En la azotea de un edificio cualquiera de una ciudad cualquiera. Una persona se acerca a la cornisa midiendo los pasos. Se le nota un pesado caminar, como si mil decepciones hubieran rematado su ser una y otra vez. Tiene en la mano un reloj y una hoja de papel. El reloj es lo único que le hacía sentir que en algún momento de su vida tuvo el control de algo. Hasta que se descubrió esclavo de sus lineamientos. La hoja de papel lleva lo último que tendrá que decirle al mundo que nunca le hizo sentir bienvenido.
Nosotros no estamos presentes, pero podemos verlo en la última decisión de vida; a su lado nos asombrarían todas las cosas que tienen importancia para aquél que ha perdido por completo. Me refiero a los detalles que escapan a la comprensión; el tipo está perfectamente afeitado y peinado; viste traje impecable, como director de alguna revista; mancuernillas y pisa corbatas de plata. La multitud allá abajo grita palabras que el viento -confabulado con la tragedia- pierde para que él no las reciba. Si no escucha advertencia alguna tampoco esperará que la gente arremolinada aprecie los artilugios de su vestimenta.
Otros pormenores están en el rostro; del que dicen que presenta las ventanas del alma más bien parece arrastrar dos nubladas cuentas de vidrio, como cuando éste no es bien quemado. Pero solo parecen nubladas por fuera, si logramos meternos en su cabeza veríamos lo que él; donde el abandono de la luz propia le ha bloqueado la memoria de todo lo bello y placentero que le rescataría del mortal sopor. Cuando el bloqueo ocurre, una única ventana se abre y podemos ver entonces con los ojos de muerte. Nos volvemos sensiblemente minuciosos; en la multitud hay cantidad de personas desinteresadas por la vida del sujeto; la mayoría solo está por el morbo, ninguno se molestará en ver la nota escrita en la hoja empuñada. Con los ojos que ven a través de esta ventana puede dilucidar lo ridículo que sería alargar la espera. Ve -no sabe, sino ve- lo que cada uno de ellos piensa y, muy en el fondo, en todos y cada uno se repite la palabra: salta.
La gente cree que se puede morir rápido sin saber que la ventana es eterna y nos lleva al nuevo plano de permanencia. Creen incluso qué es lo que hay más allá.
La nota nunca fue leída. El espectáculo era como para no perderse por un detalle como ese. El tipo de aspecto impecable, quieto con la cara al piso, contradecía por completo la idea del movimiento constante que observamos en esas personas apuradas hablando por teléfono en las calles de edificios corporativos. Los ojos de muerte son compartidos y allá, en el edificio de enfrente, ya se asoma un segundo y un tercero con trajes impecables y artilugios vistosos en la vestimenta.
martes, 24 de febrero de 2009
jueves, 19 de febrero de 2009
Un poco más de la gente común
Las predisposiciones, cuando tienden a repetirse, se convierten idiosincrasias. Nada que ver con la costumbre, que es lo que nos ata y evita que nos diferenciemos unos de otros.
Lo más cómodo de las idiosincrasias -pues son varias- es que nadie las nota. No hubo ayer una persona parada en ésta esquina esperando a que una mujer vestida de verde pasara hoy con un vestido azul acomodándose el cabello tal como lo hizo antes y, como seguramente, hará después y cada vez que se le haga tarde. Todo por desvelarse la noche anterior terminando el trabajo que debió hacer en horario laboral pero no logró por platicar con la vecina de cubículo a quien siempre le invita el mismo café descafeinado en punto de las tres. Cuando todos en la oficina salen a comer.
Verán, cada día esta lleno de situaciones idénticas al anterior. Con dedicación se puede llegar un poco más allá. Siempre un poco más. Lo suficiente para notar quién bota entre el mar de similitudes. Lo único que se necesita para mover a toda una parvada en dirección contraria es una diferencia.
Se llama Katia y trabaja en la contabilidad de un despacho en una avenida muy transitada. De entre todas las personas es ella quien sobresale. Por lo menos para mí, pues es a quien voy a matar. Hace dos días que viene llegando temprano al trabajo provocando un, hasta ahora, caos limitado. Cuando la vecina de cubículo de Katia (su nombre no importa pues no ha botado aún) enfermó, ella no tuvo a quien invitarle el café descafeinado; por consiguiente no tuvo con quien alargar la plática de su comida, regresó temprano de comer y ahora termina el trabajo asignado en horario laboral. Duerme temprano y sale a tiempo para que la persona parada en la esquina no la cuente como referencia y pierda el sentido de su tiempo que, a la vez, se convierte en el tiempo de los demás, atravesó la calle sin cuidado y provocó un accidente vehicular que involucró a mi esposa dejándola en coma. Las coincidencias me han traido hasta Katia. La línea a seguir esta definida: su vecina de cubículo y quienquiera que la haya contagiado para que faltara a trabajar siguen en la lista.
Lo más cómodo de las idiosincrasias -pues son varias- es que nadie las nota. No hubo ayer una persona parada en ésta esquina esperando a que una mujer vestida de verde pasara hoy con un vestido azul acomodándose el cabello tal como lo hizo antes y, como seguramente, hará después y cada vez que se le haga tarde. Todo por desvelarse la noche anterior terminando el trabajo que debió hacer en horario laboral pero no logró por platicar con la vecina de cubículo a quien siempre le invita el mismo café descafeinado en punto de las tres. Cuando todos en la oficina salen a comer.
Verán, cada día esta lleno de situaciones idénticas al anterior. Con dedicación se puede llegar un poco más allá. Siempre un poco más. Lo suficiente para notar quién bota entre el mar de similitudes. Lo único que se necesita para mover a toda una parvada en dirección contraria es una diferencia.
Se llama Katia y trabaja en la contabilidad de un despacho en una avenida muy transitada. De entre todas las personas es ella quien sobresale. Por lo menos para mí, pues es a quien voy a matar. Hace dos días que viene llegando temprano al trabajo provocando un, hasta ahora, caos limitado. Cuando la vecina de cubículo de Katia (su nombre no importa pues no ha botado aún) enfermó, ella no tuvo a quien invitarle el café descafeinado; por consiguiente no tuvo con quien alargar la plática de su comida, regresó temprano de comer y ahora termina el trabajo asignado en horario laboral. Duerme temprano y sale a tiempo para que la persona parada en la esquina no la cuente como referencia y pierda el sentido de su tiempo que, a la vez, se convierte en el tiempo de los demás, atravesó la calle sin cuidado y provocó un accidente vehicular que involucró a mi esposa dejándola en coma. Las coincidencias me han traido hasta Katia. La línea a seguir esta definida: su vecina de cubículo y quienquiera que la haya contagiado para que faltara a trabajar siguen en la lista.
miércoles, 4 de febrero de 2009
Policiaco
Cien escalofríos desfilaron por sus espaldas cuando ella, sentada bajo la luz de la única lámpara, levantó la cabeza descolgándo el terror de sus rostros.
El comandante confirmó lo que la sospecha susurraba en oídos de los agentes que la trasladaron al cuarto de seguridad. Recibieron orden de vigilarla.
El primero, aquel recargado a la pared donde está la puerta, no conseguía asimilar lo sucedido apenas minutos antes; una llamada de emergencia denunciando asalto a vivienda. Dos muertos y un menor herido. Cerró la radio y enfiló la patrulla a toda velocidad. Arribó a la escena antes que cualquiera y encontraría a la niña bañada en sangre ajena.
El segundo agente, del otro lado de la habitación, hallaría a los padres de la niña en la recámara principal. Empuñaba con fuerza su escopeta tanto más tiempo le sostenía la mirada guardándose la ira y asco por la escena presenciada.
El tercero, miraba intermitente al primero y al segundo, pero tratando de no perder detalle de la niña justo a su lado.
Entró al fin quien, a vista de cualquiera, parecía estar a cargo del edificio entero. Miró altanero al agente junto a la puerta, pasó revista a los otros dos y, con cantados movimientos sacó un pitillo que encendió de igual manera. Posó entonces sus ojos en los de la niña. De antemano sabía que, o dirigía las preguntas apropiadas, o se olvidaba de poder interrogarla. En dos bocanadas se sentó frente a ella y dejó caer una gruesa carpeta en la mesa, misma que se llenó de papeles y de sangre.
Al tiempo que cayó el pesado folio, azotó también la cabeza del comandante. Los tres agentes reaccionaron de inmediato pero, al levantar los brazos, solo aparentaron apuntar con escopetas. No tenían nada en las manos. Las armas descansaban sobre la mesa frente a la niña quien, lentamente, desollaba la garganta del comandante.
No se preocupen, prometo que no tardaré.
El comandante confirmó lo que la sospecha susurraba en oídos de los agentes que la trasladaron al cuarto de seguridad. Recibieron orden de vigilarla.
El primero, aquel recargado a la pared donde está la puerta, no conseguía asimilar lo sucedido apenas minutos antes; una llamada de emergencia denunciando asalto a vivienda. Dos muertos y un menor herido. Cerró la radio y enfiló la patrulla a toda velocidad. Arribó a la escena antes que cualquiera y encontraría a la niña bañada en sangre ajena.
El segundo agente, del otro lado de la habitación, hallaría a los padres de la niña en la recámara principal. Empuñaba con fuerza su escopeta tanto más tiempo le sostenía la mirada guardándose la ira y asco por la escena presenciada.
El tercero, miraba intermitente al primero y al segundo, pero tratando de no perder detalle de la niña justo a su lado.
Entró al fin quien, a vista de cualquiera, parecía estar a cargo del edificio entero. Miró altanero al agente junto a la puerta, pasó revista a los otros dos y, con cantados movimientos sacó un pitillo que encendió de igual manera. Posó entonces sus ojos en los de la niña. De antemano sabía que, o dirigía las preguntas apropiadas, o se olvidaba de poder interrogarla. En dos bocanadas se sentó frente a ella y dejó caer una gruesa carpeta en la mesa, misma que se llenó de papeles y de sangre.
Al tiempo que cayó el pesado folio, azotó también la cabeza del comandante. Los tres agentes reaccionaron de inmediato pero, al levantar los brazos, solo aparentaron apuntar con escopetas. No tenían nada en las manos. Las armas descansaban sobre la mesa frente a la niña quien, lentamente, desollaba la garganta del comandante.
No se preocupen, prometo que no tardaré.
miércoles, 28 de enero de 2009
La gente común
Antonio no tiene características que le hagan resaltar de otras personas. Su nombre es uno que se halla fácilmente en la guía telefónica y, la manera tan cortés de dirigirse a las personas, es algo común en el círculo donde se desenvuelve. Es por razones como éstas que nunca se ha tomado la molestia de aparentar comportamientos ajenos o, vaya, de pensar siquiera en que podría ser un poco diferente. Digamos, pues, que la vida de Antonio es como la de la gran mayoría de las personas: aquellos que se aceptan por quienes y cómo son.
Hace algunas noches que un sueño ha tenido a bien arrebatarle la modorra. Pero el estoicismo -típico en personas como él- le hace mirar de largo e ignorar el aparente problema. Siempre es aparente cuando, al no prestarle atención, desaparece de nuestras vidas y nos deja ser tan comunes como nos plazca. Y ésta no fue la excepción. El sueño, como muchos otros, mermó en intensidad para reducirse a un súbito espasmo en la pierna o el brazo de vez en cuando. Hace dos noches quedó bajo su completo dominio al despabilarle de un cabezazo apenas cinco minutos antes de que su reloj despertador le asistiera.
Alegre por la victoria personal pensó que no habría nada que no pudiera sobrellevar de la misma manera en futuras ocasiones. Evocó sus días de preparatoria mientras se ponía la bata y preparaba café para el desayuno; pensó en cuando Mariana le hizo notar que era sólo un chico del montón y no tendría problemas para ingresar a cualquier Universidad. Ésos lugares están llenos de gente común y corriente para hacer quedar bien a los listos y aventurados, escuchó Mariana de su padre alguna vez y ella repitió el mensaje hacia Antonio -y prácticamente a cualquier persona que se le cruzara-. Antonio dejó escapar una mueca de satisfacción pensando en la Mariana actual, la que limpia mesas en un bar para pagar los pañales de un niño que tuvo meses después del sonado escándalo sexual de un profesor de Historia. La gente que habla de más siempre es la primera en caer -pensó para sí- mientras regulaba la temperatura de la regadera.
La gente común tiene sus idiosincrasias bien definidas: Antonio no usa el tubo para toallas, en cambio, coloca la toalla en el cortinero para no mojar el piso del baño. De vez en cuando, la toalla cae pero lo advierte y la alcanza antes de que toque el suelo. La mañana que despertó cinco minutos antes de lo acostumbrado, declarándose vencedor de su propio sueño, se puso la bata, preparó café y se burló de una antigua compañera de clases, vio caer su toalla tres veces y tres veces la jaló. Sin embargo, la última vez pareció que la bata era jalada desde el otro lado. Se habrá atorado -pensó- pero antes de correr la cortina para ver qué la detenía, atisbó una extraña silueta dibujada en la cortina de baño. Brincó hacia atrás del susto soltando la toalla que fue a dar del otro lado y encima de la figura que se embarraba en la cortina. Miró perplejo cómo aquello se quitaba lentamente la toalla de encima. Intentaba adivinar su naturaleza; si tuviera que hacer uso de los recuerdos infantiles de cuanto espécimen fantástico habitaba los cuentos para antes de dormir, adivinaría que se trataba de un enano, o mejor dicho, de un bebé crecido, un bebe obeso que tenia lonjas incluso en los brazos, emitía un sonido gutural, como el que hacen los sordomudos al esforzarse por hablar. La diferencia notable era que aquello se estaba esforzando por gritar, lo cual lo hacía más aterrador. El ente tiró de la cortina y ésta se fue descolgando aro por aro. Ya pálido, tirado y temblando en la esquina, Antonio sólo pudo mirar con horror que eso, fuera lo que fuera, se descubriría ante él y sabrá Dios qué es lo que le haría.
Entonces Antonio despertó de súbito. Eran las dos treinta de la mañana.
Se recostó por tercera vez esa noche y pensó que era tiempo de ver a un psiquiatra.
Hace algunas noches que un sueño ha tenido a bien arrebatarle la modorra. Pero el estoicismo -típico en personas como él- le hace mirar de largo e ignorar el aparente problema. Siempre es aparente cuando, al no prestarle atención, desaparece de nuestras vidas y nos deja ser tan comunes como nos plazca. Y ésta no fue la excepción. El sueño, como muchos otros, mermó en intensidad para reducirse a un súbito espasmo en la pierna o el brazo de vez en cuando. Hace dos noches quedó bajo su completo dominio al despabilarle de un cabezazo apenas cinco minutos antes de que su reloj despertador le asistiera.
Alegre por la victoria personal pensó que no habría nada que no pudiera sobrellevar de la misma manera en futuras ocasiones. Evocó sus días de preparatoria mientras se ponía la bata y preparaba café para el desayuno; pensó en cuando Mariana le hizo notar que era sólo un chico del montón y no tendría problemas para ingresar a cualquier Universidad. Ésos lugares están llenos de gente común y corriente para hacer quedar bien a los listos y aventurados, escuchó Mariana de su padre alguna vez y ella repitió el mensaje hacia Antonio -y prácticamente a cualquier persona que se le cruzara-. Antonio dejó escapar una mueca de satisfacción pensando en la Mariana actual, la que limpia mesas en un bar para pagar los pañales de un niño que tuvo meses después del sonado escándalo sexual de un profesor de Historia. La gente que habla de más siempre es la primera en caer -pensó para sí- mientras regulaba la temperatura de la regadera.
La gente común tiene sus idiosincrasias bien definidas: Antonio no usa el tubo para toallas, en cambio, coloca la toalla en el cortinero para no mojar el piso del baño. De vez en cuando, la toalla cae pero lo advierte y la alcanza antes de que toque el suelo. La mañana que despertó cinco minutos antes de lo acostumbrado, declarándose vencedor de su propio sueño, se puso la bata, preparó café y se burló de una antigua compañera de clases, vio caer su toalla tres veces y tres veces la jaló. Sin embargo, la última vez pareció que la bata era jalada desde el otro lado. Se habrá atorado -pensó- pero antes de correr la cortina para ver qué la detenía, atisbó una extraña silueta dibujada en la cortina de baño. Brincó hacia atrás del susto soltando la toalla que fue a dar del otro lado y encima de la figura que se embarraba en la cortina. Miró perplejo cómo aquello se quitaba lentamente la toalla de encima. Intentaba adivinar su naturaleza; si tuviera que hacer uso de los recuerdos infantiles de cuanto espécimen fantástico habitaba los cuentos para antes de dormir, adivinaría que se trataba de un enano, o mejor dicho, de un bebé crecido, un bebe obeso que tenia lonjas incluso en los brazos, emitía un sonido gutural, como el que hacen los sordomudos al esforzarse por hablar. La diferencia notable era que aquello se estaba esforzando por gritar, lo cual lo hacía más aterrador. El ente tiró de la cortina y ésta se fue descolgando aro por aro. Ya pálido, tirado y temblando en la esquina, Antonio sólo pudo mirar con horror que eso, fuera lo que fuera, se descubriría ante él y sabrá Dios qué es lo que le haría.
Entonces Antonio despertó de súbito. Eran las dos treinta de la mañana.
Se recostó por tercera vez esa noche y pensó que era tiempo de ver a un psiquiatra.
miércoles, 10 de diciembre de 2008
Es más bello así
Corrí tres calles sin pensar en qué pudo ser aquello que me despertó de súbito a media noche. Ha sido el peor sentimiento de miedo que jamás quise encontrar. El miedo te encuentra, me decían de niño. Ahora, el otrora escéptico de lo inverosímil, les da razón a sus abuelos.
Nunca me había detenido a mirar la belleza que oculta la calle de mi barrio. Ese tímido primor -supongo habrá en tantos otros barrios- calla esperando alguien que ofrezca un poco de tiempo para elucidar el esplendor que, en otros días, enmudecía el mal humor.
Mírate ahora, lindura; devorada por el hambre de carteles y arrebatada en tu derecho por puestuchos de comida cuyo daño a la salud de la gente ejemplifica perfecto el daño que impacta tu lindeza ajena. Si, lindeza; mi abuelo me enseñó un sinfín de palabras así tanto para lo bueno como para lo malo. Lo que había en mi habitación era, sin pensarlo dos veces, malo como el mismo Lucifer.
Los muros centenarios se iluminan a cada paso de vuelta a casa; que delicadeza en el trazo del artista, que dedicación para lograr edificios de tal gallardía. Yo vivo en aquél que está en la esquina. La escalinata semicircular da bienvenida sin discriminar el lado por el que se encuentre. Claro ejemplo de la bondad del arquitecto. Realmente me sorprende la gracia del barrio por la noche que, por razones que desconozco, ahora parece de día. Todo es tan claro que confunde el no ver personas agitadas por este paso discriminando la magnificencia de la entrada principal.
Mi habitación es la segunda del tercer piso. La escalinata se muestra coordinada con el hermoso tapiz; todas las puertas están cerradas salvo la mía. Al salir corriendo no advertí muchas cosas, pero sí estoy seguro de haber dormido solo. Ahora hay dos personas en mi cuarto.
En silencio me acerqué a quien yace junto a otro recostado en mi cama. ¡Mi cama! Como ráfaga salió un tercero, alcancé a notar que llevaba una maleta al hombro, ¿quién era ese?, ¿quién es éste sentado junto al que duerme?
No, no duerme, yace para siempre. Quien sea que esté sentado junto a él le ha quitado un enorme cuchillo del pecho. Vamos, dijo tranquilo sin mirarme, es hora de partir. ¿Partir?, ¡yo no voy a ningún lado!
En dos movimientos, el tipo me tenía sujeto de ambas manos. ¿Ya notaste como todo es más bello cuando mueres?
Quedó claro, el tipo tendido en mi cama era yo. O lo fui en vida.
Acompañé al hombre misterioso a donde todo estaba ya completamente iluminado y si, eternamente más bello.
Nunca me había detenido a mirar la belleza que oculta la calle de mi barrio. Ese tímido primor -supongo habrá en tantos otros barrios- calla esperando alguien que ofrezca un poco de tiempo para elucidar el esplendor que, en otros días, enmudecía el mal humor.
Mírate ahora, lindura; devorada por el hambre de carteles y arrebatada en tu derecho por puestuchos de comida cuyo daño a la salud de la gente ejemplifica perfecto el daño que impacta tu lindeza ajena. Si, lindeza; mi abuelo me enseñó un sinfín de palabras así tanto para lo bueno como para lo malo. Lo que había en mi habitación era, sin pensarlo dos veces, malo como el mismo Lucifer.
Los muros centenarios se iluminan a cada paso de vuelta a casa; que delicadeza en el trazo del artista, que dedicación para lograr edificios de tal gallardía. Yo vivo en aquél que está en la esquina. La escalinata semicircular da bienvenida sin discriminar el lado por el que se encuentre. Claro ejemplo de la bondad del arquitecto. Realmente me sorprende la gracia del barrio por la noche que, por razones que desconozco, ahora parece de día. Todo es tan claro que confunde el no ver personas agitadas por este paso discriminando la magnificencia de la entrada principal.
Mi habitación es la segunda del tercer piso. La escalinata se muestra coordinada con el hermoso tapiz; todas las puertas están cerradas salvo la mía. Al salir corriendo no advertí muchas cosas, pero sí estoy seguro de haber dormido solo. Ahora hay dos personas en mi cuarto.
En silencio me acerqué a quien yace junto a otro recostado en mi cama. ¡Mi cama! Como ráfaga salió un tercero, alcancé a notar que llevaba una maleta al hombro, ¿quién era ese?, ¿quién es éste sentado junto al que duerme?
No, no duerme, yace para siempre. Quien sea que esté sentado junto a él le ha quitado un enorme cuchillo del pecho. Vamos, dijo tranquilo sin mirarme, es hora de partir. ¿Partir?, ¡yo no voy a ningún lado!
En dos movimientos, el tipo me tenía sujeto de ambas manos. ¿Ya notaste como todo es más bello cuando mueres?
Quedó claro, el tipo tendido en mi cama era yo. O lo fui en vida.
Acompañé al hombre misterioso a donde todo estaba ya completamente iluminado y si, eternamente más bello.
viernes, 5 de diciembre de 2008
Cuatro minutos
Eso habrá ocurrido por los días en que el tiempo se volvió la medida absoluta de todas las cosas. Antes no podría considerarse la envergadura total; no se decía, por ejemplo, el choque de trenes fue veintisiete minutos desastroso, o, te amaré hasta que muera o pasen quince años, ocho meses, trece días, dos horas y seis minutos. Lo que ocurra primero. Claro, en estos días es igual de improbable acontecer un choque de trenes que amar a otro ser humano.
La sociedad de avanzada quedó al fin delegada cuando los diecisiete ancianos publicaron las nuevas leyes mundiales. Las de mayor notoriedad, aquellas que prohíben comunicarse en más de cinco idiomas o dialectos; o, el nuevo límite en acopio de comportamientos dentro de un tiempo establecido. La élite de oradores calificados otorgó nitidez a cada uno de los setecientos veintidós puntos que conforma el nuevo orden de organizaciones estatales.
Los beneficios saltan a la vista: la espera para recibir atención orgánica se ha simplificado, la intervención de organizaciones estatales en las decisiones agilizan cada proceso mental; el uso de vestidos biológicos fue revocado con la instauración de regulaciones climáticas personales. Solo la gente que no acepte los términos recibirá descargas de baja temperatura. La disposición de cadáveres ahora solo es cuatro minutos triste.
Solo antes de morir nos es otorgado el privilegio de escribir nuestras impresiones en vida; siendo éste, el discurso oficial que la élite de oradores calificados aprueba.
Me consuela sobremanera el hecho que la tristeza provocada por mi deceso será cuatro minutos relevante al mundo.
La sociedad de avanzada quedó al fin delegada cuando los diecisiete ancianos publicaron las nuevas leyes mundiales. Las de mayor notoriedad, aquellas que prohíben comunicarse en más de cinco idiomas o dialectos; o, el nuevo límite en acopio de comportamientos dentro de un tiempo establecido. La élite de oradores calificados otorgó nitidez a cada uno de los setecientos veintidós puntos que conforma el nuevo orden de organizaciones estatales.
Los beneficios saltan a la vista: la espera para recibir atención orgánica se ha simplificado, la intervención de organizaciones estatales en las decisiones agilizan cada proceso mental; el uso de vestidos biológicos fue revocado con la instauración de regulaciones climáticas personales. Solo la gente que no acepte los términos recibirá descargas de baja temperatura. La disposición de cadáveres ahora solo es cuatro minutos triste.
Solo antes de morir nos es otorgado el privilegio de escribir nuestras impresiones en vida; siendo éste, el discurso oficial que la élite de oradores calificados aprueba.
Me consuela sobremanera el hecho que la tristeza provocada por mi deceso será cuatro minutos relevante al mundo.
miércoles, 26 de noviembre de 2008
El niño de plata
La pintura de laca que reviste de pies a cabeza le hace aparecer notable a la distancia. Malabarista que atiende a los suyos antes que su salud es de respeto. A diez pasos el niño juega con la caja que otros patearon por ser un estorbo en la vía rutinaria que domina a los hombres de traje impecable y corbata fina. Aquél que se entretiene con lo desechable está seguro que el traje de su padre brilla más que cualquiera y, aunque sumergido en el trance de su propia rutina, goza de más libertad que quienes solo saben voltear el rostro en esa repulsión cantada que les provoca ver a un ser que pierde el respeto por su bienestar.
La base del comportamiento humano descansa en el primer contraste que luego se multiplicará y mezclará con otros para complicar la idea primigenia y dar pie a materias de enseñanza llamadas la base del comportamiento humano para comprender su simpleza.
Si alguna deuda tenemos con la rutina es la maestría en las actividades realizadas; el malabarista esquiva los autos como si de personas en la acera se trataran; pero, cual insurgente contra la multitud, un auto no respetó el sentido del resto y de un golpe dio fin a aquél que guardo en vida el mismo respeto por la calle que por su propia salud.
La reacción inmediata del niño, al no haber aprendido el oficio del padre y, por ende, carecer de la visión de vida que éste querría para su vástago, fue acercar el bote de pintura a donde yace el malabarista.
Los hombres confinados al dictamen de una fina corbata jamás entenderán por que el niño vació la pintura en su boca, pero alguna pista tendrán al verlos uno sobre otro en medio de la calle, estorbando la vía rutinaria que domina a los hombres de traje impecable.
La base del comportamiento humano descansa en el primer contraste que luego se multiplicará y mezclará con otros para complicar la idea primigenia y dar pie a materias de enseñanza llamadas la base del comportamiento humano para comprender su simpleza.
Si alguna deuda tenemos con la rutina es la maestría en las actividades realizadas; el malabarista esquiva los autos como si de personas en la acera se trataran; pero, cual insurgente contra la multitud, un auto no respetó el sentido del resto y de un golpe dio fin a aquél que guardo en vida el mismo respeto por la calle que por su propia salud.
La reacción inmediata del niño, al no haber aprendido el oficio del padre y, por ende, carecer de la visión de vida que éste querría para su vástago, fue acercar el bote de pintura a donde yace el malabarista.
Los hombres confinados al dictamen de una fina corbata jamás entenderán por que el niño vació la pintura en su boca, pero alguna pista tendrán al verlos uno sobre otro en medio de la calle, estorbando la vía rutinaria que domina a los hombres de traje impecable.
lunes, 10 de noviembre de 2008
¿Será por eso?
Tengo un secreto guardado en la pared. Nunca supe de donde venían esas notas o como es que aparecían, pero se hacen más frecuentes; un día está como separador en mi libro de cuentos o en mi zapato y hasta en la sopa me han hallado. Son un fastidio y eso que apenas ha pasado una semana. La primera nota la tenía mi tío en sus manos; mi mamá me regaño por tocar al muerto y más se molestó cuando le dije que él me había hablado por que tenía algo para mi. El resto del día lo pasé muy aburrido en el cuarto de galletas y café; mi mamá no paraba de llorar y me hizo entender que la funeraria está dispuesta a conductas como la de ella y no como la mía. Ahí me dejó contando a las personas que entraban por café y galletas diciéndome que fuera más como mis primos, pero me pegaban cuando preguntaba si levantar faldas era mejor que tomar algo que me habían regalado. Niño loco, refunfuñaban al salir. Tiré el café y las galletas por la ventana, así no tendrían pretexto para regresar y yo podría buscar que lo que la pared guardaba para mi. El llanto de mi madre se confundía entre la perdida de su hermano y mi inusual comportamiento. Cuando les decía que él me hablaba y me mandaba recados solo me ganaba tundas que, más de una vez, fingí me dejaban inconsciente para no soportar tal maltrato. En las paredes de mi cuerto no había nada; en ninguna de la casa; el tapiz hace más difícil ver que hay detrás. El colmo llegó cuando, tratando de defenderme, golpee a aquel doctor con un martillo que no recordaba haber usado. Solo añicos quedaron de todos sus cuadros y diplomas. Ni ese ni los de éste lugar son doctores normales; no tienen batas ni esas cosas que les cuelgan del cuello. Nadie me hace caso aquí, les digo que necesito una navaja por que no puedo abrir los colchones en la pared.
viernes, 7 de noviembre de 2008
Olor a jazmín
La sonrisa de Sandra caía más como mueca que como gesto alegre. Noche tras noche viene y se sienta en el mismo sitio. Ni cambiándola de lugar cesa su presencia. Enorme susto me llevé cuando saque la vieja silla del cuarto y, apenas hube recostado la cabeza en la almohada, se manifestó sentada como la noche anterior, como en los últimos días. Siempre cuadrada, espalda recta piernas juntas y manos, una sobre la otra, posadas sobre el regazo; la cara lavada y cabellera bien peinada; juraría que aún conserva el olor a jazmín que destilaba el día que murió. Será que pierdo la razón.
El vago que la vio habrá pensado que estaba despierta con esos enormes ojos grises resplandeciendo en claro reto a la noche y la sonrisa perfecta disimulando el dolor que le habrá producido la violación de que fue objeto. Aquél basurero quizás no fue la primera opción su asesino, pero, según reportes policiales, no tuvo opción.
Sandra me contempla soberbia desde su silla ya no en tono de ruego como las primeras noches; sino con la exigencia que le merecía su búsqueda por justicia aún más allá de la conciencia. La primera noche dejó claro que solo la muerte de su asesino la dejaría tranquila. Las noches subsecuentes discutimos su postura. Pero las suposiciones solo me dejan claro cuan lejano estoy de sufrir suerte similar. Un leve movimiento de su ceja me dejaba mudo. Tiene que morir, resultó la bandera en que se enfundaba cuando la plática ya no le agradaba. Tiene que morir me acompañaba todo el día y era rematado durante toda la noche ahuyentando mi sueño. Al fin me puse en pie para, en medio de penumbras, ver una vez más la mueca émulo de sonrisa que usaba en aquellos días de escuela, cuando yo era el centro de toda su atención y ella el recipiente de mis relatos de historia. Como entonces, yo de pie y ella sentada; voy al baño, saco la navaja de afeitar y complazco la súplica que desde hacía días tiró mi razón a lo más lejano de la conciencia.
El vago que la vio habrá pensado que estaba despierta con esos enormes ojos grises resplandeciendo en claro reto a la noche y la sonrisa perfecta disimulando el dolor que le habrá producido la violación de que fue objeto. Aquél basurero quizás no fue la primera opción su asesino, pero, según reportes policiales, no tuvo opción.
Sandra me contempla soberbia desde su silla ya no en tono de ruego como las primeras noches; sino con la exigencia que le merecía su búsqueda por justicia aún más allá de la conciencia. La primera noche dejó claro que solo la muerte de su asesino la dejaría tranquila. Las noches subsecuentes discutimos su postura. Pero las suposiciones solo me dejan claro cuan lejano estoy de sufrir suerte similar. Un leve movimiento de su ceja me dejaba mudo. Tiene que morir, resultó la bandera en que se enfundaba cuando la plática ya no le agradaba. Tiene que morir me acompañaba todo el día y era rematado durante toda la noche ahuyentando mi sueño. Al fin me puse en pie para, en medio de penumbras, ver una vez más la mueca émulo de sonrisa que usaba en aquellos días de escuela, cuando yo era el centro de toda su atención y ella el recipiente de mis relatos de historia. Como entonces, yo de pie y ella sentada; voy al baño, saco la navaja de afeitar y complazco la súplica que desde hacía días tiró mi razón a lo más lejano de la conciencia.
martes, 4 de noviembre de 2008
El brote
La fuente de niño tiene horas mirando hacia mi ventana. Poco a poco fuimos conociendo la naturaleza de su comportamiento. Ahora se puede decir, sin temor a errar que, cuando un vecino entra en algún tipo de crisis, el brote hará aparición frente a su casa.
Muchos le decimos simplemente brote a aquello que un buen día vio su oportunidad para asomarse del pavimento. Tantas teorías teníamos al principio que ya he olvidado la mayoría; pero aún tengo fresco en la memoria el día que nuestra preocupación acrecentó. Dos gemelas perdieron a su hermana Lucía. La mañana siguiente la niña esculpida en piedra decoraba una fuente al centro del parque. El brote que otrora amenazara amorfo frente a la primera glorieta del barrio ya no estaba y las conclusiones se fueron dibujando en los rostros de quienes admirábamos la trágica belleza de la fuente.
El padre de Lucía desapareció el día siguiente y una serie de agujeros se ubicaron frente a su casa. Sucede que el tipo propinaba toda clase de vejaciones a sus tres hijas. Fue noticia de primera plana. La indignación generalizada turbó el ambiente. Cada mañana la fuente acusadora se apostaba frente a una fachada distinta, esto hacía que los vecinos sospecharan de si mismos. Tuvimos que aprender a convivir medidos con la vara del brote pero es simplemente imposible no tener secretos. Desgraciadamente nadie se ha querido ir; nos hemos dado cuenta de que uno siempre posee una verdad de importancia para alguien más. Con quién estuvo la esposa de tal; cuantos niños han entrado en la casa de no se quién. Pero nadie más que la estatua parece tener la iniciativa. Terminamos odiándonos y observando a la fuente cada mañana para escarbar más profundo en nuestras ya miserables vidas.
Hoy, el niño de la fuente es el director de una orquesta de miradas que apuntan directamente hacia mí. No hay ruido alguno, no hay murmullos. Ya hemos visto como los acusados se quiebran y confiesan todos sus pecados en el instante que la multitud marca el parpadeo sincronizado. Algunos todavía están en bata, estoy seguro que ninguno se ha bañado o siquiera rasurado pues ya dejamos de vivir así. Desde el umbral de mi puerta contemplo el paso uniforme con que la muchedumbre se aglomera. La gente a este nivel de coordinación es como una sola persona pensante e independiente; mientras uno de ellos quiera conceder a la estatua el poder de juzgar para limpiar sus manos, solo le hace falta un compañero para ser más fuerte que uno que esté en contra. Eso lo supe ya muy tarde, cuando me dieron la paliza que me mató. Fue un error acercarme a la estatua mazo en mano. Un solo golpe bastó para derribarme. Inmediatamente pude contemplar la escena desde lo alto de la masa iracunda; sentí cada golpe, cada hueso roto, la sangre aglomerándose en extremidades y cabeza y explotando por cada poro. Lo más extraño y horrible imaginable pues mis manos y piernas eran ya de piedra. Miraba a todos lados pero mi cabeza no se movía No quito la vista de el charco de sangre bajo la masa que minutos antes caminara y respirara.
Muchos le decimos simplemente brote a aquello que un buen día vio su oportunidad para asomarse del pavimento. Tantas teorías teníamos al principio que ya he olvidado la mayoría; pero aún tengo fresco en la memoria el día que nuestra preocupación acrecentó. Dos gemelas perdieron a su hermana Lucía. La mañana siguiente la niña esculpida en piedra decoraba una fuente al centro del parque. El brote que otrora amenazara amorfo frente a la primera glorieta del barrio ya no estaba y las conclusiones se fueron dibujando en los rostros de quienes admirábamos la trágica belleza de la fuente.
El padre de Lucía desapareció el día siguiente y una serie de agujeros se ubicaron frente a su casa. Sucede que el tipo propinaba toda clase de vejaciones a sus tres hijas. Fue noticia de primera plana. La indignación generalizada turbó el ambiente. Cada mañana la fuente acusadora se apostaba frente a una fachada distinta, esto hacía que los vecinos sospecharan de si mismos. Tuvimos que aprender a convivir medidos con la vara del brote pero es simplemente imposible no tener secretos. Desgraciadamente nadie se ha querido ir; nos hemos dado cuenta de que uno siempre posee una verdad de importancia para alguien más. Con quién estuvo la esposa de tal; cuantos niños han entrado en la casa de no se quién. Pero nadie más que la estatua parece tener la iniciativa. Terminamos odiándonos y observando a la fuente cada mañana para escarbar más profundo en nuestras ya miserables vidas.
Hoy, el niño de la fuente es el director de una orquesta de miradas que apuntan directamente hacia mí. No hay ruido alguno, no hay murmullos. Ya hemos visto como los acusados se quiebran y confiesan todos sus pecados en el instante que la multitud marca el parpadeo sincronizado. Algunos todavía están en bata, estoy seguro que ninguno se ha bañado o siquiera rasurado pues ya dejamos de vivir así. Desde el umbral de mi puerta contemplo el paso uniforme con que la muchedumbre se aglomera. La gente a este nivel de coordinación es como una sola persona pensante e independiente; mientras uno de ellos quiera conceder a la estatua el poder de juzgar para limpiar sus manos, solo le hace falta un compañero para ser más fuerte que uno que esté en contra. Eso lo supe ya muy tarde, cuando me dieron la paliza que me mató. Fue un error acercarme a la estatua mazo en mano. Un solo golpe bastó para derribarme. Inmediatamente pude contemplar la escena desde lo alto de la masa iracunda; sentí cada golpe, cada hueso roto, la sangre aglomerándose en extremidades y cabeza y explotando por cada poro. Lo más extraño y horrible imaginable pues mis manos y piernas eran ya de piedra. Miraba a todos lados pero mi cabeza no se movía No quito la vista de el charco de sangre bajo la masa que minutos antes caminara y respirara.
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