30.9.10

Con pegue

Cuando estudiaba en la niños héroes me decían que yo no era de los que tiene pegue. Idea que mis compañeros desecharon de inmediato en el momento que osé preguntar qué era eso del pegue. Aprendí así que el silencio de todo el salón puede doler más que una cascada de risas burlonas.
Sin embargo, tengo muy presente en la memoria un grupo de muchachas que no se burlaba. Por el contrario, siempre me tuvo muchas consideraciones; ellas me acompañaban a otras secundarias, bueno, a mí y al grupo folklórico del que era parte y con quienes concursaba varias veces al mes. Ellas decían que qué tierno estaba yo, que seguro besaba riquísimo y una en particular, Alana, me susurraba al oído que conmigo se iba a quitar las ganas. Todas reían cada que decía eso y a mí no me quedaba más que contagiarme de la risa. Aunque no supiera por qué.
La experiencia previa me enseñó que mejor era cerrar la boca y no preguntar qué era eso de quitarse las ganas. Hice bien por que, a diferencia de la mitad de mi grupo, Alana y sus amigas me seguían frecuentando. Uno de los compañeros que aún me dirigían la palabra sospechó que aquellas se rieran de mis chistes aún cuando ni siquiera yo no los hallaba remotamente entretenidos y me dijo que siempre sí tenía pegue, pero no con las de mi edad, pues.

Un día, Alana fue a mi salón, tuvo que bajar dos pisos por que los grupos de primero están todos acomodados en la planta baja y es muy raro ver a alumnos de
tercero por ahí. Imaginen la confusión cuando se presentó una alumna preguntando por Adrián argumentando que el profesor Bárcenas lo requería en el salón de música. El maestro de historia, beatlémano él, no tuvo inconveniente en que el pequeño multiinstrumentista omitiera un capítulo de la guerra de los pasteles por míseros quince minutos. De todos modos, dijo, ya casi es hora del receso. Ve, Adrián. No me extrañó que Bárcenas mandara por mí, lo raro fue la mensajera, y más raro aún, que se cambiara el color de los ojos y usara tanto perfume. Te gustan -afirmaba mas que preguntandome señalándose la cara- Si, le dije en el tono más inocente e infantil que se le pueda escuchar a un niño de 11 años.

El salón de música está convenientemente ubicado en el tercer piso de un edificio diferente a de las aulas, ambos edificios se dan de frente flanqueando el patio de ceremonias rematado por un jardín mal cuidado dividiéndolos como dos entes indiferentes. El lugar donde ensayaba cinco veces por semana hacía de frontera con la preparatoria adjunta y el patio de recreación, está en el punto más alejado desde la entrada principal de la escuela y ofrecía la privacidad que muchas secundarias de la zona envidiaban.

En todo el camino Alana no dijo una palabra, se dedicó a darle vueltas repetidamente al llavero como presumiéndome tener algo que no se conseguía fácilmente. Preguntarle por qué tenía las llaves del salón fue lo único que me vino a la cabeza considerando que, cuando Bárcenas mandaba por mí, siempre era para afinar el piano, es un trabajo de dos, me decía, y tú tienes el mejor oído por aquí. El profe de música me las prestó para que sacara los tambores de la banda de guerra para que los arreglen -replicó un poco molesta- Si, pero los tambores se los llevaron la semana pasada, le dije, y bien me acuerdo por que yo quería ver como los reparaban, el maestro sabe que yo podría... Alana jaló mi brazo demasiado suave para lastimarme pero lo suficientemente fuerte para hacerme callar. Metió la llave del candado y le dio un giro. Entramos al salón.
Algo de tristeza atisba al entrar a un salón diseñado para albergar melodías cuando éste se encuentra vacío. Pero el sentimiento se evaporó cuando la vi dirigiéndose al piano al tiempo que se quitaba el suéter de tercero. No había notado lo esbelta que era pues siempre viste la ropa que dejó su hermano cuando entró a la preparatoria. Un par de tallas más grande la hacían ver entre boba y rebelde; pero, de que estaba yo frente a una de las chicas con mejor cuerpo de toda la escuela, no había duda.
¿Recuerdas que te dije que contigo me iba a quitar las ganas? Ahora, esta pregunta me sigue despertando por las noches. Quedará como un punto de referencia obligado en mi ya forzado aprendizaje pues, con casi doce años, los conceptos caían uno sobre otro en mi cabeza haciéndome crecer de madrazo.

Me senté a su lado siguiendo su juego silencioso. Siempre en silencio. Alana desabotonó uno a uno las fronteras entre la tela y su piel, haciendo pausas pequeñitas, groseras para el tiempo que teníamos y en el cual, obviamente, ninguno pensaba. A señas entendí que quería que se la quitara. Acto seguido, se paro dándome la espalda y señaló el cierre de su falda, mismo que bajé con el mayor cuidado empujado por una prisa voraz que no me conocía. Dio la vuelta y se mostró solo en ropa interior. A susurros preguntaba ella qué tanto me gustaba y, a gemidos ahogados, respondía siempre afirmativo develando mi inocencia. Dio su permiso para que la tocara. Corrijo, ¡insistía en ello! quería que la sabroseara completita, como dijo en sus propias palabras, que le dijera lo buena que estaba; cuan grandes tenía las tetas y lo duro de sus nalgas; me usó de silla, aventó mi suéter en la tapa del piano y, en ese instante eterno en el que yo tenía una mano en su entrepierna y la otra apretándole las nalgas, un golpeteo apresurado sonó en la enorme puerta metálica. ¡Apúrate!, dijo del otro lado una voz aún más femenina que la suya, ¡ahí viene Bárcenas! Alana medio se puso la falda, medio se abotonó la camisa, medio se peinó y así, con medias ganas, fue tan fuerte como para sacarme de un jalón. Hechos una bala, su amiga la tomó del brazo. Yo apenas alcancé a ver que me mandaba un beso al tiempo que decía, tú vete por allá. Pero no pude moverme. Quedé ahí, frente al salón de música viendo cómo la amiga de Alana me arrebataba lo que no me correspondía, necesitara o, vaya, siquiera esperara ese día. O cualquier otro día, si somos exigentes. Barcenas llegó acompañado del conserje por el otro extremo del pasillo, aquél cargaba un juego de llaves tan poblado, que el mismo San Pedro mostraría sus respetos. Abajo, Alana cruzaba el feo jardín espinándose las carnosas piernas que hacía segundos apenas me servía a manos llenas.
- ¿No tuviste clase, tu? -inquirió.
- Creí que querría afinar el piano antes del receso -le dije, improvisando como campeón.

¡Vaya que te emociona la música, Adrián! Vete a dar una vuelta al baño y regresas. Hoy no necesito afinar el piano, lo necesito en verdad es otra cabeza para recordar dónde pongo las pinches llaves. Y así, con esa recomendación de irme al baño, Badillo entró al salón soltando carcajadas. Antes de irme escuché, maximizado por el eco de la enorme aula, ¡y échate agua fría, caray! -compañado de más risas-
¡No había notado la erección que tenía y ya empezaba a doler! Pues si, corrí al baño enmarcado por el timbre de receso y un coro de euforia en toda la escuela.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

si no tuviera compañeros observando mi pantalla o si estuviera mas leve de trabajo el dia.... leeria el blog sin pausas.. esta entretenido..

Gatiio dijo...

/clap, clap, clap!

bastante bueno.