miércoles, 10 de diciembre de 2008

Es más bello así

Corrí tres calles sin pensar en qué pudo ser aquello que me despertó de súbito a media noche. Ha sido el peor sentimiento de miedo que jamás quise encontrar. El miedo te encuentra, me decían de niño. Ahora, el otrora escéptico de lo inverosímil, les da razón a sus abuelos.

Nunca me había detenido a mirar la belleza que oculta la calle de mi barrio. Ese tímido primor -supongo habrá en tantos otros barrios- calla esperando alguien que ofrezca un poco de tiempo para elucidar el esplendor que, en otros días, enmudecía el mal humor.

Mírate ahora, lindura; devorada por el hambre de carteles y arrebatada en tu derecho por puestuchos de comida cuyo daño a la salud de la gente ejemplifica perfecto el daño que impacta tu lindeza ajena. Si, lindeza; mi abuelo me enseñó un sinfín de palabras así tanto para lo bueno como para lo malo. Lo que había en mi habitación era, sin pensarlo dos veces, malo como el mismo Lucifer.

Los muros centenarios se iluminan a cada paso de vuelta a casa; que delicadeza en el trazo del artista, que dedicación para lograr edificios de tal gallardía. Yo vivo en aquél que está en la esquina. La escalinata semicircular da bienvenida sin discriminar el lado por el que se encuentre. Claro ejemplo de la bondad del arquitecto. Realmente me sorprende la gracia del barrio por la noche que, por razones que desconozco, ahora parece de día. Todo es tan claro que confunde el no ver personas agitadas por este paso discriminando la magnificencia de la entrada principal.



Mi habitación es la segunda del tercer piso. La escalinata se muestra coordinada con el hermoso tapiz; todas las puertas están cerradas salvo la mía. Al salir corriendo no advertí muchas cosas, pero sí estoy seguro de haber dormido solo. Ahora hay dos personas en mi cuarto.

En silencio me acerqué a quien yace junto a otro recostado en mi cama. ¡Mi cama! Como ráfaga salió un tercero, alcancé a notar que llevaba una maleta al hombro, ¿quién era ese?, ¿quién es éste sentado junto al que duerme?

No, no duerme, yace para siempre. Quien sea que esté sentado junto a él le ha quitado un enorme cuchillo del pecho. Vamos, dijo tranquilo sin mirarme, es hora de partir. ¿Partir?, ¡yo no voy a ningún lado!

En dos movimientos, el tipo me tenía sujeto de ambas manos. ¿Ya notaste como todo es más bello cuando mueres?

Quedó claro, el tipo tendido en mi cama era yo. O lo fui en vida.

Acompañé al hombre misterioso a donde todo estaba ya completamente iluminado y si, eternamente más bello.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Cuatro minutos

Eso habrá ocurrido por los días en que el tiempo se volvió la medida absoluta de todas las cosas. Antes no podría considerarse la envergadura total; no se decía, por ejemplo, el choque de trenes fue veintisiete minutos desastroso, o, te amaré hasta que muera o pasen quince años, ocho meses, trece días, dos horas y seis minutos. Lo que ocurra primero. Claro, en estos días es igual de improbable acontecer un choque de trenes que amar a otro ser humano.



La sociedad de avanzada quedó al fin delegada cuando los diecisiete ancianos publicaron las nuevas leyes mundiales. Las de mayor notoriedad, aquellas que prohíben comunicarse en más de cinco idiomas o dialectos; o, el nuevo límite en acopio de comportamientos dentro de un tiempo establecido. La élite de oradores calificados otorgó nitidez a cada uno de los setecientos veintidós puntos que conforma el nuevo orden de organizaciones estatales.



Los beneficios saltan a la vista: la espera para recibir atención orgánica se ha simplificado, la intervención de organizaciones estatales en las decisiones agilizan cada proceso mental; el uso de vestidos biológicos fue revocado con la instauración de regulaciones climáticas personales. Solo la gente que no acepte los términos recibirá descargas de baja temperatura. La disposición de cadáveres ahora solo es cuatro minutos triste.



Solo antes de morir nos es otorgado el privilegio de escribir nuestras impresiones en vida; siendo éste, el discurso oficial que la élite de oradores calificados aprueba.

Me consuela sobremanera el hecho que la tristeza provocada por mi deceso será cuatro minutos relevante al mundo.