viernes, 11 de septiembre de 2009

El Rey del día: Uno

Al atardecer, cuando el edificio adquiere tonos rosados por el efecto de la puesta de sol, Uno terminaba sus deberes. Le había sido dado el don de la Obediencia.

Los llamados dones, no son sino una selección de las mejores cualidades de la humanidad. El fin único de los Unos es servir como constante recordatorio de la perfección que se puede alcanzar mediante la sistemática eliminación de los males.



Uno es un engendro de la ciencia. La siempre bienintencionada dadora de múltiples beneficios y, en las últimas décadas, de vida espléndida.



Sujetos aprobados como Uno están bajo el ojo imperdonable de la sociedad. La misma que en otra época se apoyó en la ciencia para matar de una buena vez a Dios: aborrecer las creencias populares que, como fue demostrado en La Última Era de Creyentes, eran el principio de todo mal. La Doctrina de la Discordancia, el texto más preciado y que dio origen a La Primera Era de los Conscientes, dicta que la subyugación de un ser inteligente a uno inexistente contradice, en su base, la noción de la inteligencia misma y obedece a la inexistencia del ser consciente.



Los Unos nacieron creyendo en nadie. Nacieron perfectos.



Según el Postulado Séptimo de La Segunda Era de los Conscientes, les sería negado el don de la Nostalgia a los nuevos Unos. La explicación del Ministro refiere a una inherente recaudación de males anteriores que deberían ser erradicados mediante el castigo de Olvido.



Pero son los males parte de todo bien y, por ello, parte de los humanos, como antes se les conocía. Al ser olvidados los males, poco a poco se fueron olvidando los bienes; ya no había el amor sin el odio; ni verdad sin engaño; ya no había quien cantara un verso heroico sin estar seguro de un peso equivalente y contrario a cualquier argumento interpretado.



Los Unos terminaron por olvidar a los conscientes y éstos, olvidaron haber creado a los primeros.



Al atardecer, cuando la ciudad se pinta en tonos rosados, Uno ya es el único que hay.

miércoles, 1 de julio de 2009

Los Domínguez I

Miércoles



Panteón de Xoco, Ciudad de México.



Cinco sombras sorteaban las tumbas. Una de ellas, con notable dificultad para mantener el paso de por sí lento, era arrastrada por otras dos como si, una vez identificándolas figuras humanas, sus piernas no pertenecieran al hombre sino a un niño que había olvidado caminar. Ilusión refleja de rodillas fracturadas.

En el centro del camposanto esperaba una sexta figura con bata de carnicero. Podría apreciarse su molestia a la distancia; evidentemente prefería que al doctor Domínguez no lo hubieran mallugado.

¡Así cómo putas esperan que disfrute su agonía! -gritaba desaforado a los raptores. Tomó enormes bocanadas para calmar la exaltación. Se peinó los cabellos y masajeó las sienes.

Habrá notado -dirigiéndose al doctor- que gritar por auxilio no será de utilidad. En realidad, espero que grite; ¡que expulse la última flema de dolor antes de dejarlo pa' los gusanos!

El doctor Domínguez comenzaba a contemplar la muerte como un obsequio a lo que había hecho apenas veinte días antes: de pie, frente al Congreso, el doctor hacía gala de su facundia para mancillar al señor presidente y todos sus seguidores. Le dieron oportunidad de retractarse en una segunda lectura pero, como liberal hijo de liberales, lo único que podía hacer era ratificar sus ideas. El clavo al ataúd, pensaron todos los presentes.



Los días venideros se volcaron en cartas de ayuda y apoyo al doctor; le ofrecían refugio que rechazaba con cortesía; visa de emergencia para salir del país que rompía al instante; ayudantes entrenados en el ejército suizo para su protección que ahí mismo despedía. Sabían que se había echado la soga al cuello pero no comprendían el por qué. La esencia del mártir, le decía Ricardo, su hijo, si es comprendida, será olvidada. Su padre esbozó una sonrisa y dio consejos que quedaron solo para sus oídos.



Con la cara en el fango volvió a sonreír al escuchar el sonido de machetes tocando la piedra de lápida. El doctor Urrutia no tenía un machete: se hizo de una lanceta y pinzas; pidió a dos hombres le engarrotaran la cabeza y le abrieran la boca. Uno se pasó de fuerza imaginando que encontraría resistencia y le rompió la mandíbula; el aullido que emanó de su garganta fue aprovechado por Urrutia para cortarle la lengua de tajo. Ésta va para mi amigo el presidente, pa' que vea que la tuya no es de plata, como dicen.

El doctor Urrutia abandonó la escena dejando a los cuatro matones terminar por lo que tanto les habían pagado.

Entre las tumbas, cuatro sombras con brazos filosos, azotaron encolerizados sus extremidades contra el piso hasta el amanecer.

martes, 30 de junio de 2009

Días en Brasil

Martes



Tres décadas después, los caprichos de la selva vieron su olvido en el retiro de un rancho en Paraína. Hiro Onoda, el otrora teniente de la brigada Sugi, halló refugio para sus demonios en un ambiente tan cálido como aquel que le mostró la boca misma del infierno. La venta de fruta hace de cualquier vida una vida tranquila, respetable y, se diría, placentera; especialmente para quien ve casi apagada la llama de su existencia escondiéndose de recuerdos tormentosos al acecho prometiendo la última agonía.



¿Vendrá mi muerte enmarcada por la filosa hoja de Shimada? -se preguntaba mientras pelaba un mango- Divagaba. Fantasmas del pasado escenificaban en su estancia el reconocimiento del grupo a mitad del día; cuando una bala atravesó la garganta de Siochi Shimada y todos corrieron por resguado en lugar de auxiliar al herido. Onoda atestiguó, escondido entre la maleza, a campesinos improvisados con escopetas arrastrando el cuerpo dejando la estela de sangre. Se maldecía por agradecer que fuera herido justamente ahí, en la garganta. No comprometería la posición del grupo. Rezaba por que estuviera muerto.

La situación con los dos soldados restantes empeoró desde entonces: Akatsu se secreteaba con Kozuka cada vez que el teniente les daba la espalda. Los ojos de Kinshichi Kozuka nunca fueron del agrado de Onoda; había manifestado inconformidad a sus superiores cuando le fue asignado refiriendo la mirada traicionera peculiar en cada chino. Pero el Mayor Taniguchi hizo caso omiso. Asignó su misión en Filipinas y sentenció:



"Tienen absolutamente prohibido morir por propia mano. Es posible que nos tome años volver por ustedes pero, mientras quede un soldado, no han de rendir su posición"



La historia la escriben los vencedores, decía al aire Onoda, hundiendo los pies descalzos en el pasto crecido de su rancho. Mientras algunos se vanaglorian de haber ganado la guerra, él hacía lo propio con su batalla personal: la que le acusaba de asesinar a su segundo al mando, Kozuka. El japonés distinguido por mirar como chino traidor, encontró su destino en un viaje al pozo de agua; Onoda le sorprendió aprovechando que Akatsu marcaba el perímetro a doscientos metros del lugar. Tomándole por sorpresa, lo sometió con facilidad y, a mano limpia, le vació las cuencas oculares abandonándolo a su suerte en un desfiladero. Cuando Akatsu se enteró de la captura de Kozuka por unos campesinos oportunistas -según la versión de Onoda- abandonó el puesto para rendir sus armas a los filipinos.



De noche, el rancho permanece quieto, la intervención de luciérnagas simulan depósitos de municiones en llamas -se decía en voz alta- el aullido de los monos, la súplica de niños y ancianos bajo el filo del teniente; el sudor, refrescado por la brisa nocturna, se pega como la sangre fresca de la garganta de Shimada; la luna llena enmarcando la noche, una tuerta juzgando todo debajo...



¿Tuerta como la mirada de Kozuka? -irrumpió una voz justo detrás de Hiro- Le heló la sangre y, antes de articular una respuesta de asombro, sintió que sus pies, sumergidos en el pasto crecido, se balaban de su propia sangre. Arrodillado por la impresión y, a pocos segundos de morir, levanto la cabeza para hallar a su verdugo: Yuihi Akatsu, soldado de rango menor, quien se rindiera ante los filipinos después de mantener la posición por treinta años y a quien Onoda daba por muerto, blandía el sable capturando la luz de la luna tuerta.

La justicia llega para todos, Hiro. Es la frase que concluye aquella de la historia escrita por vencedores. Lo sabías en Hankow, cuando nos asignaron a la brigada sugi. Lo supiste cuando asesinaron a Shimada y mataste a Kuzuka. Te irás consciente de ello.

Con el teniente a sus pies, Akatsu se sabía liberado de las órdenes de Taniguchi. Al fin libre para morir por su propia mano después de una vida de tormentos. El honor enmarcará mi muerte, se dijo mientras sesgaba su vientre.



En el rancho de Hiro Onoda, en aquel retiro de clima tropical yacían, con las entrañas al aire, Akatsu y su teniente, treinta años después de haber llegado a Filipinas para defender la posición Sugi sin saber que la guerra había terminado el mismo año que se embarcaron.

lunes, 29 de junio de 2009

Mosaico

Lunes



Bola Tinubu colocó una tarja junto al muro. Llenó la mitad con lo que pensó era sangre. Sangre con algún tipo de trato pues no olía ni se sentía como tal. Pero eso poco le importaba. Lo único en su mente era terminar el trabajo que alguien más dejó inconcluso.



Siendo esclavo yoruba en tierra extranjera, le valía la vida entender que si no hace lo que con mímica le mostraron, no comería lo que a mímica interpretó como un banquete.



Pasados los minutos, Tinubu comprende la mecánica y repite: toma una pequeña pieza del cajón a su izquierda y la baña con lo que parece sangre de la tarja a la derecha para adherirla la pared siguiendo el patrón que algún artista dejó trazado.



Las piezas, pequeños cubos mal cortados en obvia pretensión de hacerlos idénticos con herramientas rudimentarias, eran de un blanco amarillento que adquirían tono rosado al bañarse con el líquido rojo. Macizos como para trabajar la tierra y ligeras cual madera hueca. Nunca vio algo similar. El resultado muestra un mosaico sobresaliendo de la piedra de cantera en el muro.



Meses después, un esclavo más joven continuará la tarea de Bola Tinubu de igual forma que meses más tarde algún sucesor retomará su labor.



El boceto, que años atrás un olvidado artista nigeriano plasmara en el muro norte del Castillo de Chambord, adquiría el relieve dador de vida y movimiento. Las generaciones aprendieron a callar y luego olvidar el origen del relieve. Siendo la escalera principal obra de Da Vinci, nunca se revelaría que el muro fue obra de africanos. Sin embargo, quienes no olvidarán son el artista ignorado, Bola Tinubu y los otros doce esclavos que sirvieron para materializar, en sentido literal, con sus huesos y sangre, la escena bíblica que da la bienvenida al salón principal.

lunes, 22 de junio de 2009

Detestarás a Van Gogh

Serás grande si resultas homosexual. Tu padre se encargará de todo; te expondrá a la fina pluma de Wilde; la arrogancia de Capote; la sutileza de García Lorca y la sensibilidad de la décima musa; inundará tus oídos de Bach y da Palestrina; del vaivén de Vivaldi y las arrebatadoras sonoridades de Beethoven; enjugará las lágrimas que Mozart te provoque y atizará tu ira al son de Wagner; entenderás las perspectivas de Gaudi y Calatrava; de Da Vinci y Rafael; de Miguel Ángel y Bernini; comprenderás a Pollock y Picaso... y detestarás a Van Gogh.



Serás inalcanzable como mujer. Te mostraré las bellezas naturales de la huasteca potosina y la selva chiapaneca; del sabor del coco en miel y los olores del clavo, el orégano y el almizcle; del capricho de las orquídeas y la fortaleza de las amapolas; aprenderás de la nobleza del ciervo y la inteligencia del lobo; te desviarás por consejos alternativos que te sumergirán en Dalí y Buñuel; serás idealista como Castro e impredecible como Santa Anna; inteligente como Maximiliano; artera como Fouché; divertida a la Warhol y extrovertida aún más; revivirás a Chabela Vargas y discutirás como Jaime López con Chava Flores; arrogante como el César y déspota como Meyer... y detestarás a Van Gogh.



Si resultas varón y heterosexual te enseño a tocar la guitarra y date por bien servido, hijo mío.



La vida es como la vida: así, pues.

martes, 19 de mayo de 2009

Testimonio

No estás obligado a creerme, pero, cuando las vi frente a mí, quede de una pieza.

Hay quienes no lo saben pero, en los sueños lúcidos puedes tener acceso a tu cuenta de vida, por llamarle de alguna manera. En dónde más guardarían los suspiros, las risas o los llantos, por ejemplo.

Bien, tampoco me creas lo de sueños lúcidos si así lo quieres. Peor para ti. A aquellos que siguen mis letras, atentos; yo que ustedes no desperdiciaba ni una sorpresa más. Pues temo decir que las tenemos contadas.



Imagina una sala elíptica donde no hay mobiliario y solo las puertas dispuestas continuamente obligan el contraste de idea de aquí o allá. Imagina veinte, imagina cincuenta o cien puertas. Si bien son estéticamente similares, cada cual dispone un letrero apenas perceptible desde corta distancia indicando su naturaleza.

'Alivios', sostiene la primera de ellas; 'Amarguras' la siguiente y 'Ataques' la tercera. Supóngase tendencia alfabética. Al tocar el picaporte, el resto se disolvió en un bonito pero perturbador efecto visual.



Cuando me decidí a abrirla esperaba cosas que mantuvieran congruencia con el resto del sueño, es decir, completamente carentes de sentido. Detrás de ella no había gran cosa. Solo un número de color negro suficientemente grande como para entenderlo sin necesidad de cruzar el umbral, estático flotando frente a mi. Justo antes de cerrar la puerta, el número se desfiguró y cambió a la cantidad menor inmediata. No entendí al principio, la impresión fue menor y otorgué poca importancia.

Abrí el resto en orden consecutivo, metódico, sereno. Eventualmente en desorden absoluto. Resultó un lugar fantásticamente aburrido y ya iba en pos de una salida. Algunos números, he de decir, diminuyen dramáticamente, como el caso de las puertas 'Latidos' y 'Respiros'. Otras están estáticas como lo es la puerta 'Miembros no cercenados'. Abrí con reservas pues, si a la suerte se le antoja, detrás del marco me deja una guillotina escondida. Pero no fue así y mi reacción al ver el número cinco contrastando con el vació de la habitación me dio la seguridad que la puerta 'Alivios' desfiguraría su número una vez más. Te digo que era el cinco. Las mujeres no me entenderán a la primera.

Hay puertas que no me animé a abrir, como la puerta 'Orgasmos' o 'Mascotas'. El hecho de perder la capacidad de sentir placer sexual me provoca escalofríos. Si, bueno, también me daría pena que Fido se muriera y reemplazarlo sería una lata. Pensaré en el orden adecuado para abrir puertas después, siempre y cuando queden números restantes tras la puerta 'Sueños lúcidos'.

Abrí puertas varias como 'Sorpresas' o 'Carcajadas'; aquellas cuyo significado desconocía como 'Anabolizantes', o las divertidas como 'Esclarecimientos' o 'Fisgoneos', que se desfiguraban cada vez que abría la entrada.

Por fin me dispuse a despertar. La última puerta que abrí siguiendo un orden ahora lógico (gracias, puerta 'Entendimientos') y, solo para tenerlo presente, fue precisamente 'Sueños lúcidos'.



Cual fue mi sorpresa cuando, al abrirla, el número se desgranó de uno a cero.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Camposanto

El mío no es el lenguaje de la muerte. En los veinte años respetando la rutina me he detenido un instante, uno solo, a meditar al respecto. Solo una vez en dos décadas parecerá una exageración pero, cuando se guarda un cementerio, el tiempo falla terriblemente en su tarea impositiva. Hace tanto que dejaron de importarme los días de la semana pues, quedándose el tiempo esperando en el umbral del camposanto, un día es idéntico al anterior y presagia con asombrosa exactitud cómo será el siguiente. Incluso olvidé los nombres de los meses.

La gente viene a demostrar su aparente afecto hacia los partidos. Me atrevo a llamarles apariencias pues se trata de una linda puesta en escena. El duelo y lamento a la pérdida mediada por la reunión de quienes en vida le conocieran se diluye con los días idénticos de los anteriores. Gran parte de mi trabajo es hacerle compañía a los olvidados. A aquellos cuyas lápidas yacen sobre el muerto y no a manera de cabecera, que es como deberían. Dolía ver que los familiares descansaran la pesada losa sobre un amado como rogándole no volver de la muerte para atormentar sus enclenques existencias. Que les deje vivir en vez de asistirnos o aconsejarnos ya adelantados en la carrera de vida.

Es evidente que la gente que puede diferenciar el día de hoy del de mañana basada en su agenda no tiene idea de la ceremonia que atestigua. Esa es la palabra, atestigua. Si tuvieran poco de interés podría llamarse participantes y, resulta para mí, la perfecta analogía de vida. La mayoría de las personas atestiguan su existencia sin importarles un diablo aún cuando el ejemplo mortal les es expuesto crudo y diáfano. Muy pocos son participantes; y, serán a caso menos quienes despierten del trance del testigo cuando un entierro no puede abrirle los ojos; cuando lloran sin autenticidad, sometidos por voluntad propia a una norma de vestido ridícula intentando demostrar su respeto. Lo único que demuestran es ignorancia al prestarse como testigos aparentando participar en la linda puesta en escena de la cual hoy me ha tocado el papel estelar.

Éste fue el único día, en veinte años velando el último jardín, en que medité a cerca de lo caro que es vivir y lo ridículo que es morir.

martes, 10 de marzo de 2009

Petates, catres y Generales

Las cicatrices con que la dureza del tiempo se hace presente en los rostros de, éstos, mis antiguos vecinos, ve su reflejo en el inanimado porte de la calle donde crecí.

Detrás de aquel muro encontrarás una vieja casona que a ultimas fechas sirvió solo como refugio de vagos y escondite de adictos. Yo mismo he pasado noches cobijado por la falsa cúpula celestial cuando mi hogar pierde el derecho se llamarse como tal.

Estos muros tapizados conservan la fuerza que contagia a quien roza el detalle que aquí vaciara algún talentoso entusiasta. Su historia se desvela en caída libre cuando se lee correctamente. Aquí, por ejemplo, podrían descansar los indios en sus petates, sus mujeres en catres, y sus hijas en las camas con los generales. Pancho Villa no tomaba, por eso nadie se explica su refinado gusto en licores. Es el olor de las mujeres, decía, lo que me embriaga; y los vinos comparten la acidez o dulzura al igual que una señora madura o una virgen descalza. Méritos para el cuatrero que hubiera descansado con seis sin huaraches en la alcoba de honor. Acá no se metían los hacendados por la pobre fachada de la casona que de lejos no se distingue de entre una iglesia o un establo.

La casona se iluminaba en vida al grito de ¡allá vienen los dorados! Refugio de ladrones, y cárcel y tumba para los cautivos de la revolución. Para la que fue construida y por la que ha de dar la vida. El esplendor que no se ve en las pompas citadinas se hace presente noche tras noche, de orgía en orgía en los patios traseros a donde los niños se les prohibía ir. Pero prohibido es una de esas palabras que la revolución tachara del vocabulario generacional; por eso el hijo de la Tomasa se fue a buscar a su mamá; con cinco años en la guerra, a sus siete no sabe donde está el límiles. La Tomasa, así le decíamos todos, no procuró apagar el candelabro y, por esa maldita manía de las indias de dejar que se las cojan con las enaguas puestas, se prendió más rápido que la vela que le metían por el culo cuando su hijo entró preguntando por ella.

La calle donde mis otrora vecinos se reúnen para decidir el destino de esas ruinas de ilustre y vergonzosa memoria, si se permite la expresión, tiene tantas cicatrices como yo caminando de la mano contándole la historia a mis nietas.

¿Y que fue de la señora Tomasa, abuelo?

Bueno, a tu abuela no le gustaría que insultara su memoria, mi niña.

lunes, 9 de marzo de 2009

Los zapatos de la de la falda

Ayer pasó como ha pasado cada viernes por los últimos dos meses. Me pidió que le ayudara con no se que cajas atrás de su tiendita. No se por que la gente como él siempre tiene nombres como Abundio; y no se para que me pide que le ayude si al final ni una caja cambia de lugar. Siempre va con lo mismo, que me levante la falda, cierre los ojos y cuente hasta cien. No importa cuantas veces le diga que no me molesta, siempre ha de tener el pendiente de que si estoy cómoda. Me deja agarrar lo que quiera de la tienda sin pagar, así que está bien.

Pero ayer pensé algo que no se me había ocurrido. Tal vez al principio siempre reaccionamos lento y por eso me tarde dos meses. Después de salir de la tienda fui a casa del papa de Pepe. El señor lleva como cinco días sin trabajar por que se rompió una mano en el trabajo, o eso dice. Siempre me sale con que me estoy poniendo bien guapota y que voy a traer locos a todos en unos años. Le pregunté si me dejaría usar su bicicleta si me levantaba la falda. Creí que no hacía diferencia pues el no puede usarla con la mano como la tiene. Yo cierro los ojos y cuento hasta cien, bueno, doscientos. Después de un rato se decidió. Me regaló la bici con la condición de que lo visite cada lunes. El miércoles fui en la bicicleta hasta casa del maestro Renato para pedirle que me ayude con las calificaciones. Voy mal en historia. El maestro Renato no quería ni que contara hasta cien o doscientos. Quería cinco minutos y me ayudaría con las otras dos materias que enseña. Así los dos enseñamos y aprendemos, me decía.

Ahora son cuatro meses desde el día que el señor Abundio me ofreció remendar la falda roja que me había regalado mi mamá. En la escuela tengo cuadro de honor; con lo que me llevo de la tienda y lo que me dieron por la bici me compré una motoneta.

Ahora ya no tendré que pedirle al mañoso de Pepe que me acompañe al panteón a visitar a mis papás. Siempre quiere que me levante la falda en el panteón sin darme nada a cambio.

Hay gente muy abusiva.

jueves, 5 de marzo de 2009

El buen presentador

Pesadas cortinas de terciopelo rojo con borlones dorados se usaron para evidenciar la pompa del advenimiento. Cortada la media noche, las piernas del telón se despejaron con destreza por los artistas anónimos que fueron contratados por separado guardando todo cuidado.

A través de la neblina de incertidumbre hacía presencia aquél magro ser del que se decía tener trato secreto con el primer muerto en la historia. Su desplazamiento en escena es rúbrica personal; nadie podría asegurar que mueve los pies pues nunca se les ha visto. Esa enorme máscara sin rostro cautiva sin remedio como la duda que guarda el abismo.

Lee la mente de las masas, dicen unos; te hace ver cosas que no existen, insisten otros curiosos reaccionando al efecto del ansia. Aquellos más atrevidos no le elevan más allá de un buen presentador. Con solo doce horas de aviso anticipado, los asistentes abarrotan el lugar doquiera que éste se anuncie; pues la ciudad es escogida al azar; ora en Atenas, ora en Brasilia.

En derredor proliferan rumores que hacen del morbo un postre entregado a pequeños bocados con cada movimiento, cada pase y cada grito de instrucciones. "El acto de La mujer destripada" será, obedeciendo la costumbre, ejecutado sólo una vez. Después vivirá en el recuerdo de los espectadores, provocando millares de columnas y primeras planas en todo el orbe; inspirando libros y guiones cinematográficos, alimentando, como ha sucedido desde hace veinte años, el mito que provee fuerza vital al buen presentador con máscara sin rostro y que flota en escena.

La iluminación en la sala se descolgó poco a poco del acondicionamiento temático dispuesto. Miles de miradas se ubicaron en el personaje cobijado por una luz solitaria que permanecía inmóvil esperando el momento preciso.

Una fracción de segundo en la oscuridad supo a eternidad; todas y cada una de las mujeres en el recinto, incluyendo asistentes en escena, boleteras y acomodadoras, yacían con los intestinos expuestos; niñas tiradas junto a sus madres en profundos charcos de sangre manteniendo a flote entrañas y vísceras arrebatados por sabrá Dios qué fuerza.

Los hombres no daban crédito y, entre alaridos, rogaban despertar de la pesadilla; eso para quienes no desmayaron en el instante o volvieron el estómago junto a otros que encontraron en el llanto el mejor refugio.

En escena, únicamente el presentador permanecía inmóvil; requisito indispensable para mantener equilibrada la dualidad realidad/ilusión. Bañadas en sangre, llanto y vómito, doblegadas por el dolor; ensordecidas por gritos propios y ajenos e innumerable cantidad de maldiciones, ellas atestiguaron su propia muerte junto a otras de igual suerte.

En claro arrebato iracundo, un asistente soltó los restos de su amada para descargar toda su fuerza en el presentador.

Fue hasta que se cansó de golpear la máscara molida y ensangrentada que cayó en cuenta de lo que sucedía: miles de personas en perfectas condiciones miraban absortas su crimen. Ver a su mujer en primera fila sin siquiera un rasguño lo arrojó a la locura: su desicha le hizo azotar la cabeza contra el suelo en insano frenesí que pronto acabó.

Al día siguiente se pusieron a la venta las entradas para la próxima actuación programada a un año con ciudad por confirmar.

martes, 24 de febrero de 2009

Ojos de muerte

En la azotea de un edificio cualquiera de una ciudad cualquiera. Una persona se acerca a la cornisa midiendo los pasos. Se le nota un pesado caminar, como si mil decepciones hubieran rematado su ser una y otra vez. Tiene en la mano un reloj y una hoja de papel. El reloj es lo único que le hacía sentir que en algún momento de su vida tuvo el control de algo. Hasta que se descubrió esclavo de sus lineamientos. La hoja de papel lleva lo último que tendrá que decirle al mundo que nunca le hizo sentir bienvenido.



Nosotros no estamos presentes, pero podemos verlo en la última decisión de vida; a su lado nos asombrarían todas las cosas que tienen importancia para aquél que ha perdido por completo. Me refiero a los detalles que escapan a la comprensión; el tipo está perfectamente afeitado y peinado; viste traje impecable, como director de alguna revista; mancuernillas y pisa corbatas de plata. La multitud allá abajo grita palabras que el viento -confabulado con la tragedia- pierde para que él no las reciba. Si no escucha advertencia alguna tampoco esperará que la gente arremolinada aprecie los artilugios de su vestimenta.



Otros pormenores están en el rostro; del que dicen que presenta las ventanas del alma más bien parece arrastrar dos nubladas cuentas de vidrio, como cuando éste no es bien quemado. Pero solo parecen nubladas por fuera, si logramos meternos en su cabeza veríamos lo que él; donde el abandono de la luz propia le ha bloqueado la memoria de todo lo bello y placentero que le rescataría del mortal sopor. Cuando el bloqueo ocurre, una única ventana se abre y podemos ver entonces con los ojos de muerte. Nos volvemos sensiblemente minuciosos; en la multitud hay cantidad de personas desinteresadas por la vida del sujeto; la mayoría solo está por el morbo, ninguno se molestará en ver la nota escrita en la hoja empuñada. Con los ojos que ven a través de esta ventana puede dilucidar lo ridículo que sería alargar la espera. Ve -no sabe, sino ve- lo que cada uno de ellos piensa y, muy en el fondo, en todos y cada uno se repite la palabra: salta.



La gente cree que se puede morir rápido sin saber que la ventana es eterna y nos lleva al nuevo plano de permanencia. Creen incluso qué es lo que hay más allá.



La nota nunca fue leída. El espectáculo era como para no perderse por un detalle como ese. El tipo de aspecto impecable, quieto con la cara al piso, contradecía por completo la idea del movimiento constante que observamos en esas personas apuradas hablando por teléfono en las calles de edificios corporativos. Los ojos de muerte son compartidos y allá, en el edificio de enfrente, ya se asoma un segundo y un tercero con trajes impecables y artilugios vistosos en la vestimenta.

jueves, 19 de febrero de 2009

Un poco más de la gente común

Las predisposiciones, cuando tienden a repetirse, se convierten idiosincrasias. Nada que ver con la costumbre, que es lo que nos ata y evita que nos diferenciemos unos de otros.



Lo más cómodo de las idiosincrasias -pues son varias- es que nadie las nota. No hubo ayer una persona parada en ésta esquina esperando a que una mujer vestida de verde pasara hoy con un vestido azul acomodándose el cabello tal como lo hizo antes y, como seguramente, hará después y cada vez que se le haga tarde. Todo por desvelarse la noche anterior terminando el trabajo que debió hacer en horario laboral pero no logró por platicar con la vecina de cubículo a quien siempre le invita el mismo café descafeinado en punto de las tres. Cuando todos en la oficina salen a comer.



Verán, cada día esta lleno de situaciones idénticas al anterior. Con dedicación se puede llegar un poco más allá. Siempre un poco más. Lo suficiente para notar quién bota entre el mar de similitudes. Lo único que se necesita para mover a toda una parvada en dirección contraria es una diferencia.



Se llama Katia y trabaja en la contabilidad de un despacho en una avenida muy transitada. De entre todas las personas es ella quien sobresale. Por lo menos para mí, pues es a quien voy a matar. Hace dos días que viene llegando temprano al trabajo provocando un, hasta ahora, caos limitado. Cuando la vecina de cubículo de Katia (su nombre no importa pues no ha botado aún) enfermó, ella no tuvo a quien invitarle el café descafeinado; por consiguiente no tuvo con quien alargar la plática de su comida, regresó temprano de comer y ahora termina el trabajo asignado en horario laboral. Duerme temprano y sale a tiempo para que la persona parada en la esquina no la cuente como referencia y pierda el sentido de su tiempo que, a la vez, se convierte en el tiempo de los demás, atravesó la calle sin cuidado y provocó un accidente vehicular que involucró a mi esposa dejándola en coma. Las coincidencias me han traido hasta Katia. La línea a seguir esta definida: su vecina de cubículo y quienquiera que la haya contagiado para que faltara a trabajar siguen en la lista.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Policiaco

Cien escalofríos desfilaron por sus espaldas cuando ella, sentada bajo la luz de la única lámpara, levantó la cabeza descolgándo el terror de sus rostros.

El comandante confirmó lo que la sospecha susurraba en oídos de los agentes que la trasladaron al cuarto de seguridad. Recibieron orden de vigilarla.

El primero, aquel recargado a la pared donde está la puerta, no conseguía asimilar lo sucedido apenas minutos antes; una llamada de emergencia denunciando asalto a vivienda. Dos muertos y un menor herido. Cerró la radio y enfiló la patrulla a toda velocidad. Arribó a la escena antes que cualquiera y encontraría a la niña bañada en sangre ajena.

El segundo agente, del otro lado de la habitación, hallaría a los padres de la niña en la recámara principal. Empuñaba con fuerza su escopeta tanto más tiempo le sostenía la mirada guardándose la ira y asco por la escena presenciada.

El tercero, miraba intermitente al primero y al segundo, pero tratando de no perder detalle de la niña justo a su lado.

Entró al fin quien, a vista de cualquiera, parecía estar a cargo del edificio entero. Miró altanero al agente junto a la puerta, pasó revista a los otros dos y, con cantados movimientos sacó un pitillo que encendió de igual manera. Posó entonces sus ojos en los de la niña. De antemano sabía que, o dirigía las preguntas apropiadas, o se olvidaba de poder interrogarla. En dos bocanadas se sentó frente a ella y dejó caer una gruesa carpeta en la mesa, misma que se llenó de papeles y de sangre.

Al tiempo que cayó el pesado folio, azotó también la cabeza del comandante. Los tres agentes reaccionaron de inmediato pero, al levantar los brazos, solo aparentaron apuntar con escopetas. No tenían nada en las manos. Las armas descansaban sobre la mesa frente a la niña quien, lentamente, desollaba la garganta del comandante.

No se preocupen, prometo que no tardaré.

miércoles, 28 de enero de 2009

La gente común

Antonio no tiene características que le hagan resaltar de otras personas. Su nombre es uno que se halla fácilmente en la guía telefónica y, la manera tan cortés de dirigirse a las personas, es algo común en el círculo donde se desenvuelve. Es por razones como éstas que nunca se ha tomado la molestia de aparentar comportamientos ajenos o, vaya, de pensar siquiera en que podría ser un poco diferente. Digamos, pues, que la vida de Antonio es como la de la gran mayoría de las personas: aquellos que se aceptan por quienes y cómo son.

Hace algunas noches que un sueño ha tenido a bien arrebatarle la modorra. Pero el estoicismo -típico en personas como él- le hace mirar de largo e ignorar el aparente problema. Siempre es aparente cuando, al no prestarle atención, desaparece de nuestras vidas y nos deja ser tan comunes como nos plazca. Y ésta no fue la excepción. El sueño, como muchos otros, mermó en intensidad para reducirse a un súbito espasmo en la pierna o el brazo de vez en cuando. Hace dos noches quedó bajo su completo dominio al despabilarle de un cabezazo apenas cinco minutos antes de que su reloj despertador le asistiera.

Alegre por la victoria personal pensó que no habría nada que no pudiera sobrellevar de la misma manera en futuras ocasiones. Evocó sus días de preparatoria mientras se ponía la bata y preparaba café para el desayuno; pensó en cuando Mariana le hizo notar que era sólo un chico del montón y no tendría problemas para ingresar a cualquier Universidad. Ésos lugares están llenos de gente común y corriente para hacer quedar bien a los listos y aventurados, escuchó Mariana de su padre alguna vez y ella repitió el mensaje hacia Antonio -y prácticamente a cualquier persona que se le cruzara-. Antonio dejó escapar una mueca de satisfacción pensando en la Mariana actual, la que limpia mesas en un bar para pagar los pañales de un niño que tuvo meses después del sonado escándalo sexual de un profesor de Historia. La gente que habla de más siempre es la primera en caer -pensó para sí- mientras regulaba la temperatura de la regadera.

La gente común tiene sus idiosincrasias bien definidas: Antonio no usa el tubo para toallas, en cambio, coloca la toalla en el cortinero para no mojar el piso del baño. De vez en cuando, la toalla cae pero lo advierte y la alcanza antes de que toque el suelo. La mañana que despertó cinco minutos antes de lo acostumbrado, declarándose vencedor de su propio sueño, se puso la bata, preparó café y se burló de una antigua compañera de clases, vio caer su toalla tres veces y tres veces la jaló. Sin embargo, la última vez pareció que la bata era jalada desde el otro lado. Se habrá atorado -pensó- pero antes de correr la cortina para ver qué la detenía, atisbó una extraña silueta dibujada en la cortina de baño. Brincó hacia atrás del susto soltando la toalla que fue a dar del otro lado y encima de la figura que se embarraba en la cortina. Miró perplejo cómo aquello se quitaba lentamente la toalla de encima. Intentaba adivinar su naturaleza; si tuviera que hacer uso de los recuerdos infantiles de cuanto espécimen fantástico habitaba los cuentos para antes de dormir, adivinaría que se trataba de un enano, o mejor dicho, de un bebé crecido, un bebe obeso que tenia lonjas incluso en los brazos, emitía un sonido gutural, como el que hacen los sordomudos al esforzarse por hablar. La diferencia notable era que aquello se estaba esforzando por gritar, lo cual lo hacía más aterrador. El ente tiró de la cortina y ésta se fue descolgando aro por aro. Ya pálido, tirado y temblando en la esquina, Antonio sólo pudo mirar con horror que eso, fuera lo que fuera, se descubriría ante él y sabrá Dios qué es lo que le haría.

Entonces Antonio despertó de súbito. Eran las dos treinta de la mañana.

Se recostó por tercera vez esa noche y pensó que era tiempo de ver a un psiquiatra.