. Si tan solo la primera hubiera sido un viaje fantasioso y divertido como lo es la segunda, habría disfrutado ambas novelas. Pero quedó un sinsabor al dejarme llevar por las recomendaciones del autor sobre cómo no tomarse tan en serio al divino hijo del creador (la desmitificación de las deidades siempre se agradece) que tuve que lavar con Caín. Divertidísimo viaje en el tiempo de la primera creación del padre de Cristo que lo hace una especie de "Time cop".

Jornadas desde la Tierra de Hermann Hesse. Mi autor favorito de toda la vida merece que lo lea al menos una vez al año. Un cuento largo o novela breve, no sé cómo catalogarla. Trata de un misterioso grupo de hombres misteriosos que se dedican a revelar misterios enterrados en tierras aún más misteriosas. Es ideal para un viaje en camión de una hora.

Farenheit 451 de Ray Bradbury. Ni la portada ni el título me animaban a leerlo. Pero algo había en el nombre del autor. Algo me sonaba. Yo, que me creía un fanático de la ciencia ficción, nunca había leído nada de Ray hasta ahora -aunque sí lo tenía considerado como uno de los indispensables del género- Esta novela es el porqué: trata de un escuadrón de bomberos que van de aquí a allá quemando todos los libros que se encuentren, pues esto se ubica en el futuro y, aparentemente, los libros son un enemigo peligroso. Creo que la película "Equilibrium" (Kurt Wimmer, 2002) le debe mucho a esta obra.

El exilio rojo de varios autores alemanes radicados en México. Este libro lo regalaban si atendías una plática de Paco Ignacio Taibo II. Muestra la forma en que los extranjeros nos miran con sus ojos de primer mundo pero sin criticar, sino en son de echar la mano. Me recordó a "Vecinos distantes" de Alan Riding.

El argumento de la espada de Eusebio Ruvalcaba. Un libro que me encontré en una bodega y salvé del basurero que le destinaba. Siempre rescaten libros. Siempre. Me lo llevé feliz a casa sólo para descubrir que se trata de un poemario que ni siquiera puedo comentar pues la poesía no me gusta. Soy muy rudimentario para dejarme consentir por las letras en pos de la belleza. Lo leí más como deuda por haberlo hallado aunque no permanece verso alguno en mi mente.

Watchmen, Before Watchmen, Marvels, V for Vendetta, The Sandman de Alan Moore, Kurt Busiek y Neil Gaiman. No las considero literatura basura. Estas novelas gráficas sostienen argumentos sorprendentes. Moore es una garantía (Watchmen, V for Vendetta) las tramas son imposibles de abandonar. Mención aparte merece que en cada novela hay novelas dentro que dan soporte a la fantasía. Kurt Busiek (Marvels) fue un grato descubrimiento (lo seguí un tiempo en twitter, pero se pone borracho muy seguido y se le sale lo misógino. Así que sólo lo leeré en cómics) y Neil Gaiman (The Sandman), según dicen, es un escritor superior a Stephen King. Tendré que leer mucho sobre él para que pueda acercarme a una opinión tan aventurada.

El Psicoanalista de John Katzenbach. Primer libro que leo de este autor y creo que pasará un tiempo antes de que me anime con el segundo (que, igual que éste, me lo prestó mi hermana) que me mira paciente desde el librero. El problema con estas novelas policiacas es que parece seguir un machote de "cómo escribir una novela". Este libro va en tres partes, siendo la primera (Inducción) la más extensa y aburrida. Varias veces pensé en abandonar, pero me obligué a continuar. La segunda parte (Nudo) es harto más entretenida. Si tan solo hubiera iniciado así el argumento y después explicado los detalles al estilo de Arthur Conan Doyle, sería una obra sobresaliente. La tercera parte (desenlace) simplemente ata los cabos sueltos. Una obra sencilla que en repetidas ocasiones me hizo voltear al estante a buscar otra historia.

Inferno de Dan Brown. Me debía terminar la trilogía del profesor Langdon. El autor es un maestro del género policiaco y un aventurado del suspenso. A veces sus resoluciones son absurdas pero lo rescata una trama inteligente, fresca y actual. Aquel viaje iniciado con El código Davinci y continuado con Ángeles y Demonios, halla aquí una buena conclusión. Dan Brown debería dejar en paz a Langdon y dedicarse a hacer otras narrativas paranoicas como el par de libros que miro en este momento aguardando su turno (La conspiración y La fortaleza digital)

La isla misteriosa de Julio Verne. De calle, el mejor libro del año. El autor que me ha volado la cabeza con De la Tierra a la Luna, Viaje al centro de la Tierra o Veinte mil leguas de viaje submarino, me deja perplejo con la capacidad de imaginar cómo se las arreglan una quinteta de exconvictos que naufragan en una isla del Pacífico durante los tiempos de la guerra de secesión. Tenemos al científico, su criado, su perro, su compañero novelista, al marino y al aventurero que, con sus distintas capacidades hacen de una isla desierta un sitio al que poco le faltó para terminar con tendido eléctrico y ferrocarril. Impresionante el modo en que se aborda cada problema y se resuelve de manera metainteligente. El miesterio siempre presente de si están solos o no en esa isla y el argumento final que debería ser piedra de toque para todos los escritores que no saben concluir tramas extensas. Una joya.


Tokio Blues (Norwegian Wood) de Haruki Murakami. El autor logró el cometido de darme ánimos para leer más de él. Es una buena introducción al excandidato a Nobel de literatura. Aunque se asoma, desde esta novela, el por qué nunca lo recibirá: En muchas ocasiones se distrae el hilo de la trama hacia la poesía que se percibe forzada en momentos que no cuadran con la tristeza o alegría reflejada en el instante narrado. Otra cosa que me deja un sinsabor aquí es que se hacen referencias a otras obras literarias (Ulysses, El Gran Gatsby) y, encima, se menciona que una novela debe pasar la prueba del tiempo al leerse sólo si han pasado treinta años desde la muerte de su autor. Si esto no lo autodescalifica, no sé qué pueda. Tal vez le den el Nobel póstumo, allá por el año 2050.

Exiliados de James Joyce. Se trata de una obra de teatro irlandesa de un autor súper irlandés. Es como leer a Oscar Wilde pero macho. Tal vez no la mejor opción para conocerlo. Dicen que Ulysses debe leerse en inglés por que él detestó que se tradujera. Mira qué delicadito. Tal vez no es tan macho después de todo.

Notas de un francotirador de Emmanuel Carballo. Se trata simplemente de un compendio de autores mexicanos y de cómo abordarlos literalmente. Abarca desde los escritores en tiempos de la Revolución hasta principios de la década de los ochenta. Existe una segunda parte que no he podido conseguir. Es buen libro de referencias.

Hecho en México de Lolita Bosch. Otro compendio, éste, de cuentos de los autores favoritos de una alemana que vive en nuestro país. Lo curioso es que no todos son escritores formales: hay un cuento por ahí de Roco, del grupo La Maldita Vecindad. Variadito y sabroso.

Guerra Mundial Z de Max Brooks. El segundo mejor libro del año para mi. En el año 2013 escuché el audiolibro en inglés. Convirtiéndolo en mi audiolibro favorito. Poco después salió la película con Brad Pitt, pero el audiolibro me resultó tan gratificante que me obligué a no ver la película. Cualquiera que conozca el libro coincidirá que es imposible resumirlo en un par de horas. El resultado fue un desastre que sólo demeritó la novela de Brooks. Este año me hice de una copia en español y lo devoré en un santiamén. Debo decir que el audiolibro en inglés sigue siendo mi preferido. Un excelente viaje a través de los ojos de una treintena de testigos del apocalipsis zombie al rededor del mundo.

Amistad de Juventud de Alice Munro. ¿Esta es la flamante ganadora del Nobel en 2013? Una canadiense de la que sólo se conocen colecciones de cuentos. Recuerdo que puso en seria duda la capacidad del jurado para decidir quién es merecedor del máximo galardón mundial. Después de leer éste, coincido con el sector que cuestiona. Puedo mencionar una veintena de autores que superan con una mano en la espalda a Munro en la construcción de historias cortas. No me parece una autora probada y dudo que soporte el peso de los años.

Un total de veinticinco libros no es ni la mitad de lo que me propuse leer al iniciar el año. Debo apuntar que habré dejado inconclusos una decena más. No por que fueran aburridos, sino por que alguno de los listados arriba tomó su lugar. En retrospectiva, algunos de ellos fueron malas decisiones.
Así se me fue el año en letras.

El 2015 lo inicio leyendo cuatro novelas simultaneas: Gone Girl de Gillian Flynn (en inglés), La mujer del novelista de Eloy Uroz, Doctor sueño y Eso (It), ambos de Stephen King.