jueves, 12 de agosto de 2010

Don Gregorio de Pénjamo

Jueves

Con la mirada clavada en el piso, intentaba enviar a su mente a otro lado, lejos del insoportable dolor. Se decía que pronto terminaría pero; a la vez, le inquietaba sobremanera la resolución de las cosas que dejaba pendientes.
Repetía en voz baja la frase que lo acompañará las últimas horas de vida, cada vez más rápido, cada vez menos nítida. La elocuencia sacaba de quicio a su confesor, quien llevaba rato buscándole la cara para darle el perdón divino.

“Te arrancamos la potestad de sacrificar, consagrar y bendecir, que recibiste con la unción de las manos y los dedos”, se decía incansable buscando su mirada en el reflejo que otorgaba el charco de sangre.

"...que recibiste con la unción de las manos y los dedos”

Las quemaduras no con fuego, con ácido, no sanaban, no cauterizaban, abría cada vez exponiendo lo que debía guardar la piel.

"...la unción de las manos y los dedos”
Pedir vendaje era una idea descabellada luego de tres meses de confinamiento y maltrato. Terror psicológico con la marca que la inquisición cuando está furiosa. Cuando por fin se le hizo tener en sus garras a quien persiguiera por más de diez años.

¿Y quién es ese que no me quita los ojos de la nuca? -preguntaba sin sacar la mirada del charco; halló sus ojos cansados en el espejo rojo-
El indio Salcedo, así le dicen por acá -respondía su confesor cerrando de golpe la biblia-
Hace no mucho se les hubiera podido ver caminando bajo la abadía bordeando el jardín y desgastando los temas bíblicos. Ahora, este par, confesor y condenado, compartían la celda momentáneamente; el primero para irse con la conciencia limpia de haber cumplido; el segundo, con el orgullo arrebatado y la conciencia limpia por haber seguido sus instintos.
¡Espere, Padre Juan! -lanzó el condenado cuando el primero se puso en pie solicitando permiso para salir al carcelero- Dígales que Dios los perdonará. Que está bien dar muerte a un sacerdote siempre que se haya demostrado que éste no es digno de servir al creador.
Se los diré -respondió condescendiente quitándose de los hábitos las manos ensangrentadas- Se los haré saber... solo si fallan al primer intento.
El horror del condenado tuvo un efecto contrario en el indio Salcedo al otro lado del corredor, quien más se sonreía presumiendo su escasa dentadura.
Le prometo que yo no fallaré, padrecito -gritó alegre afilando vigoroso el machete oxidado.

“Te arrancamos la potestad de sacrificar, consagrar y bendecir, que recibiste con la unción de las manos y los dedos”
Regresó por un momento a la frase repetitiva para distraerse y no considerar el orden de las cosas, pero el ruido de tambores cortó sus ideas de tajo y éste fue sustituido a su vez por la fuerza con que latía su pecho.
Bajaría las escaleras de piedra. No se le permitiría hablar pues ya había sido otorgado el tiempo y lugar pertinentes. No entregó a su confesor nada más que la pregunta antes mencionada. Pidió que Salcedo se le acercara un momento pues se permitía una última voluntad dirigida al verdugo "haz llegar esto al Convento de las Teresitas de Querétaro" dijo al tiempo que le entregaba un escapulario con la Virgen de Guadalupe.
Salcedo cambió el semblante de gozo mórbido por uno de más entendimiento, abrió su paliacate y te pagaron por lo que vas a hacer?
-Son veinte pesos, padrecito- musitó aquél apenado.

Sonaron siete campanadas en la torre del ex colegio de la Compañía de Jesús cuando, después de tres descargas del pelotón, se apagó la vida de aquél que en los libros de historia pasaría como héroe sin tener idea de qué había provocado.

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