martes, 14 de julio de 2015

Schizophrénie

Las condiciones actuales de mi ir y venir por este océano de casualidades me pasan de largo. Actúo en un sopor de costumbres definidas. Todo lo resumo en una palabra: pesadillas.
No se tratan, empero, de malos sueños que remiten a temores primigenios. No tengo certeza de cómo hallamos refugio de los miedos y no pretendo emprender ese viaje por ahora.
Lo que me atañe, reitero, no es producto de la imaginación: sino de recuerdos.
Para mi, un día normal empieza muy temprano y termina muy tarde. Esto es de lunes a viernes; de seis de la mañana hasta media noche. Reparto mi tiempo entre responsabilidades que afectan a muy pocas personas y, definitivamente, no marcan diferencia alguna en la vida del resto. Mis días pasarán en un suspiro, ajenos a las preocupaciones de la mayoría y, por desgracia, ajenos también a las consideraciones de mi círculo familiar inmediato.
Es mi familia la primera que no me toma en serio. No los culpo. Siendo sinceros, me sorprende que mantengan comunicación conmigo después de tantas tragedias provocadas. Quizá la palabra tragedia es demasiado. Me limitaré a llamarle "ciclos de eventos desagradables".
No es para menos. Desde que era niño fui testigo de la bonanza progresiva de las familias de mis amistades; los compañeros de la cuadra; los camaradas. Todos, sin excepción, mostraron alguna mejoría si tomamos como referencia el estoicismo socioeconómico que perduró en mi hogar. Allí, en ese compacto departamento de cincuenta metros cuadrados la vida pareció detenerse.
Yo debí tener ambiciones distintas; crecer de manera académica y profesional. Realizarme, viajar a Europa, malcriar hijos y dar todas las satisfacciones que nunca pude llevarle a mis padres. En vez de eso, me dediqué a evitar nuestro progreso al convertirme en el blanco de todas sus atenciones y un pozo sin fondo para dinero desperdiciado en terapias.
En aquellos tiempos fui el único en contra de platicarle mis cosas a un completo extraño. Un alto señor que, cada vez que mi memoria lo recupera, le ubica frente a un muro lleno de fotocopias de diplomas enmarcadas con desgano. Un intenso olor a cigarro atrapado en todos los muebles de la sala de espera siempre repleta de personas que no encajaban en sus cuerpos: Sujetos con caras de niño y brazos de anciano; señoras identificadas con sus propias hijas, quienes se sentaban junto a ellas, vistiendo las mismas prendas. Cogiéndose al mismo hombre. No era ambiente para un niño de diez años. No importa cuánto me digan que lo necesitaba y el bien que me haría.
La primera vez que me vi forzado a platicar con el señor de los diplomas le dije todo. Desde el principio sin omitir detalles. El tipo no levantó ni una ceja.
Las palabras no surtían el mismo efecto en este auto proclamado doctor que provocaban en mi madre: en la parte de la historia que ella interrumpía a gritos y manotazos, el doctor suspiraba de hastío. El pasaje con el que mi hermana de siete años casi enloquece invocó un profundo bostezo en mi escucha. Incluso el relato de la noche de los tres gigantes que a mi me entregaba escalofríos no mereció mas que un carraspeo. Esto ocurrió cada miércoles durante los siguientes siete meses. La ruina económica de mis padres tuvo como resultado que me olvidara de contar historias. Distinciones de realidad ideada, decía aquél enjuto doctor.
Han pasado veinte años sin redención. Cada fin de semana visito a mi madre para sentarme en la mesa plena de comida y cuyo objetivo consiste en evitar que nos hablemos o miremos a los ojos. Durante dos décadas olvidé aportar lo único que podía: mi realidad ideada.
Hoy mi hermana decidió cortar el pan con la noticia de la muerte de aquél psiquiatra que me ignorara durante siete meses. Fue tan abrupto como lo describo. Ni siquiera mencionó su nombre y, en realidad, creo que nunca se pronunció en casa. Se limitó a decir algo como, "Oye, ¿te acuerdas del loquero con el que te llevaban cuando éramos niños? Pues ya se murió. Me dijo Rubén."
El tal Rubén, por su puesto, es irrelevante. Pero la noticia provocó algo en mi. Despertó algo olvidado. De alguna manera, a decir por lo que he visto desde el momento que me enteré de su fallecimiento, el hechizo del doctor se esfumó con él.
Imagino que la técnica utilizada en mi problema perdió efecto en el momento que me hice consciente de que el único que nunca se impresionó con mis historias había desaparecido de este plano. Resulta obvio que el tipo llevaba muerto un rato. El tal Rubén es poco confiable con información sensible. De ahí que sea tan irrelevante.
¡Vaya, le esperan en el infierno todos los pacientes que se mataron! -dije entre risas- Mi madre estuvo a punto de soltar su primera carcajada en años cuando rematé, "yo debería estar en el grupo de bienvenida". Endureció el rostro.
Lo primero que noté fue una veloz silueta girando en la pared de la sala. Mi madre y hermana, que para contextualizar el momento, eran las únicas que estaban a la mesa conmigo, distinguieron de inmediato una mueca de decepción y se miraron en complicidad. Pasamos el resto de la comida en silencio; mi madre, mi hermana, la silueta giratoria y yo.
Lo molesto de las siluetas que giran, como deben saber, es que deforman los rostros de la gente que les da sombra. Por su puesto que tenía curiosidad de si volvería a vomitar como cuando, de niño, atestigüé a la silueta de mi madre girando y torciendo su quijada. En aquella ocasión sólo se posaban a la sombra de mi madre. Cuando esto ocurría, la deformación del rostro no se detenía con el tope natural que los husos y músculos ofrecen. La cabeza, se divide en dos hemisferios siendo los labios el ecuador. la parte superior gira en el sentido contrario que lo hace la inferior y rompe piel, músculo, nervios y hueso desparramando tanta sangre como debe existir en la zona. Tal vez cruzan un par de arterias importantes. Mientras más tiempo la vea, más rápido gira. Este relato provocaba que mi mamá, eufórica, manoteara y gritara que me callara.
Esta ocasión, la silueta se posó a la sombra de mi hermana. Tal vez por que ya es mayor de edad o por que alguna parte muy dentro de mi quiere que su cabeza se tuerza. Así que puse de lado los cubiertos y dejé de parpadear para ver cómo muy lentamente los ojos y nariz de mi hermana se deslizaban a la derecha, mientras su mentón se dirigía a la izquierda; la piel se estiró y asomó los músculos que nos permiten hacer mas de cien gestos. Su piel se rompió antes de tres cuartos de giro de cada lado y escuché tronar los huesos como si se pisara un pescuezo de pollo dentro de una bolsa de agua. La sangre cayó a la mesa y llenó su plato de comida. Ensució su vestido morado y siguió girando. Cuando cada uno de los hemisferios en que se había dividido su cráneo dio una vuelta completa y devolvió a mi hermana un aspecto más cómodo a la vista; claro, descontando esa frontera de sangre, piel viva y pellejos colgando, la silueta dejó de girar. Salió de la sombra que mi hermana proyectaba en la pared y camino con cautela hacia la sombra de mi madre. Repitió la dosis. Vi los dientes de ambas poblar la mesa. Comer se tornaba en una tarea imposible. No podía distinguir las salsas de sus fluidos y sus dientes se hacían pasar por pedazos de elote en mi mole de olla. Me apuré a comer como pude y puse rumbo a casa. No podría tolerar un minuto más de cabezas giratorias pues, cuando la silueta se aburrió de girar sus cabezas, comenzó una rutina con sus torsos. Demasiado para una comida -me dije-.
Por su puesto que no les comenté nada a ellas durante los casi cuarenta minutos que duró el espectáculo. Todo esto está en mi cabeza. Nunca supe qué lo provocaba pero aparentemente se reactivaron en el momento en que al estúpido loquero se le ocurrió colgar los tenis.
Curioso me resulta que fuera mi hermana quien me diera la noticia. Ella fue, sin duda, la más afectada con mis historias de la infancia. Se creía todo. Claro que no le iba a contar cómo pude ver con lujo de detalle anatómico la separación de sus huesos maxilofaciales. La anécdota de los rostros barridos  bastó para que me dejara de hablar el tiempo que duró mi terapia. Con el loquero en mejor vida, los patrones se están repitiendo. Me vine a encerrar a casa para escribir todo esto. Mi plan es simple: una vez que termine de redactar, imprimiré algunas copias y le pagaré a alguien para que lo lea en voz alta y que al final queme la hoja. Que lo haga con desprecio. Tratando de emular la apatía que el doctor siempre me destinó. Quemar la carta no tiene mas que la intención dramática del momento. Me parece elegante.
Así pues, vine a casa tratando de evitar contacto visual con cualquier persona. Después de las siluetas giratorias me esperan tres cosas: los rostros barridos, los tres gigantes y mi esperada muerte. Si no ejecuto mi plan, me puedo ir preparando para alcanzar al doctor en el infierno.
Los rostros barridos, o borrados, o eliminados, no son desagradables del todo. Hay mucha gente poco agraciada deambulando por las calles. Simplemente carecen de rostro. Lo que podría desesperarme un poco es el hecho de que, sin nariz y boca, no pueden acceder al delicado y preciso oxígeno para sobrevivir. Esto se traduce en un mar de gente retorciéndose en la calle en una asfixia multitudinaria. Gritos ahogados y desesperación de ciegos buscando abrirse la piel para respirar. Eventualmente todos mueren y me quedo sentado esperando a los tres gigantes. Una vez que lleguen éstos y hagan lo suyo, sólo me queda esperar la media noche para dejarme atrapar por el sueño. Toda la rutina empezará desde cero al día siguiente. Si no evito que esto suceda, me mataré. Cuando era niño tenía muy clara la manera de suicidarme. Incluso los gigantes ofrecieron su ayuda. Pero intervino mi madre para meterme a la puta terapia.
Los tres gigantes no lo son en el estricto sentido de la palabra. Mejor dicho, serían gigantes. Lo único que me ofrece esta última etapa de alucinaciones son tres cabezas de casi tres metros de altura. Tres cabezas que giran y chocan entre sí. Tres cráneos que me siguen a todos lados y a la menor descuido muerden con la intención de amputarme un miembro. Mientras escribo esto, puedo ver la silueta de una de ellas por la ventana que da al patio. Allá atrás están esperando a que me duerma antes de que se vayan a media noche. Si para mañana no consigo que alguien me ayude a leer e ignorar todo esto, voy a matarme. No concibo un día más con esta rutina. Existen quienes soportan procesos diarios más tortuosos; trabajan en oficina, educan a sus hijos. Detesto a esa gente y, especialmente, detesto su constante queja por cosas sin importancia.

Fin.

viernes, 2 de enero de 2015

Libros del 2014

Seré más disciplinado en todo lo que hago. El año pasado recuperé una actividad que, desde mis días de recién graduado, estaba abandonada: leer mucho.
No sólo leer. Eso lo hacemos todo el tiempo. En algún momento traté de explicar a mis amigos que, si sumamos el total de palabras leídas durante el día (repartidas entre anuncios espectaculares, publicaciones en facebook, noticias en periódicos, revistas o páginas web) al final de la semana habríamos terminado un libro de 300 páginas -el promedio del grueso de novelas contemporáneas-
Nuestro estilo de vida nos aleja de los objetivos y estamos siempre distraidos.
Así, pues, leer mucho. Quizá lo forcé con el absurdo propósito (pues todo propósito de año nuevo ha de ser absurdo) de terminar un libro cada semana. ¿Cincuenta y dos libros en un año? Parecía una empresa fácil. Máxime cuando tenía presente la tesis con que sermoneaba a mis amistades cada que se quejaban de no tener tiempo de leer.
Irónicamente, ése fue mi pretexto al final.
Quise hacer mucho durante el año, ¿y quién no?
En retrospectiva, creo que sí lo hice. Corrí una carrera de 5 km por vez primera. Cosa que requirió entrenamiento y me impulsó a buscar otros eventos hasta que una absurda lesión en la rodilla me apaciguara el tremendo bicho de "querer correr".
Durante el primer trimestre del año llegó la asombrosa y feliz noticia de que sería padre por segunda vez. Situación que provocó que modificara cantidad de comportamientos a riesgo de perder algunas amistades por el desgaste que dejar de frecuentarlos provoca. Por suerte hay Internet y supe de todos ellos desde una prudente distancia. Los buenos amigos siguen ahí, no solo a la espera de volverme a ver, sino felices por que mi familia crece y entienden que esto me hace inmensamente feliz.
Estas condiciones absorbieron tiempo que tuve que tomar de aquél que había destinado a la lectura masiva.

Haré un rápido recuento de los libros que pude terminar:

Balas en los ojos y El siglo de las mujeres: Novelas 1 y 2 del autor Gabriel Rodríguez Liceaga. Un escritor contemporáneo que ha sabido ganarse lectores a través de la interacción por Internet. Digamos que ya era un escritor conocido antes de que sacara su primera colección de cuentos. Para mí, un modelo a seguir.
El primer libro es "el ejercicio inicial del escritor". Donde se ponen a pruebas los alcances y se pulen las habilidades de narrador. Imposible para mí no compararlo con "Un hilito de sangre" de Eusebio Ruvalcaba, su mentor. Además de "El guardián en el centeno" de Sallinger y "En busca de Alaska", de John Green. Buen libro como ejercicio de apertura, aunque al autor le fastidie (Cuando le pregunté, me dijo que esa novela la escribió en la peda y la revisó en la cruda). Carece del enamoramiento hacia la ópera prima. El segundo libro le representa un crecimiento notorio. La prosa es elaborada aunque me parece que, más que defender el género femenino de este despiadado mundo de las letras donde las mujeres casi no se ven, se escuda en él y no lo pone en el lugar que busca como sí hiciera Carl Sagan en "Contacto", por ejemplo. Pero estoy comparándolo injustamente con uno de mis autores favoritos.

Mientras escribo de Stephen King. De inmediato lo convertí en uno de mis libros básicos. Tal vez de los mejores que leí en el año. El autor hace un recuento de sus días dejando migas de pan para el escritor en ciernes. El crecimiento viene de la mano de la persistencia. Eso es King, un narrador persistente.

Vittorio de Anne Rice. Cuando empecé a leerlo, creí que no pararía con las novelas de Rice por un tiempo. Sin embargo, no me atrapó como esperaba. La acción es buena: en los tiempos de bonanza de la casa Medici, los duelos eran a espadazos y de frente. Ahí aparece Vittorio, único sobreviviente de un crudo ataque al castillo de su familia y su incansable búsqueda de venganza contra aquella súper erótica vampiresa que me ha devuelto la fe en las pelirrojas.

Los olvidados de Jesús Guerrero. Lo leí por dos razones, compararlo con la película de Buñuel (la familia Guerrero mantiene litigio hasta la fecha por el pago de regalías argumentando que el español se basó en la novela del ex profesor del IPN) y me debía una novela de Jorge Ibargüengoitia donde se relata un México pobre y sin esperanza de mejora. Ésta entró al quite.

El evangelio según Jesucristo y Caín de José Saramago. Si tan solo la primera hubiera sido un viaje fantasioso y divertido como lo es la segunda, habría disfrutado ambas novelas. Pero quedó un sinsabor al dejarme llevar por las recomendaciones del autor sobre cómo no tomarse tan en serio al divino hijo del creador (la desmitificación de las deidades siempre se agradece) que tuve que lavar con Caín. Divertidísimo viaje en el tiempo de la primera creación del padre de Cristo que lo hace una especie de "Time cop".

Jornadas desde la Tierra de Hermann Hesse. Mi autor favorito de toda la vida merece que lo lea al menos una vez al año. Un cuento largo o novela breve, no sé cómo catalogarla. Trata de un misterioso grupo de hombres misteriosos que se dedican a revelar misterios enterrados en tierras aún más misteriosas. Es ideal para un viaje en camión de una hora.

Farenheit 451 de Ray Bradbury. Ni la portada ni el título me animaban a leerlo. Pero algo había en el nombre del autor. Algo me sonaba. Yo, que me creía un fanático de la ciencia ficción, nunca había leído nada de Ray hasta ahora -aunque sí lo tenía considerado como uno de los indispensables del género- Esta novela es el porqué: trata de un escuadrón de bomberos que van de aquí a allá quemando todos los libros que se encuentren, pues esto se ubica en el futuro y, aparentemente, los libros son un enemigo peligroso. Creo que la película "Equilibrium" (Kurt Wimmer, 2002) le debe mucho a esta obra.

El exilio rojo de varios autores alemanes radicados en México. Este libro lo regalaban si atendías una plática de Paco Ignacio Taibo II. Muestra la forma en que los extranjeros nos miran con sus ojos de primer mundo pero sin criticar, sino en son de echar la mano. Me recordó a "Vecinos distantes" de Alan Riding.

El argumento de la espada de Eusebio Ruvalcaba. Un libro que me encontré en una bodega y salvé del basurero que le destinaba. Siempre rescaten libros. Siempre. Me lo llevé feliz a casa sólo para descubrir que se trata de un poemario que ni siquiera puedo comentar pues la poesía no me gusta. Soy muy rudimentario para dejarme consentir por las letras en pos de la belleza. Lo leí más como deuda por haberlo hallado aunque no permanece verso alguno en mi mente.

Watchmen, Before Watchmen, Marvels, V for Vendetta, The Sandman de Alan Moore, Kurt Busiek y Neil Gaiman. No las considero literatura basura. Estas novelas gráficas sostienen argumentos sorprendentes. Moore es una garantía (Watchmen, V for Vendetta) las tramas son imposibles de abandonar. Mención aparte merece que en cada novela hay novelas dentro que dan soporte a la fantasía. Kurt Busiek (Marvels) fue un grato descubrimiento (lo seguí un tiempo en twitter, pero se pone borracho muy seguido y se le sale lo misógino. Así que sólo lo leeré en cómics) y Neil Gaiman (The Sandman), según dicen, es un escritor superior a Stephen King. Tendré que leer mucho sobre él para que pueda acercarme a una opinión tan aventurada.

El Psicoanalista de John Katzenbach. Primer libro que leo de este autor y creo que pasará un tiempo antes de que me anime con el segundo (que, igual que éste, me lo prestó mi hermana) que me mira paciente desde el librero. El problema con estas novelas policiacas es que parece seguir un machote de "cómo escribir una novela". Este libro va en tres partes, siendo la primera (Inducción) la más extensa y aburrida. Varias veces pensé en abandonar, pero me obligué a continuar. La segunda parte (Nudo) es harto más entretenida. Si tan solo hubiera iniciado así el argumento y después explicado los detalles al estilo de Arthur Conan Doyle, sería una obra sobresaliente. La tercera parte (desenlace) simplemente ata los cabos sueltos. Una obra sencilla que en repetidas ocasiones me hizo voltear al estante a buscar otra historia.

Inferno de Dan Brown. Me debía terminar la trilogía del profesor Langdon. El autor es un maestro del género policiaco y un aventurado del suspenso. A veces sus resoluciones son absurdas pero lo rescata una trama inteligente, fresca y actual. Aquel viaje iniciado con El código Davinci y continuado con Ángeles y Demonios, halla aquí una buena conclusión. Dan Brown debería dejar en paz a Langdon y dedicarse a hacer otras narrativas paranoicas como el par de libros que miro en este momento aguardando su turno (La conspiración y La fortaleza digital)

La isla misteriosa de Julio Verne. De calle, el mejor libro del año. El autor que me ha volado la cabeza con De la Tierra a la Luna, Viaje al centro de la Tierra o Veinte mil leguas de viaje submarino, me deja perplejo con la capacidad de imaginar cómo se las arreglan una quinteta de exconvictos que naufragan en una isla del Pacífico durante los tiempos de la guerra de secesión. Tenemos al científico, su criado, su perro, su compañero novelista, al marino y al aventurero que, con sus distintas capacidades hacen de una isla desierta un sitio al que poco le faltó para terminar con tendido eléctrico y ferrocarril. Impresionante el modo en que se aborda cada problema y se resuelve de manera metainteligente. El miesterio siempre presente de si están solos o no en esa isla y el argumento final que debería ser piedra de toque para todos los escritores que no saben concluir tramas extensas. Una joya.


Tokio Blues (Norwegian Wood) de Haruki Murakami. El autor logró el cometido de darme ánimos para leer más de él. Es una buena introducción al excandidato a Nobel de literatura. Aunque se asoma, desde esta novela, el por qué nunca lo recibirá: En muchas ocasiones se distrae el hilo de la trama hacia la poesía que se percibe forzada en momentos que no cuadran con la tristeza o alegría reflejada en el instante narrado. Otra cosa que me deja un sinsabor aquí es que se hacen referencias a otras obras literarias (Ulysses, El Gran Gatsby) y, encima, se menciona que una novela debe pasar la prueba del tiempo al leerse sólo si han pasado treinta años desde la muerte de su autor. Si esto no lo autodescalifica, no sé qué pueda. Tal vez le den el Nobel póstumo, allá por el año 2050.

Exiliados de James Joyce. Se trata de una obra de teatro irlandesa de un autor súper irlandés. Es como leer a Oscar Wilde pero macho. Tal vez no la mejor opción para conocerlo. Dicen que Ulysses debe leerse en inglés por que él detestó que se tradujera. Mira qué delicadito. Tal vez no es tan macho después de todo.

Notas de un francotirador de Emmanuel Carballo. Se trata simplemente de un compendio de autores mexicanos y de cómo abordarlos literalmente. Abarca desde los escritores en tiempos de la Revolución hasta principios de la década de los ochenta. Existe una segunda parte que no he podido conseguir. Es buen libro de referencias.

Hecho en México de Lolita Bosch. Otro compendio, éste, de cuentos de los autores favoritos de una alemana que vive en nuestro país. Lo curioso es que no todos son escritores formales: hay un cuento por ahí de Roco, del grupo La Maldita Vecindad. Variadito y sabroso.

Guerra Mundial Z de Max Brooks. El segundo mejor libro del año para mi. En el año 2013 escuché el audiolibro en inglés. Convirtiéndolo en mi audiolibro favorito. Poco después salió la película con Brad Pitt, pero el audiolibro me resultó tan gratificante que me obligué a no ver la película. Cualquiera que conozca el libro coincidirá que es imposible resumirlo en un par de horas. El resultado fue un desastre que sólo demeritó la novela de Brooks. Este año me hice de una copia en español y lo devoré en un santiamén. Debo decir que el audiolibro en inglés sigue siendo mi preferido. Un excelente viaje a través de los ojos de una treintena de testigos del apocalipsis zombie al rededor del mundo.

Amistad de Juventud de Alice Munro. ¿Esta es la flamante ganadora del Nobel en 2013? Una canadiense de la que sólo se conocen colecciones de cuentos. Recuerdo que puso en seria duda la capacidad del jurado para decidir quién es merecedor del máximo galardón mundial. Después de leer éste, coincido con el sector que cuestiona. Puedo mencionar una veintena de autores que superan con una mano en la espalda a Munro en la construcción de historias cortas. No me parece una autora probada y dudo que soporte el peso de los años.

Un total de veinticinco libros no es ni la mitad de lo que me propuse leer al iniciar el año. Debo apuntar que habré dejado inconclusos una decena más. No por que fueran aburridos, sino por que alguno de los listados arriba tomó su lugar. En retrospectiva, algunos de ellos fueron malas decisiones.
Así se me fue el año en letras.

El 2015 lo inicio leyendo cuatro novelas simultaneas: Gone Girl de Gillian Flynn (en inglés), La mujer del novelista de Eloy Uroz, Doctor sueño y Eso (It), ambos de Stephen King.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Best Seller

No tengo problemas con los Best Sellers. A botepronto, diría que se tratan de lecturas fáciles con poca o nula aportación a un crecimiento intelectual. Cosa harto pomposa: todo conocimiento aporta el incremento de sabiduría y, de cada quién dependerá, si ello nos hace o no conscientes de futuras decisiones. Inteligencia, si quieren.
No sé de dónde viene el término Best Seller. Literalmente se traduce como mejor vendedor. Con eso es fácil deducir dos cosas: Primero, que son productos con un desplazamiento bárbaro en el mercado; cuyo afán es, precisamente, la búsqueda de ganancia económica en un corto periodo de tiempo. Fenómeno provocado que derivará en un libro reeditado tantas veces como sea rentable para las grandes casas editoriales. Segundo; al tratarse de lecturas de gran alcance y, considerando las infinitas variantes poblacionales: educación previa, comprensión lectora, gustos y expectativas. Muy necesario es que el contenido ofrecido sea, lo menos, genérico. No es de extrañar que la mayoría de los productos en las mesas de novedades de cualquier tienda departamental (ya no digamos de librerías), estén dirigidos a un segmento demográfico que comprenda los años previos a la madurez. Cuando los gustos están mejor definidos y hurgan contenidos cada vez más complejos.
Así, pues, digamos pompósamente que los Best Sellers son lecturas de poca complejidad y con lenguaje universal.
Insisto. Nada tengo en su contra. Incluso los hallo entretenidos.

En lo personal, encuentro difícil establecer conversaciones con amigos que no han crecido con las lecturas que yo tengo como preferidas. Por su puesto, aplica a la inversa: en no pocas ocasiones he sentido cómo sube la sangre al rostro por la vergüenza cuando no tengo aportaciones para libros de los cuales sólo conozco el autor. Cosa que no sería tanto problema si mi interlocutor se limitara a preguntarme qué he leído sobre cuál autor en específico. Trataré de explicarme:
Hace poco, en un cantabar donde pocos cantaban, coincidí con un buen amigo. La plática se desvió de alguna forma hacia Hemingway. En este punto,erré al indicra cuáles obras me han resultado más gratas y no decir "¡ah, Ernest es un genio! Todo de él me gusta", como ocurrió. Acto seguido, mi contra espetó una frase que -ahora sé- es una muy célebre de "Las nieves del Kilimanjaro" e hizo una pausa en espera de que yo la terminara. La vergüenza se manifestó en un tímido "...ése no lo he leído", pronunciado a tan bajo volumen que no se oyó en aquél cantabar a pesar de que nadie cantaba.

Espero que sea un escenario común y que muchos de ustedes se hayan visto en una penosa situación sin saber qué decir. Hasta ahora que escribo lo acontecido, el suceso quedó entre mi amigo y yo. Él fue muy maduro para echármelo en cara y, por el contrario, me animó a leer una novela más del autor estadounidense.
Pero no todos son así.
En otra ocasión, me vi exhibido frente a familiares, amigos (¡y hasta mi novia!) cuando, el día siguiente a mi graduación, no supe cómo contestar una serie de preguntas sobre autores de teoría económica y otros relacionados  a mi carrera: Me limité a decir que, durante la Universidad, mi predilección orbitaba lecturas clásicas y, de manera absurda, quise contraatacar citando a Kafka. Una catástrofe.

Volviendo a los best sellers, trataré sobre las bondades de uno que leí en días recientes: "Inferno", de Dan Brown.
La forma en que los libros llegan a mí, rara vez lo hacen a través de transacciones en tiendas departamentales o librerías. La mayoría de las veces, me verán esculcando mesas de libros usados donde el regateo es ley o hurtando novelas de la biblioteca en casa de mi madre. Tengo debilidad al intercambio cultural y, en este caso, es con mi cuñado con quien más hago trueque.
Lo bonito de un libro como éste, es que es su lenguaje universal hace ameno el viaje a través de tres ciudades llenas de historias escondidas. Siendo sinceros, el día que viaje a Florencia, Venecia y Estambul, prefiero como guía turístico a un estudiante de universidad que hable a un nivel para mi comprensible y no a un doctor en cultura y lenguas muertas a quien no le pueda seguir la plática.
Siendo aún más sincero, espero que me alcance vida para visitar Italia y Turquía.

Un best seller muchas veces lleva a otro y éste fue mi caso.
Lo curioso esta ocasión, es que Inferno me animó a tomar de la librería El psicoanalista. Un libro que prácticamente me dejaron a drede en espera de que algún día le hiciera caso. Digo que fue curioso por que, en la novela policiaca de John Katzenbach, también se hace referencia a la obra de Dante Alighieri. Así que van dos de dos novelas que hablan de la Divina Comedia.
¿Esto hace al épico poema del florentino un best seller?
Yo digo que sí.

jueves, 12 de agosto de 2010

Don Gregorio de Pénjamo

Jueves

Con la mirada clavada en el piso, intentaba enviar a su mente a otro lado, lejos del insoportable dolor. Se decía que pronto terminaría pero; a la vez, le inquietaba sobremanera la resolución de las cosas que dejaba pendientes.
Repetía en voz baja la frase que lo acompañará las últimas horas de vida, cada vez más rápido, cada vez menos nítida. La elocuencia sacaba de quicio a su confesor, quien llevaba rato buscándole la cara para darle el perdón divino.

“Te arrancamos la potestad de sacrificar, consagrar y bendecir, que recibiste con la unción de las manos y los dedos”, se decía incansable buscando su mirada en el reflejo que otorgaba el charco de sangre.

"...que recibiste con la unción de las manos y los dedos”

Las quemaduras no con fuego, con ácido, no sanaban, no cauterizaban, abría cada vez exponiendo lo que debía guardar la piel.

"...la unción de las manos y los dedos”
Pedir vendaje era una idea descabellada luego de tres meses de confinamiento y maltrato. Terror psicológico con la marca que la inquisición cuando está furiosa. Cuando por fin se le hizo tener en sus garras a quien persiguiera por más de diez años.

¿Y quién es ese que no me quita los ojos de la nuca? -preguntaba sin sacar la mirada del charco; halló sus ojos cansados en el espejo rojo-
El indio Salcedo, así le dicen por acá -respondía su confesor cerrando de golpe la biblia-
Hace no mucho se les hubiera podido ver caminando bajo la abadía bordeando el jardín y desgastando los temas bíblicos. Ahora, este par, confesor y condenado, compartían la celda momentáneamente; el primero para irse con la conciencia limpia de haber cumplido; el segundo, con el orgullo arrebatado y la conciencia limpia por haber seguido sus instintos.
¡Espere, Padre Juan! -lanzó el condenado cuando el primero se puso en pie solicitando permiso para salir al carcelero- Dígales que Dios los perdonará. Que está bien dar muerte a un sacerdote siempre que se haya demostrado que éste no es digno de servir al creador.
Se los diré -respondió condescendiente quitándose de los hábitos las manos ensangrentadas- Se los haré saber... solo si fallan al primer intento.
El horror del condenado tuvo un efecto contrario en el indio Salcedo al otro lado del corredor, quien más se sonreía presumiendo su escasa dentadura.
Le prometo que yo no fallaré, padrecito -gritó alegre afilando vigoroso el machete oxidado.

“Te arrancamos la potestad de sacrificar, consagrar y bendecir, que recibiste con la unción de las manos y los dedos”
Regresó por un momento a la frase repetitiva para distraerse y no considerar el orden de las cosas, pero el ruido de tambores cortó sus ideas de tajo y éste fue sustituido a su vez por la fuerza con que latía su pecho.
Bajaría las escaleras de piedra. No se le permitiría hablar pues ya había sido otorgado el tiempo y lugar pertinentes. No entregó a su confesor nada más que la pregunta antes mencionada. Pidió que Salcedo se le acercara un momento pues se permitía una última voluntad dirigida al verdugo "haz llegar esto al Convento de las Teresitas de Querétaro" dijo al tiempo que le entregaba un escapulario con la Virgen de Guadalupe.
Salcedo cambió el semblante de gozo mórbido por uno de más entendimiento, abrió su paliacate y te pagaron por lo que vas a hacer?
-Son veinte pesos, padrecito- musitó aquél apenado.

Sonaron siete campanadas en la torre del ex colegio de la Compañía de Jesús cuando, después de tres descargas del pelotón, se apagó la vida de aquél que en los libros de historia pasaría como héroe sin tener idea de qué había provocado.

viernes, 11 de septiembre de 2009

El Rey del día: Uno

Al atardecer, cuando el edificio adquiere tonos rosados por el efecto de la puesta de sol, Uno terminaba sus deberes. Le había sido dado el don de la Obediencia.

Los llamados dones, no son sino una selección de las mejores cualidades de la humanidad. El fin único de los Unos es servir como constante recordatorio de la perfección que se puede alcanzar mediante la sistemática eliminación de los males.



Uno es un engendro de la ciencia. La siempre bienintencionada dadora de múltiples beneficios y, en las últimas décadas, de vida espléndida.



Sujetos aprobados como Uno están bajo el ojo imperdonable de la sociedad. La misma que en otra época se apoyó en la ciencia para matar de una buena vez a Dios: aborrecer las creencias populares que, como fue demostrado en La Última Era de Creyentes, eran el principio de todo mal. La Doctrina de la Discordancia, el texto más preciado y que dio origen a La Primera Era de los Conscientes, dicta que la subyugación de un ser inteligente a uno inexistente contradice, en su base, la noción de la inteligencia misma y obedece a la inexistencia del ser consciente.



Los Unos nacieron creyendo en nadie. Nacieron perfectos.



Según el Postulado Séptimo de La Segunda Era de los Conscientes, les sería negado el don de la Nostalgia a los nuevos Unos. La explicación del Ministro refiere a una inherente recaudación de males anteriores que deberían ser erradicados mediante el castigo de Olvido.



Pero son los males parte de todo bien y, por ello, parte de los humanos, como antes se les conocía. Al ser olvidados los males, poco a poco se fueron olvidando los bienes; ya no había el amor sin el odio; ni verdad sin engaño; ya no había quien cantara un verso heroico sin estar seguro de un peso equivalente y contrario a cualquier argumento interpretado.



Los Unos terminaron por olvidar a los conscientes y éstos, olvidaron haber creado a los primeros.



Al atardecer, cuando la ciudad se pinta en tonos rosados, Uno ya es el único que hay.

miércoles, 1 de julio de 2009

Los Domínguez I

Miércoles



Panteón de Xoco, Ciudad de México.



Cinco sombras sorteaban las tumbas. Una de ellas, con notable dificultad para mantener el paso de por sí lento, era arrastrada por otras dos como si, una vez identificándolas figuras humanas, sus piernas no pertenecieran al hombre sino a un niño que había olvidado caminar. Ilusión refleja de rodillas fracturadas.

En el centro del camposanto esperaba una sexta figura con bata de carnicero. Podría apreciarse su molestia a la distancia; evidentemente prefería que al doctor Domínguez no lo hubieran mallugado.

¡Así cómo putas esperan que disfrute su agonía! -gritaba desaforado a los raptores. Tomó enormes bocanadas para calmar la exaltación. Se peinó los cabellos y masajeó las sienes.

Habrá notado -dirigiéndose al doctor- que gritar por auxilio no será de utilidad. En realidad, espero que grite; ¡que expulse la última flema de dolor antes de dejarlo pa' los gusanos!

El doctor Domínguez comenzaba a contemplar la muerte como un obsequio a lo que había hecho apenas veinte días antes: de pie, frente al Congreso, el doctor hacía gala de su facundia para mancillar al señor presidente y todos sus seguidores. Le dieron oportunidad de retractarse en una segunda lectura pero, como liberal hijo de liberales, lo único que podía hacer era ratificar sus ideas. El clavo al ataúd, pensaron todos los presentes.



Los días venideros se volcaron en cartas de ayuda y apoyo al doctor; le ofrecían refugio que rechazaba con cortesía; visa de emergencia para salir del país que rompía al instante; ayudantes entrenados en el ejército suizo para su protección que ahí mismo despedía. Sabían que se había echado la soga al cuello pero no comprendían el por qué. La esencia del mártir, le decía Ricardo, su hijo, si es comprendida, será olvidada. Su padre esbozó una sonrisa y dio consejos que quedaron solo para sus oídos.



Con la cara en el fango volvió a sonreír al escuchar el sonido de machetes tocando la piedra de lápida. El doctor Urrutia no tenía un machete: se hizo de una lanceta y pinzas; pidió a dos hombres le engarrotaran la cabeza y le abrieran la boca. Uno se pasó de fuerza imaginando que encontraría resistencia y le rompió la mandíbula; el aullido que emanó de su garganta fue aprovechado por Urrutia para cortarle la lengua de tajo. Ésta va para mi amigo el presidente, pa' que vea que la tuya no es de plata, como dicen.

El doctor Urrutia abandonó la escena dejando a los cuatro matones terminar por lo que tanto les habían pagado.

Entre las tumbas, cuatro sombras con brazos filosos, azotaron encolerizados sus extremidades contra el piso hasta el amanecer.

martes, 30 de junio de 2009

Días en Brasil

Martes



Tres décadas después, los caprichos de la selva vieron su olvido en el retiro de un rancho en Paraína. Hiro Onoda, el otrora teniente de la brigada Sugi, halló refugio para sus demonios en un ambiente tan cálido como aquel que le mostró la boca misma del infierno. La venta de fruta hace de cualquier vida una vida tranquila, respetable y, se diría, placentera; especialmente para quien ve casi apagada la llama de su existencia escondiéndose de recuerdos tormentosos al acecho prometiendo la última agonía.



¿Vendrá mi muerte enmarcada por la filosa hoja de Shimada? -se preguntaba mientras pelaba un mango- Divagaba. Fantasmas del pasado escenificaban en su estancia el reconocimiento del grupo a mitad del día; cuando una bala atravesó la garganta de Siochi Shimada y todos corrieron por resguado en lugar de auxiliar al herido. Onoda atestiguó, escondido entre la maleza, a campesinos improvisados con escopetas arrastrando el cuerpo dejando la estela de sangre. Se maldecía por agradecer que fuera herido justamente ahí, en la garganta. No comprometería la posición del grupo. Rezaba por que estuviera muerto.

La situación con los dos soldados restantes empeoró desde entonces: Akatsu se secreteaba con Kozuka cada vez que el teniente les daba la espalda. Los ojos de Kinshichi Kozuka nunca fueron del agrado de Onoda; había manifestado inconformidad a sus superiores cuando le fue asignado refiriendo la mirada traicionera peculiar en cada chino. Pero el Mayor Taniguchi hizo caso omiso. Asignó su misión en Filipinas y sentenció:



"Tienen absolutamente prohibido morir por propia mano. Es posible que nos tome años volver por ustedes pero, mientras quede un soldado, no han de rendir su posición"



La historia la escriben los vencedores, decía al aire Onoda, hundiendo los pies descalzos en el pasto crecido de su rancho. Mientras algunos se vanaglorian de haber ganado la guerra, él hacía lo propio con su batalla personal: la que le acusaba de asesinar a su segundo al mando, Kozuka. El japonés distinguido por mirar como chino traidor, encontró su destino en un viaje al pozo de agua; Onoda le sorprendió aprovechando que Akatsu marcaba el perímetro a doscientos metros del lugar. Tomándole por sorpresa, lo sometió con facilidad y, a mano limpia, le vació las cuencas oculares abandonándolo a su suerte en un desfiladero. Cuando Akatsu se enteró de la captura de Kozuka por unos campesinos oportunistas -según la versión de Onoda- abandonó el puesto para rendir sus armas a los filipinos.



De noche, el rancho permanece quieto, la intervención de luciérnagas simulan depósitos de municiones en llamas -se decía en voz alta- el aullido de los monos, la súplica de niños y ancianos bajo el filo del teniente; el sudor, refrescado por la brisa nocturna, se pega como la sangre fresca de la garganta de Shimada; la luna llena enmarcando la noche, una tuerta juzgando todo debajo...



¿Tuerta como la mirada de Kozuka? -irrumpió una voz justo detrás de Hiro- Le heló la sangre y, antes de articular una respuesta de asombro, sintió que sus pies, sumergidos en el pasto crecido, se balaban de su propia sangre. Arrodillado por la impresión y, a pocos segundos de morir, levanto la cabeza para hallar a su verdugo: Yuihi Akatsu, soldado de rango menor, quien se rindiera ante los filipinos después de mantener la posición por treinta años y a quien Onoda daba por muerto, blandía el sable capturando la luz de la luna tuerta.

La justicia llega para todos, Hiro. Es la frase que concluye aquella de la historia escrita por vencedores. Lo sabías en Hankow, cuando nos asignaron a la brigada sugi. Lo supiste cuando asesinaron a Shimada y mataste a Kuzuka. Te irás consciente de ello.

Con el teniente a sus pies, Akatsu se sabía liberado de las órdenes de Taniguchi. Al fin libre para morir por su propia mano después de una vida de tormentos. El honor enmarcará mi muerte, se dijo mientras sesgaba su vientre.



En el rancho de Hiro Onoda, en aquel retiro de clima tropical yacían, con las entrañas al aire, Akatsu y su teniente, treinta años después de haber llegado a Filipinas para defender la posición Sugi sin saber que la guerra había terminado el mismo año que se embarcaron.

lunes, 29 de junio de 2009

Mosaico

Lunes



Bola Tinubu colocó una tarja junto al muro. Llenó la mitad con lo que pensó era sangre. Sangre con algún tipo de trato pues no olía ni se sentía como tal. Pero eso poco le importaba. Lo único en su mente era terminar el trabajo que alguien más dejó inconcluso.



Siendo esclavo yoruba en tierra extranjera, le valía la vida entender que si no hace lo que con mímica le mostraron, no comería lo que a mímica interpretó como un banquete.



Pasados los minutos, Tinubu comprende la mecánica y repite: toma una pequeña pieza del cajón a su izquierda y la baña con lo que parece sangre de la tarja a la derecha para adherirla la pared siguiendo el patrón que algún artista dejó trazado.



Las piezas, pequeños cubos mal cortados en obvia pretensión de hacerlos idénticos con herramientas rudimentarias, eran de un blanco amarillento que adquirían tono rosado al bañarse con el líquido rojo. Macizos como para trabajar la tierra y ligeras cual madera hueca. Nunca vio algo similar. El resultado muestra un mosaico sobresaliendo de la piedra de cantera en el muro.



Meses después, un esclavo más joven continuará la tarea de Bola Tinubu de igual forma que meses más tarde algún sucesor retomará su labor.



El boceto, que años atrás un olvidado artista nigeriano plasmara en el muro norte del Castillo de Chambord, adquiría el relieve dador de vida y movimiento. Las generaciones aprendieron a callar y luego olvidar el origen del relieve. Siendo la escalera principal obra de Da Vinci, nunca se revelaría que el muro fue obra de africanos. Sin embargo, quienes no olvidarán son el artista ignorado, Bola Tinubu y los otros doce esclavos que sirvieron para materializar, en sentido literal, con sus huesos y sangre, la escena bíblica que da la bienvenida al salón principal.

lunes, 22 de junio de 2009

Detestarás a Van Gogh

Serás grande si resultas homosexual. Tu padre se encargará de todo; te expondrá a la fina pluma de Wilde; la arrogancia de Capote; la sutileza de García Lorca y la sensibilidad de la décima musa; inundará tus oídos de Bach y da Palestrina; del vaivén de Vivaldi y las arrebatadoras sonoridades de Beethoven; enjugará las lágrimas que Mozart te provoque y atizará tu ira al son de Wagner; entenderás las perspectivas de Gaudi y Calatrava; de Da Vinci y Rafael; de Miguel Ángel y Bernini; comprenderás a Pollock y Picaso... y detestarás a Van Gogh.



Serás inalcanzable como mujer. Te mostraré las bellezas naturales de la huasteca potosina y la selva chiapaneca; del sabor del coco en miel y los olores del clavo, el orégano y el almizcle; del capricho de las orquídeas y la fortaleza de las amapolas; aprenderás de la nobleza del ciervo y la inteligencia del lobo; te desviarás por consejos alternativos que te sumergirán en Dalí y Buñuel; serás idealista como Castro e impredecible como Santa Anna; inteligente como Maximiliano; artera como Fouché; divertida a la Warhol y extrovertida aún más; revivirás a Chabela Vargas y discutirás como Jaime López con Chava Flores; arrogante como el César y déspota como Meyer... y detestarás a Van Gogh.



Si resultas varón y heterosexual te enseño a tocar la guitarra y date por bien servido, hijo mío.



La vida es como la vida: así, pues.

martes, 19 de mayo de 2009

Testimonio

No estás obligado a creerme, pero, cuando las vi frente a mí, quede de una pieza.

Hay quienes no lo saben pero, en los sueños lúcidos puedes tener acceso a tu cuenta de vida, por llamarle de alguna manera. En dónde más guardarían los suspiros, las risas o los llantos, por ejemplo.

Bien, tampoco me creas lo de sueños lúcidos si así lo quieres. Peor para ti. A aquellos que siguen mis letras, atentos; yo que ustedes no desperdiciaba ni una sorpresa más. Pues temo decir que las tenemos contadas.



Imagina una sala elíptica donde no hay mobiliario y solo las puertas dispuestas continuamente obligan el contraste de idea de aquí o allá. Imagina veinte, imagina cincuenta o cien puertas. Si bien son estéticamente similares, cada cual dispone un letrero apenas perceptible desde corta distancia indicando su naturaleza.

'Alivios', sostiene la primera de ellas; 'Amarguras' la siguiente y 'Ataques' la tercera. Supóngase tendencia alfabética. Al tocar el picaporte, el resto se disolvió en un bonito pero perturbador efecto visual.



Cuando me decidí a abrirla esperaba cosas que mantuvieran congruencia con el resto del sueño, es decir, completamente carentes de sentido. Detrás de ella no había gran cosa. Solo un número de color negro suficientemente grande como para entenderlo sin necesidad de cruzar el umbral, estático flotando frente a mi. Justo antes de cerrar la puerta, el número se desfiguró y cambió a la cantidad menor inmediata. No entendí al principio, la impresión fue menor y otorgué poca importancia.

Abrí el resto en orden consecutivo, metódico, sereno. Eventualmente en desorden absoluto. Resultó un lugar fantásticamente aburrido y ya iba en pos de una salida. Algunos números, he de decir, diminuyen dramáticamente, como el caso de las puertas 'Latidos' y 'Respiros'. Otras están estáticas como lo es la puerta 'Miembros no cercenados'. Abrí con reservas pues, si a la suerte se le antoja, detrás del marco me deja una guillotina escondida. Pero no fue así y mi reacción al ver el número cinco contrastando con el vació de la habitación me dio la seguridad que la puerta 'Alivios' desfiguraría su número una vez más. Te digo que era el cinco. Las mujeres no me entenderán a la primera.

Hay puertas que no me animé a abrir, como la puerta 'Orgasmos' o 'Mascotas'. El hecho de perder la capacidad de sentir placer sexual me provoca escalofríos. Si, bueno, también me daría pena que Fido se muriera y reemplazarlo sería una lata. Pensaré en el orden adecuado para abrir puertas después, siempre y cuando queden números restantes tras la puerta 'Sueños lúcidos'.

Abrí puertas varias como 'Sorpresas' o 'Carcajadas'; aquellas cuyo significado desconocía como 'Anabolizantes', o las divertidas como 'Esclarecimientos' o 'Fisgoneos', que se desfiguraban cada vez que abría la entrada.

Por fin me dispuse a despertar. La última puerta que abrí siguiendo un orden ahora lógico (gracias, puerta 'Entendimientos') y, solo para tenerlo presente, fue precisamente 'Sueños lúcidos'.



Cual fue mi sorpresa cuando, al abrirla, el número se desgranó de uno a cero.

Clever girl

¡Jurassic Park es mi Star Wars! Esta es la frase que he utilizado no en pocas ocasiones cuando intento defender un punto desde el fanatismo....