domingo, 30 de agosto de 2015

Veinte años de La Barranca

Anoche asistí al Libélula Sound Station para presenciar a La Barranca en el cierre de su gira por veinte años de carrera musical. La siguiente no es una reseña, sino el conjunto de sentimientos que me atacaron al verlos en vivo después de casi tres lustros.
Que la mía sea considerada sólo una aportación. No intento polemizar. Mis ideas están fijas y poco o nada podría hacerme cambiar de opinión.

Adjunto el setlist de ayer:
Qué distante aquella alineación del Vive Latino 2001 con Otaola y sus rastas y los hermanos Arreola acompañando a José Manuel Aguilera en un viaje por las ruinas olmecas, la filosofía tolteca y la búsqueda de lo que nos hayan dejado de peyote en este mundo sin esperanzas.
La Barranca no es un grupo consolidado desde el punto de vista comercial más elemental. Se trata, en cambio, de una idea impregnada en el rock nacional que ha sido recultivada por nuevas generaciones bajo el mando del fuego primigenio:  José Manuel.
Aguilera tiene los años encima, el golpe de verlo pararse a escasos cinco metros de la mesa que compartí con mi esposa, me despertó de un sueño al que él mismo me había sumergido catorce años atrás: el cabello escaso, la sonrisa pesada, los párpados en clamor de piedad que nuestros aplausos y entusiasmo no les otorgan.
Son veinte años de entregar discos sin puntos débiles. No existe parangón -al menos no en la escena del rock mexicano contemporáneo- para esta banda de perfeccionistas.
Voy a permitirme hacer una comparación con dos grupos estimados internacionalmente.
Comparemos a La Barranca, primero, con Pink Floyd (guardando toda proporción para los de piel más delgada) en el tenor de echar luz sobre Roger Waters, bajista de la banda londinense. Considerémosle la pieza central conforme pasaron los años. Roger pasó de ser el músico menos apreciado en una alineación que incluía dos genios en potencia (Barret y Gilmour) al motor que hizo de esta banda de rock progresivo* en una máquina impresionante generadora de ingresos a escala global: Roger, el motor.
Ahora, llamo su atención hacia otro músico inglés, éste sí, un genio desbordado que se manifestó a través del grupo de rock -más- progresivo, King Crimson. El también inglés Robert Fripp, incansable estudioso de los instrumentos de cuerda y al que llamaremos el corazón del grupo: Rob, el corazón. Tanto King Crimson como Pink Floyd han sido escaparate para cantidad de músicos que tienen un paso -en su mayoría- efímero y sirven de alimento para esos monstruos. Pink Floyd, King Crimson y la Barranca son, en este sentido, ideas que han permanecido y sobreviven a todos exceptuando a los incondicionales: Roger, el motor; Rob, el corazón y, permítanme tomar la licencia que advertí al inicio de mi analogía, José Manuel, la combinación de ambos: motor y corazón. El fuego primigenio.
La Barranca nos sobrevivirá. Trascenderá la música y será piedra de toque para cualquier iniciado en la inclusión de folklor mexicano y latinoamericano en sus ritmos musicales.
No merece este grupo reconocimiento comercial. No necesitan los reflectores mundiales. Lo que han conseguido en veinte años es colocarse entre la pléyade de artistas de calidad que tocarán los acordes finales durante el juicio divino. Eso no lo ha conseguido nadie aún. No para mi.

*Rock Progresivo: básicamente todo el rock que es muy elaborado y no suena a AC/DC es rock progresivo. Es más difícil de digerir y no es por ello malo en sentido alguno. Bandas de referencia inmediata: King Crimson, Captain Beefheart, Frank Zappa, Emerson Lake & Palmer, Yes, Pink Floyd, KTU, Cabezas de cera, Los Jaivas.

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