miércoles, 26 de noviembre de 2008

El niño de plata

La pintura de laca que reviste de pies a cabeza le hace aparecer notable a la distancia. Malabarista que atiende a los suyos antes que su salud es de respeto. A diez pasos el niño juega con la caja que otros patearon por ser un estorbo en la vía rutinaria que domina a los hombres de traje impecable y corbata fina. Aquél que se entretiene con lo desechable está seguro que el traje de su padre brilla más que cualquiera y, aunque sumergido en el trance de su propia rutina, goza de más libertad que quienes solo saben voltear el rostro en esa repulsión cantada que les provoca ver a un ser que pierde el respeto por su bienestar.

La base del comportamiento humano descansa en el primer contraste que luego se multiplicará y mezclará con otros para complicar la idea primigenia y dar pie a materias de enseñanza llamadas la base del comportamiento humano para comprender su simpleza.

Si alguna deuda tenemos con la rutina es la maestría en las actividades realizadas; el malabarista esquiva los autos como si de personas en la acera se trataran; pero, cual insurgente contra la multitud, un auto no respetó el sentido del resto y de un golpe dio fin a aquél que guardo en vida el mismo respeto por la calle que por su propia salud.

La reacción inmediata del niño, al no haber aprendido el oficio del padre y, por ende, carecer de la visión de vida que éste querría para su vástago, fue acercar el bote de pintura a donde yace el malabarista.

Los hombres confinados al dictamen de una fina corbata jamás entenderán por que el niño vació la pintura en su boca, pero alguna pista tendrán al verlos uno sobre otro en medio de la calle, estorbando la vía rutinaria que domina a los hombres de traje impecable.

lunes, 10 de noviembre de 2008

¿Será por eso?

Tengo un secreto guardado en la pared. Nunca supe de donde venían esas notas o como es que aparecían, pero se hacen más frecuentes; un día está como separador en mi libro de cuentos o en mi zapato y hasta en la sopa me han hallado. Son un fastidio y eso que apenas ha pasado una semana. La primera nota la tenía mi tío en sus manos; mi mamá me regaño por tocar al muerto y más se molestó cuando le dije que él me había hablado por que tenía algo para mi. El resto del día lo pasé muy aburrido en el cuarto de galletas y café; mi mamá no paraba de llorar y me hizo entender que la funeraria está dispuesta a conductas como la de ella y no como la mía. Ahí me dejó contando a las personas que entraban por café y galletas diciéndome que fuera más como mis primos, pero me pegaban cuando preguntaba si levantar faldas era mejor que tomar algo que me habían regalado. Niño loco, refunfuñaban al salir. Tiré el café y las galletas por la ventana, así no tendrían pretexto para regresar y yo podría buscar que lo que la pared guardaba para mi. El llanto de mi madre se confundía entre la perdida de su hermano y mi inusual comportamiento. Cuando les decía que él me hablaba y me mandaba recados solo me ganaba tundas que, más de una vez, fingí me dejaban inconsciente para no soportar tal maltrato. En las paredes de mi cuerto no había nada; en ninguna de la casa; el tapiz hace más difícil ver que hay detrás. El colmo llegó cuando, tratando de defenderme, golpee a aquel doctor con un martillo que no recordaba haber usado. Solo añicos quedaron de todos sus cuadros y diplomas. Ni ese ni los de éste lugar son doctores normales; no tienen batas ni esas cosas que les cuelgan del cuello. Nadie me hace caso aquí, les digo que necesito una navaja por que no puedo abrir los colchones en la pared.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Olor a jazmín

La sonrisa de Sandra caía más como mueca que como gesto alegre. Noche tras noche viene y se sienta en el mismo sitio. Ni cambiándola de lugar cesa su presencia. Enorme susto me llevé cuando saque la vieja silla del cuarto y, apenas hube recostado la cabeza en la almohada, se manifestó sentada como la noche anterior, como en los últimos días. Siempre cuadrada, espalda recta piernas juntas y manos, una sobre la otra, posadas sobre el regazo; la cara lavada y cabellera bien peinada; juraría que aún conserva el olor a jazmín que destilaba el día que murió. Será que pierdo la razón.

El vago que la vio habrá pensado que estaba despierta con esos enormes ojos grises resplandeciendo en claro reto a la noche y la sonrisa perfecta disimulando el dolor que le habrá producido la violación de que fue objeto. Aquél basurero quizás no fue la primera opción su asesino, pero, según reportes policiales, no tuvo opción.

Sandra me contempla soberbia desde su silla ya no en tono de ruego como las primeras noches; sino con la exigencia que le merecía su búsqueda por justicia aún más allá de la conciencia. La primera noche dejó claro que solo la muerte de su asesino la dejaría tranquila. Las noches subsecuentes discutimos su postura. Pero las suposiciones solo me dejan claro cuan lejano estoy de sufrir suerte similar. Un leve movimiento de su ceja me dejaba mudo. Tiene que morir, resultó la bandera en que se enfundaba cuando la plática ya no le agradaba. Tiene que morir me acompañaba todo el día y era rematado durante toda la noche ahuyentando mi sueño. Al fin me puse en pie para, en medio de penumbras, ver una vez más la mueca émulo de sonrisa que usaba en aquellos días de escuela, cuando yo era el centro de toda su atención y ella el recipiente de mis relatos de historia. Como entonces, yo de pie y ella sentada; voy al baño, saco la navaja de afeitar y complazco la súplica que desde hacía días tiró mi razón a lo más lejano de la conciencia.

martes, 4 de noviembre de 2008

El brote

La fuente de niño tiene horas mirando hacia mi ventana. Poco a poco fuimos conociendo la naturaleza de su comportamiento. Ahora se puede decir, sin temor a errar que, cuando un vecino entra en algún tipo de crisis, el brote hará aparición frente a su casa.

Muchos le decimos simplemente brote a aquello que un buen día vio su oportunidad para asomarse del pavimento. Tantas teorías teníamos al principio que ya he olvidado la mayoría; pero aún tengo fresco en la memoria el día que nuestra preocupación acrecentó. Dos gemelas perdieron a su hermana Lucía. La mañana siguiente la niña esculpida en piedra decoraba una fuente al centro del parque. El brote que otrora amenazara amorfo frente a la primera glorieta del barrio ya no estaba y las conclusiones se fueron dibujando en los rostros de quienes admirábamos la trágica belleza de la fuente.

El padre de Lucía desapareció el día siguiente y una serie de agujeros se ubicaron frente a su casa. Sucede que el tipo propinaba toda clase de vejaciones a sus tres hijas. Fue noticia de primera plana. La indignación generalizada turbó el ambiente. Cada mañana la fuente acusadora se apostaba frente a una fachada distinta, esto hacía que los vecinos sospecharan de si mismos. Tuvimos que aprender a convivir medidos con la vara del brote pero es simplemente imposible no tener secretos. Desgraciadamente nadie se ha querido ir; nos hemos dado cuenta de que uno siempre posee una verdad de importancia para alguien más. Con quién estuvo la esposa de tal; cuantos niños han entrado en la casa de no se quién. Pero nadie más que la estatua parece tener la iniciativa. Terminamos odiándonos y observando a la fuente cada mañana para escarbar más profundo en nuestras ya miserables vidas.

Hoy, el niño de la fuente es el director de una orquesta de miradas que apuntan directamente hacia mí. No hay ruido alguno, no hay murmullos. Ya hemos visto como los acusados se quiebran y confiesan todos sus pecados en el instante que la multitud marca el parpadeo sincronizado. Algunos todavía están en bata, estoy seguro que ninguno se ha bañado o siquiera rasurado pues ya dejamos de vivir así. Desde el umbral de mi puerta contemplo el paso uniforme con que la muchedumbre se aglomera. La gente a este nivel de coordinación es como una sola persona pensante e independiente; mientras uno de ellos quiera conceder a la estatua el poder de juzgar para limpiar sus manos, solo le hace falta un compañero para ser más fuerte que uno que esté en contra. Eso lo supe ya muy tarde, cuando me dieron la paliza que me mató. Fue un error acercarme a la estatua mazo en mano. Un solo golpe bastó para derribarme. Inmediatamente pude contemplar la escena desde lo alto de la masa iracunda; sentí cada golpe, cada hueso roto, la sangre aglomerándose en extremidades y cabeza y explotando por cada poro. Lo más extraño y horrible imaginable pues mis manos y piernas eran ya de piedra. Miraba a todos lados pero mi cabeza no se movía No quito la vista de el charco de sangre bajo la masa que minutos antes caminara y respirara.